Abogado del diablo

Ciertas leyes se han quedado viejas y ya no sirven para juzgar asuntos de especial sensibilidad

JUAN FRANCISCO FERRÉ

La realidad es una pesadilla kafkiana, seas culpable o inocente. Eso da igual. La pesadilla es infernal en cuanto se vuelve mediática, según dicen algunos ingenuos. En un aeropuerto los pasajeros somos terroristas o narcotraficantes hasta que el escáner demuestra lo contrario. Cuando la UCO te pilla con las manos en la masa, sin embargo, cae sobre ti la bendita presunción de inocencia como salvaguarda de tus chanchullos y corruptelas. Si tienes a tu servicio un magnífico bufete de abogados, ya puedes dormir tranquilo en la celda preventiva, con el dinero a buen recaudo en varios paraísos fiscales y el pasaporte caducado. Los novelistas somos abogados del diablo y no creemos en la presunción de inocencia, ni en el linchamiento mediático. Todo el mundo es falso culpable o falso inocente, como prefieras.

En el infame caso de La Manada, ciertas voces puritanas apuntan con el dedo erecto al porno y sus polvos grupales como culpables de la felonía y de sus ingentes imitadores. Pero nadie se atreve a denunciar a la televisión basura y sus contenidos obscenos como inductores inconscientes. Se dice que el fallo es educativo, se acusa a la psique patriarcal, y se excusan así las torpes sentencias judiciales. En el futuro, será más temible el veredicto de la opinión pública emitido a través de los medios masivos que el de un triste tribunal amparado en vetustos códigos legales y una jurisprudencia obsoleta. Ciertas leyes se han quedado antiguas y ya no sirven para juzgar asuntos sensibles. La justicia es lenta y los legisladores son como la liebre de la fábula esópica. Mientras la vida muta a un ritmo diabólico, ellos se adormecen en sus debates partidistas, confiados en ganar la carrera electoral sin esfuerzo. Y luego pasa lo que pasa.

Una parte de la complejidad actual se genera a diario en platós y despachos televisivos. El abogado de la horda violadora lo sabe y va de programa en programa defendiendo su causa. Y la víctima, en su famosa carta, desperdició la oportunidad de darnos una versión personal de los hechos, quizá por temor a los deslices gramaticales. Un lapsus verbal, un adjetivo equívoco o un sustantivo ambiguo reabrirían las heridas impúdicas del suceso. En estos casos delicados, tendrían que pedirnos colaboración profesional a los escritores y escritoras. No valemos mucho, es cierto, pero podemos poner en limpio un relato veraz, transmitir sentimientos sin cursilería, darle sentido moral a las historias más escandalosas, expresar emociones confusas, desnudar conductas indecentes y pulsiones brutales. A juristas y legisladores les recomendaría, como iniciación, la lectura veraniega del 'Santuario' de Faulkner. Para novelistas como Faulkner o Roth, el diablo a defender no es la verdad objetiva sino la impureza de la vida. Con rabo o sin él, como reclaman algunas manifestantes airadas.

 

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