El adiós de Rajoy

El presidente del PP deja una pesada herencia a su partido cuando se niega a reconocer su desgaste por la corrupción

Mariano Rajoy se despidió ayer del liderazgo efectivo sobre su partido, de la presidencia del PP que ha desempeñado durante nada menos que catorce años. Lo hizo probablemente con dos años de adelanto sobre sus planes personales y con el dramatismo que conlleva desalojar la Moncloa a causa de una moción de censura que le ha impedido culminar su mandato y retirarse al término de la presente legislatura. Anunció su adiós mediante el traspaso de sus poderes a quien le suceda por decisión del congreso que convoque la junta directiva nacional del próximo lunes, con una renuncia expresa a adoptar decisión alguna sobre la dirección del partido y del grupo parlamentario cuando el PP pasa a la oposición y subrayando que se pondrá «a la orden» del nuevo presidente popular. Rajoy hizo ayer lo único que podía. Prueba de ello es que nadie en su partido ni fuera de él sugirió que debiera continuar o posponer unos meses su despedida. El político que había convertido la espera en un valor estratégico no ha podido esperar más. Sencillamente porque no ha sido él quien ha resuelto su retirada, sino la moción de censura de Pedro Sánchez y su incapacidad para hacerle frente. En su acto de despedida, Rajoy se mostró honorable y emocionado. Se hizo merecedor de reconocimiento por la coherencia de una retirada sin pretensiones de tutelar su herencia y por su recordatorio a los integrantes de su ejecutiva de que los políticos han de ser ante todo personas. Pero, en la redacción de su testamento político, en el que se anotó legítimamente logros como la saludable marcha de la economía, mantuvo su negativa a admitir la causa inmediata de su final en la vida pública. Tanto que calificó de posverdad el estado de opinión generado tras la sentencia sobre la primera etapa de la trama 'Gürtel'. Una muestra de que el expresidente continúa aferrándose a la idea de que los casos de corrupción han sido accidentales para el PP, de que las responsabilidades políticas contraídas fueron depuradas en las urnas en 2011, 2015 y 2016, y de que ninguna resolución judicial imaginable puede comprometer a los populares. Es probable que esa interminable sucesión de escándalos haya merecido una actitud indulgente por parte de los seguidores más fieles del PP hacia su propio partido; pero, al mismo tiempo, ha ido gestando un auténtico abismo respecto al resto de la sociedad. El PP no podrá rehacerse mientras se resista a aceptar que su propio nombre estará en tela de juicio cuando se esperan una docena de sentencias por corrupción, que continuarán apelando a su responsabilidad política.

UN PARTIDO NUEVO. Los términos en que Rajoy anunció su retirada dan paso a un congreso poco menos que de refundación. Un partido habituado al hiperliderazgo de sus sucesivos presidentes -Fraga, Aznar y Rajoy-, acostumbrado a una vivencia dirigista de la acción política, puede sentir el vértigo de la transición a otra manera de afrontar sus procesos de decisión. Por de pronto, esta vez el líder dimisionario no ha designado a su sucesor. Se ha negado a hacerlo y a condicionar su ejecutoria inicial. Ello obliga a los militantes del PP a elegir a su nuevo presidente desde la mayoría de edad que se le supone a un colectivo tan experimentado. El Partido Popular se pone a prueba a la hora de hacer realidad un cambio generacional. Un cambio requerido para las siguientes elecciones. Probablemente con las europeas, autonómicas y locales por delante, y las generales después. Todo en 2019. La renovación interna deberá sintonizar con el estilo de oposición que emplee frente al Gobierno Sánchez. Porque es en ese punto donde los sucesores del 'ciclo Rajoy' se la jugarán a la vuelta del verano para salir al paso de las aspiraciones de Ciudadanos.

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