Lo último que vieron los niños de Pioz

Janaína Santos Américo y Marcos Campos, con sus hijos./Archivo
Janaína Santos Américo y Marcos Campos, con sus hijos. / Archivo

Reconstrucción del asesinato de los hermanos a partir de los hechos narrados por el asesino a través del Whatsapp y su confesión

DOMÉNICO CHIAPPE

Sonó el timbre de la casa nueva. El tío, Patrick Nogueira, que vivía antes con la familia, llegó con dos pizzas. Hacía varios días que no le veían. La madre, Janaina Santos de 39 años le deja pasar. Traspasan el recibidor hasta la cocina. La casa, típico chalet de las afueras de Madrid, sin encanto tiene, sin embargo, espacio. En la amplia cocina cabe la mesa y las sillas para comer a diario. Un mobiliario usual, en forma de L, con armarios arriba de la encimera.

Ella saca platos, cubiertos, servilletas. Charlaron. De cualquier cosa. Es hora de comer y hay un invitado inesperado, el pariente amable del que, sin embargo, desconfía la madre. La madre llama y busca a sus hijos, David y María Carolina, de uno y cuatro años. Los cuatro alrededor de la mesa. El menor apenas camina. El tío recuerda que dice ya algunas palabras («ahora ya no habla nada», escribirá Nogueira unas horas después)

Ella se levanta. Va a lavar los platos. Entonces él se acerca, navaja en mano («Me enfado, me fui contra ella», confesará en el juicio). Están cara a cara. Ella presiente la agresión y se adelanta. Le muerde la mano para tratar de desarmarlo. Pero él, joven atlético de gimnasio y futbolista aspirante, le clava el cuchillo en la garganta.

A ella no le da tiempo ni siquiera de gritar. Es un ataque que requiere adiestramiento: clavar en la yugular, serrar, con la sangre liberada a presión. («Ayer, cuando preparaba todo, no era capaz ni de beber agua de tanta adrenalina. Me hacía querer vomitar hasta lo que respiraba», confesará por WhatsApp a Marvin Henriques).

La sangre mancha las puertas de los muebles, el suelo. Gran determinación para que no falle el pulso, más con un arma tan corta como una navaja. La muerte, dijeron los forenses, no es instantánea pero sí rápida. La agonía por degüello puede demorar un minuto, sesenta números con la pausa larga del segundo («no he sentido nada», mantendrá Nogueira en una desordenada conversación por mensajería instantánea en la que buscará consejo sobre cómo deshacerse de los cuerpos y hará en repetidas ocasiones declaraciones de amor a Henriques).

Los niños, sentados uno al lado del otro, el más pequeño en la trona, observan la escena. Su madre desvaneciéndose, empapada en sangre («no sabes lo difícil que es limpiar»), cayendo. Muere con los ojos abiertos («Tenía aquella mirada de pez moro muerto», escribirá Nogueira). El asesino está impregnado de la sangre de su víctima («Sólo huelo a sangre y eso que me he duchado», escribirá).

Los hermanitos gritan, paralizados de terror, buscándose, agarrándose, como si así pudieran defenderse o consolarse, o evadirse de ese momento irreal, inimaginable («Divertido», dirá Nogueira). Su madre está a unos metros sin vida, con un líquido saliendo por su boca («Su boca espumaba sangre», describirá Nogueira).

Gritos

Cuando la mujer yace a los pies del asesino, él se dirige a ellos. Sin pausa se acerca a los niños, que gritan aún más, que esconden el rostro. Primero elige a la niña, le cercena la garganta también. Los forenses encontrarán diferencias entre el apuñalamiento de los adultos y el de los niños. El de los pequeños es en forma de zigzag («Siempre trabajé la paciencia», afirmará en el chat con el amigo). Ante la indefensión, puede afinar el corte. Ralentizar el movimiento de la mano, ensayar el recorrido. El filo del metal hace un trabajo semejante al de la soga del ahorcado. La niña pierde el control de sus esfínteres en la agonía («La niña se ha cagado después de muerta», escribirá Nogueira).

Separado de la hermana, muerta también como su madre, el niño, tampoco atina a huir. Tal vez grita o sólo balbucea. La mayor quizás suplicó, él aún no tiene suficiente lenguaje. Pero cualquier palabra era inútil ante la decisión sádica del asesino («Nunca volver atrás ni salir por aquella puerta sin el deber cumplido», dirá por WhatsApp). El asesino, su tío, le sesga la vida con el mismo cuchillo sucio, embarrado con la sangre de su madre y su hermana, con la misma lentitud, con el mismo trazo zigzagueante («Matar con un cuchillo es así de fácil», dirá y se comparará con el psicópata de la serie 'Dexter').

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