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Miércoles, 22 octubre 2014

tendencias

Un ex narcotraficante colombiano que comenzó a pintar camisetas bajo el lema ‘De Puta Madre 69’ en una prisión de Barcelona triunfa hoy en el mundo de la moda. Su historia será llevada al cine por el mismísimo Steven Spielberg.
03.08.09 -

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Una niñez truncada por la muerte de su padre, una juventud de desenfreno y tráfico de cocaína, una dura etapa en la cárcel, donde cambian todos sus esquemas mentales y toma la firme determinación de dar un giro radical a su vida y, por fin, la libertad y el éxito en la industria de la moda son los ingredientes esenciales de esta fascinante historia que ha conmovido al mago del celuloide Steven Spielberg. El acuerdo entre el director de cine y el empresario ya está firmado, a falta de perfilar algunos detalles, y está previsto que la película empiece a rodarse en 2008, aunque todavía no se conoce al actor que encarnará al controvertido Ilán Fernández.
El creador de la marca de ropa ‘De Puta Madre 69’ (DPM) tiene cuarenta años, vive en Italia junto a su mujer, Elisa Sabatino, campeona mundial de moto acuática, y su hijo, y se ha convertido en un importante empresario, gracias a la ocurrencia que tuvo un buen día de diseñar camisetas para matar las interminables horas de aburrimiento en la cárcel barcelonesa de Quatre Camins.
Aquellos turbios negocios que le llevaron a prisión forman parte de su pasado, pero Ilán ha querido que su experiencia vital sirva de ejemplo a otras personas. «El mensaje que lanzo a través de mi marca es que si yo un día pude cambiar mi destino, cualquiera que ande metido en problemas y quiera salir puede hacerlo también. Además, me dirijo a los jóvenes para que no elijan un camino equivocado, como hice yo, para que se aparten de las drogas y la violencia y sean capaces de disfrutar de la vida de una forma sana».
En los últimos años, DPM se ha situado como una de las firmas más ‘cool’ y transgresoras del mercado internacional de la moda. Su estilo provocador y, en ocasiones, algo macarra ha calado hondo; sobre todo, entre el público adolescente. En las discotecas más ‘chic’ de Londres, Berlín o Barcelona, los jóvenes lucen con orgullo sus diseños, que, por lo general, llevan estampadas atrevidas frases sobre sexo y drogas, como ‘Brazo de la muerte’, ‘Cocaína’, ‘Narcotráfico’ o ‘Big Dick’. El efecto que Ilán Fernández quiere conseguir a través de estos eslóganes es justamente el contrario.
«Nuestro consejo es: no cometas acciones ilegales ni consumas drogas para sentirte diferente. Lleva nuestras camisetas para ser el mejor en todas partes y no uses nada artificial que te vaya a destruir», destaca el diseñador. Con sede en Italia, DPM factura casi 60 millones de euros al año y da trabajo a unas 1.500 personas. Sus principales clientes se encuentran en Europa, Rusia, Canadá, Brasil y Australia. Este año, el objetivo de la compañía es ampliar su volumen de negocio y asentarse definitivamente en Estados Unidos, México, Latinoamérica y Asia. Su presencia en la feria internacional de moda ‘Bread & Butter’ de Barcelona es siempre una de las más esperadas por los llamativos espectáculos de música y luces que se montan en el stand. Para Fernández, «esta feria se está convirtiendo en la más importante de nuestra industria, y por eso siempre estamos allí para presentar nuestras colecciones».
La última, titulada ‘Gold’, muestra unas líneas más trabajadas, unos lemas menos agresivos e incluye ropa de hombre y mujer, complementos y ropa interior. Inconformista y soñador, Ilán Fernández no quiere quedarse sóolo en el negocio de la moda y planea en un futuro próximo «abrir mi propia compañía aérea, que vuele por todo el mundo hacia lugares desconocidos».
Una vida de película
La historia de este hombre que consiguió cambiar las cartas mal dadas que le habían tocado en la vida para ganarle la partida a un destino cargado de calamidades es apasionante de principio a fin. Nacido en Medellín, Ilán se crió en Miami. Su padre, que trabajaba como funcionario de la embajada de Colombia en Estados Unidos, apareció un día muerto en extrañas circunstancias, cuando él sólo tenía 9 años. El caso quedó sin resolver. Sin dinero, Ilán y su madre tuvieron que mudarse a un barrio pobre y conflictivo.
Con 17 años, el joven encontró en el negocio de la droga la forma de salir de la penuria. Peligroso e ilegal, pero rápido y fácil. Un verano que fue de vacaciones a Colombia a visitar a la familia, se dio cuenta de lo barata que era la cocaína en su país en relación con lo que se pagaba en Miami. Un kilo de esta sustancia costaba en Medellín 250 dólares, mientras que en EE.UU. podía llegar a alcanzar los 50.000 dólares. No se lo pensó dos veces y comenzó a traficar. En menos de dos años era inmensamente rico, tenía los mejores contactos y se creía «un dios, omnipotente e indestructible».
En 1989, en uno de sus viajes a Barcelona para introducir droga, fue detenido por la policía en el aeropuerto y trasladado a la prisión de Quatre Camins. Ahí empezó su nueva vida. En la cárcel conoció a otro preso colombiano, un tipo al que todos le tenían miedo, pero Ilán entabló amistad con él. En una de sus largas charlas sobre los motivos que les habían llevado a estar entre rejas surgió la expresión ‘De puta madre’ y se agarraron a ella para olvidar lo duro que era vivir privado de libertad. «Era una forma irónica de luchar contra la tristeza que sentíamos allí dentro. Estás de puta madre cuando te sientes bien o cuando algo es maravilloso. En prisión, desde luego, nadie está de puta madre, pero dijimos vamos a llevarlo lo mejor posible. Y empezamos a estampar con un rotulador ‘De puta madre’ en nuestras camisetas. Luego le añadimos el 69, que significa sexo y que, después de la libertad, es el segundo pensamiento que todos los presos tienen en la cabeza. Ése es el origen de todo», recuerda.
A raíz de ahí, otros reclusos y los propios funcionarios de prisiones empezaron a pedirles que pintaran camisetas para ellos, para sus hermanos, para sus hijos, para sus amigos… Ilán y su compañero de celda, cuya identidad mantiene en secreto porque tiene condena hasta 2011, inventaron otros eslóganes, como ‘Fuck Barbie’, ‘Colombia narcotráfico’, ‘Manicomio criminal’ o ‘Gigoló latino’. Los encargos no paraban de crecer. Tras dos años en Barcelona, Fernández cumplió los seis años que le quedaban en una cárcel de Miami, donde siguió pintando camisetas.
Salió en libertad en 1996. De vuelta a España, buscó trabajo como camarero en Formentera y empezó a vender sus diseños en tiendas de la isla. Un golpe de suerte le llevó a conocer a dos empresarios textiles italianos que se interesaron por su trabajo y entre los tres montaron el negocio en Roma. En unos meses vendieron 20.000 camisetas. Poco después, un concursante de la versión italiana de ‘La isla de los famosos’ salió en televisión con una de sus prendas y las ventas se dispararon aún más. La idea de Ilán funcionaba y se trasladó a otros países, donde también fue muy bien acogida hasta convertirse en una marca con personalidad propia.
Aunque la cárcel queda ya muy lejos, Fernández no olvida a los viejos amigos y asegura que, cuando salga su ‘socio’ de Quatre Camins, con el que creó DPM, lo recibirá con los abrazos abiertos y le dirá: «Aquí estoy. Todo lo mío es tuyo». Sin duda, ése sería un bonito final para la película de Spielberg.
Loco por el trabajo
Ilán Fernández lleva actualmente una vida dedicada a su negocio y a su familia. Llega a trabajar a las 8 de la mañana y se marcha el último de la oficina. Sus colaboradores dicen de él que es «un loco del trabajo, al que le gusta supervisar personalmente todos y cada uno de los detalles del funcionamiento diario de la empresa». Para diseñar sus prendas, se inspira en la gente de la calle. «Le gusta mezclarse con personas de todo tipo, lee revistas internacionales para descubrir las últimas tendencias y, sobre todo, lo que más le apasiona es hablar con los jóvenes para conocer cómo piensan y cuáles son sus gustos». Quienes trabajan con él a diario aseguran que «detrás de esa pinta de tipo duro se esconde un buen colega. Nunca actúa como una estrella, prefiere tratar de tú a tú a los empleados».
Para Ilán, su vida anterior está muerta y enterrada. Ahora sólo quiere disfrutar del presente y mirar al futuro. «Sólo vuelvo la vista atrás para pensar las frases que voy a estampar en mis camisetas. Mi mayor obsesión es intentar influir en los jóvenes para que no cometan los mismos errores que yo». En su empeño por ayudar a otros delincuentes a salir del pozo, también colabora con la prisión de Roma en programas de reinserción de presos. Sus grandes vicios son la comida japonesa y la música de The Doors.
«Para divertirme, unas veces me gusta salir por la noche y otras prefiero quedarme en casa con mi mujer y organizar una cenita romántica a la luz de las velas o ver una película en familia. Ahora soy un tío de lo más normal», subraya.
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