El absentismo precario

El absentismo precario
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Alba Carballal
ALBA CARBALLAL

Que el trabajo tiene buena prensa en una sociedad orientada al beneficio empresarial es evidente, pero de ahí a tallar en piedra los resultados de un informe sobre absentismo laboral realizado por una ETT hay un trecho difícil de salvar. Sin embargo, poner en entredicho los datos -ojo, es necesario, sobre todo teniendo en cuenta que el estudio contabiliza como absentismo los permisos, las horas sindicales, las bajas de paternidad y hasta las vacaciones- no es suficiente para comprender hasta qué punto el sistema empuja a los trabajadores a malgastar su tiempo en tareas que pocas veces son provechosas para el individuo y que, además, en ocasiones resultan poco significativas para la comunidad a la que supuestamente dan servicio. El tiempo nunca vuelve, pero parece que la precariedad tampoco se va.

Lo cuenta muy bien Graeber en su libro 'Trabajos de mierda': Pasarse la vida trabajando, en un mundo en el que cada vez más empleos pueden ser llevados a cabo con plena eficacia por máquinas, no tiene ningún sentido; pero en lugar de haber conseguido implementar una jornada laboral reducida para casi todos, la gente tiene que pelearse por las migajas de los curros, cada vez más escasos y peor remunerados, que han sobrevivido a la criba. Como siempre, la desesperación es un negocio redondo para quienes tienen la sartén por el mango: se reducen costes, se ahorran inversiones y se paga menos a los empleados. Si atendemos a los datos en bruto, sin que medie una perspectiva interesada, el absentismo en España es residual. En cualquier caso, poco importará si se sigue narrando el asunto como un problema nacional mientras que los miles de trabajadores que cada día se dan de alta como falsos autónomos, tienen accidentes en el curro por negligencias de la empresa o hacen horas extra no remuneradas están condenados a la oscuridad.