13,99 EUROS

MARTÍN SCHMITT RABONA AL ÁNGULO

Desde que irrumpí, con más intención que otra cosa, en el mundo de la bicicleta, he descubierto un universo inmenso. El poder de inmiscuirme en medio de la naturaleza con algunas pedaladas, en pocos minutos y escasas pendientes es una maravilla. Los paisajes de nuestra preciosa región están aquí al lado y merecen la pena. Con el ciclismo de montaña también he conocido una nueva red social, mucho más sana que Facebook y sin tantos 'troles' como Twitter. Con el Strava uno se pica sanamente con amigos e incluso contra uno mismo de forma gratuita y practicando deporte.

Las bondades de este mundo son innumerables y altamente recomendables. Uno se puede gastar lo que quiera o nada y poco importa si eres un globero -como servidor, un cicloturista que sueña con ser profesional y que disfruta contando unas batallitas que nos hinchan como a un globo-, lo importante es disfrutar.

Sin embargo, el ciclismo te muestra también su cara más amarga, la de los miserables, los que te pasan zumbando por alguna carretera perdida. Te hace conocer a imbéciles que no tienen ningún tipo de respeto, como el que me crucé hace un par de semanas, cuando en la rotonda de acceso al embalse de Las Cañas desvió la dirección de su furgoneta simplemente para destrozar las gafas que se me habían caído en el cruce. Mi colega, Víctor, que es menos globero que yo, no podía comprender semejante mezquindad. Allí, en medio de la calzada, quedaron destrozadas mis gafas globeras, las que pagué a 13,99 euros. Dinero que me debes. Bah, quédatelos porque esta es otra historia que puedo narrar a mis amigos. Y, además, Víctor, por piedad, me regaló las suyas. Y no son globeras.

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