Cristianismo y ateísmo europeos

«La estrategia capitalista anti Dios consiste en la trivialización de las personas, el abaratamiento ético-moral de las acciones humanas y su coacción hacia el consumo. De momento el sistema mantiene las libertades formales como coartada, pero las aniquilaría si hiciesen peligrar el mercado»

Tres fueron los herederos del poder del Imperio Romano tras su derrumbe en el 476: los pueblos germánicos, el Imperio de Bizancio y la Iglesia. Sólo la Iglesia perduró. La sociedad europea medieval, in crescendo hasta el siglo XV, fue principalmente cristiana, situación que prevaleció en la Edad Moderna. Pero es regla de vida y de historia que todo poder tiene su contestación y su declive.

Las primeras crisis del poder eclesiástico surgieron muy pronto. Así, desde los siglos III-IV se datan importantes herejías (arrianismo, nestorianismo, priscilianismo, etc). Mayores fracturas supusieron los cismas: el de Oriente-Occidente del que emergió la Iglesia Ortodoxa en el 1054; el Protestantismo alemán de Martín Lutero (1483-1546); el Protestantismo suizo de Zuinglio (1484-1531); el Protestantismo radicalizado francés de Calvino (1509-1564); y el cisma inglés de Enrique VIII (1509-1547). Estas escisiones, importante merma estructural, diversificaron el mensaje de Cristo y, a fin de cuentas, representaron procesos de adaptación a distintas circunstancias políticas y nacionales europeas.

Carácter distinto han entrañado las controversias filosófico-científicas que, a partir del Renacimiento, han sacudido a la iglesia como institución y a la fe en Dios como ideología.

Primero fue la astrofísica del XVI-XVII (Copérnico, Galileo, Kepler, Tycho Brahe, Newton) que demostró la comprensión matemática del mundo físico sin tener que recurrir a explicaciones teológicas y mostró que la Tierra no era el centro del cosmos en contra de la doctrina escolástica. Luego, el fértil panteismo del racionalista Spinoza (1632-1677) hizo abdicar a Dios de su trono celestial y lo incrustó en el mundo sensible. La Ilustración del XVIII hizo bajar a Dios al escalón de la inexistencia, empujado por los primeros materialistas ateos (La Mettrie, D'Holbach). En el XIX apareció Darwin y su evolucionismo: ¡el hombre procedía del mono! Entonces, ¿cuándo y como insuflaba Dios el alma? Pero no acabó ahí el cerco y acoso al ser-persona absoluto. En el siglo XX, el neopositivismo lógico (Círculo de Viena), tras Wittgenstein, Witehead y Russel, acotaron el estatus de realidad al dato sensible y a su manejo con la lógica. Dios quedaba fuera de la realidad. Así, el físico teórico Stephen Hawking, positivista, desde su silla de ruedas, elimina a Dios como hipótesis de la creación del cosmos al considerar el tiempo como curvo, cerrado y continuo sin instante cero, y al mostrar matemáticamente que la materia puede emerger de una nada de simetrías latentes.

Después de todos estos embates contra Dios, ¿puede defenderse todavía su existencia? Pues sí. Porque la teología cristiana más abierta ha reaccionado con una metafísica inspirada que asume valientemente las novedades científicas y muchos de sus representantes son profesionales o conocedores profundos de la ciencia (Teilhard de Chardin, J. Guitton, A. Peacocke, J. Polkinghorne, J.P. Moreland, Ian Barbour, Hans Küng, Rhaner, Zubiri, etc). El resultado es un Dios revitalizado, moderno y cercano, fundamento del universo y, sobre todo, del hombre.

Pero volvamos al movimiento europeo anti Dios en otro frente: la filosofía alemana del XIX. Ésta, en su ala hegeliana de izquierdas (Feuerbach y Marx), redujo al dios espíritu absoluto de Hegel a una mera proyección (alucinación) colectiva del hombre. Feuerbach fue el profeta del materialismo ateo y de él mamó Marx, que fue ateo antes que marxista. Es decir, el marxismo filosófico no implicaba ateísmo; el marxismo ateo fue sólo una política parcial posterior, sobre todo tras Lenin. Tan parcial que al ser doctrinalmente ambos, cristianismo y marxismo, contrarios a la explotación del hombre, con el tiempo, cristianos y marxistas han coincidido en la praxis, sobre todo en el tercer mundo. No hay que olvidar que los primeros cristianos tras Cristo vivieron de 'modo comunista'. El otro puntal del ateismo filosófico alemán fue el autor de el nihilista F. Nietzsche (1844-1900) del que algo bebió el nacionalsocialismo del XX.

Actualmente, el mayor enemigo de la fe en Dios es el capitalismo. El sistema capitalista, como cualquier sistema, opera con independencia de la voluntad de sus miembros y tiene un único objetivo: su supervivencia como sistema. Su metodología es el mercado. Para el ciego sistema todo es potencialmente mercancía, incluidas las personas. Lo previsible es que Dios, que como mercancía es poco atractivo, sea devorado por el leviatán capitalista, al igual que los otros humanismos, incluidos los laicos. La estrategia capitalista anti Dios consiste en la trivialización de las personas, el abaratamiento ético-moral de las acciones humanas y su coacción hacia el consumo. De momento, el sistema mantiene las libertades formales como coartada autojustificativa, pero las aniquilaría si hiciesen peligrar el mercado. La Iglesia, a partir de esto, tiene dos alternativas: una, la 'espiritualización' constituyéndose en núcleo de resistencia; otra, capitalizarse hacia empresa multinacional, cáliz que ya prueba. Como empresa podrá sobrevivir pero habrá perdido la razón de su ser. A Dios.

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