De actores, relatos y lazos

De actores,  relatos y lazos

Intervenir unas instituciones que a día de hoy están absolutamente paralizadas tiene el mismo sentido que pedir más autogobierno cuando no se gestiona el que ya se posee

VERÓNICA FUMANAL POLITÓLOGA

Sube el telón, aforo completo y custodiado por una senyera y un atril con el escudo de la Generalitat de Cataluña, el president Torra se dispone a desgranar una conferencia política bajo el título El nostre moment. Un acto escenificado en un teatro, que a su vez se convierte en la metáfora que mejor explica la situación política de Cataluña. Eligieron un teatro, ni el Parlament de Catalunya, institución de autogobierno que lleva cerrada dos meses por el desencuentro de la mayoría independentista, ni el Palau de la Generalitat, institución en la que Torra ni siquiera ha ocupado el despacho de president.

El teatro es el lugar donde se interpretan obras para que el espectador viva otra realidad, una ficción; y en el asunto catalán, cada uno vive la suya. En el texto pronunciado hubo pocas novedades. A pesar de los augurios sobre rupturas, unilateralismos o desobediencias, el president se limitó a invocar a la Cámara si los presos preventivos finalmente eran condenados, así las posibles consecuencias las asumen todos. La nueva dirigencia del independentismo retóricamente solo gobierna para la mitad de Cataluña y, ejecutivamente, no gobierna para ninguna. Una inacción que sirve para dos propósitos: no hacer autonomismo promoviendo leyes dentro del Estado de Derecho, ni iniciativas hacia la República que pudieran quebrantarlo. La nueva unanimidad de todos los que ahora se disponen a retroalimentar el relato independentista es que todo el sacrificio personal, que no es poco, ya lo han hecho otros.

Pero esta representación sin consecuencias, hasta el momento, no es suficiente para aquellos que han hecho de la defensa de la unidad de España su arma electoral. La reactivación del 155 no se puede reclamar si se asume que el nuevo Govern de Cataluña interpreta un papel que no está escrito ni registrado en el Diari Oficinal de la Generalitat de Cataluña (BOE catalán) y que, por lo tanto, podrá tener valor simbólico, pero no ejecutivo. Así pues, en esta obra de teatro, es fundamental la participación de aquellos actores, políticos y mediáticos, que interpretan el guion independentista asegurando que entre líneas claman por la revolución, unilateralidad e independencia, aportando verosimilitud al relato.

El nudo de esta obra bien podrían ser los de los lazos amarillos. Desde la encarcelación y huida de los políticos independentistas, el activismo anudó la frustración de lo inconcluso con materiales amarillos a toda valla, farola, señal o mobiliario urbano que le hiciera de soporte. Esta ocupación del espacio público tiñó de amarillo unas calles, que los independentistas reclamaban siempre suyas, hasta que el hartazgo de la otra parte acabó por reclamarlas también. En Cataluña se había producido una cierta espiral del silencio, un efecto que popularizó Noelle Neumann y que describe sociedades en las que ciertas ideologías o creencias no se expresan con total libertad debido a que son contrarias a lo que se supone es la visión mayoritaria. La ola amarilla rompió la espiral del silencio de aquellos que, hasta el momento en privado, criticaban el nacionalismo catalán y que se constituyeron en activistas, primero por convicción propia, y luego, espoleados, por sus dirigentes políticos.

No estamos ante el acto final, pero aventurar que este otoño va a ser más conflictivo que el anterior resulta más un deseo que un análisis real de la situación actual. El independentismo se encuentra en un momento de alta debilidad. Con sus principales líderes encarcelados o fuera de España, la estrategia unitaria ha quebrado: ERC prioriza la excarcelación de sus líderes y el reorientar el discurso hacia un independentismo posibilista, pactado, en definitiva, autonomista. El PDeCAT se debate entre los objetivos de Puigdemont, más vinculados a la superación de las estructuras del partido y la creación de un movimiento sin más constricción que la voluntad de su líder, y los objetivos de la base territorial con las miras puestas en las municipales y que sabe de la importancia de las maquinarias de los partidos en las elecciones. La CUP, escarmentada por la unión con el resto de partidos soberanistas y sin miembros encarcelados o procesados, aboga por la ruptura definitiva sin hoja de ruta concreta ni grandes actuaciones que renieguen de las estructuras autonómicas, que son las que pagan los sueldos. A este análisis, hay que añadirle la aparición de los Comités de Defensa de la República, grupos autoorganizados que no rinden cuentas ni pleitesías a ningún partido político, y que a día de hoy constituyen la gran amenaza de los partidos independentistas a los reclaman, en forma de escraches, la república ya. Resulta relevante que ningún partido conmemore ni reclame las fechas del 6 y 7 de septiembre, cuando se aprobaron la ley del referéndum y la de transitoriedad jurídica contraviniendo la legalidad vigente, en un gesto que puede interpretarse como una asunción de errores y propósito de enmienda.

Así pues, el independentismo clama por un otoño que movilice en la calle lo que no quiere ejecutar desde las instituciones. Los que añoran la intervención de la Generalitat claman por un otoño que justifique su petición. Pero la realidad es que intervenir unas instituciones que a día de hoy están absolutamente paralizadas tiene el mismo sentido que pedir más autogobierno cuando no se gestiona el que ya se posee. El gran telón de fondo del nostre moment es una situación política que se resume en retórica, performance y ficción. Se cierra el telón.

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