Muerte de un héroe

«Igual hubiera debido pensárselo, salvarse él si podía ya que lo suyo, monopatín contra machete, era una batalla perdida de antemano»

PABLO ÁLVAREZ

La vida no es justa. Tampoco es injusta. Es lo que es: un continuo de cosas que nos pasan, casi siempre sin propósito, a menudo a pesar nuestro. De los 90 minutos del partido nos pasamos 89 de espectadores, de ésos que aplauden y comen pipas en la grada.

Pero luego, de repente, surge un minuto que te interpela. Llega el momento, tomas una decisión. Y esa decisión te define, te marca y, a veces, te hace una persona distinta de la que eras.

Supongo que la decisión de Ignacio Echeverría fue de ésas que se toman en un segundo. Ves a un tipo apuñalar a una mujer, y qué haces. Te paralizas, huyes como hizo el resto. Qué.

El chico hizo lo que hizo. Simplemente irse para allá, coger su monopatín de madera, intentar defender a la inocente. No sé. Igual hubiera debido pensárselo, salvarse él si podía ya que lo suyo, monopatín contra machete, era una batalla perdida de antemano. Pero no, Ignacio Echeverría hizo lo que hizo.

Y de alguna manera ese gesto nos redime a todos. En Londres, tres hijos de la gran puta estaban ahí para representar lo peor de lo que es capaz el ser humano, al que nadie iguala en vileza cuando se pone a ello. Un asco de gente capaz de odiar sin medida por una idea absurda y torcida de lo que debe ser una religión. Asesinos, crueles, sin alma.

Contra eso levantó el chico su monopatín. Y murió, y eso no tiene consuelo. O quizá sí. Ojalá los que le querían encuentren algo de paz en que murió como un héroe, enseñándonos a todos de paso que otra humanidad existe, es posible. Y que ésa, la de Ignacio Echeverría, es una humanidad mejor. Una por la que merece la pena esta vida.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos