Sant Llorenç trata de recuperar una normalidad enfangada por la desesperación

El número de muertos se eleva a doce, tras hallarse los cuerpos de un matrimonio alemán

JOSÉ M. CAMARERO SANT LLORENÇ.

Cuando los vecinos de Sant Llorenç, en Mallorca, se concentraron ayer a mediodía a las puertas del ayuntamiento para rendir homenaje a los doce fallecidos por la riada, con un minuto de silencio que se coordinó en toda la isla, el sol azotaba en todo su apogeo. Nadie se atrevía a decirlo, pero más de uno pensaba cómo era posible que un día tan apacible sucediera a otro en el que la oscuridad y la devastación asoló el pueblo horas antes. Los rayos solo sirvieron para despejar aún más las dudas: los destrozos son incalculables, las pérdidas en negocios y hogares ingentes y la desesperación por volver a la normalidad cada vez mayor.

«Cuantas más prisas tienes por regresar a la vida que teníamos, más te das cuenta de que no va a ser posible ya nunca», se lamentaba Carles mientras achicaba agua del garaje comunitario de su vivienda. En este 'día después', la devastación se veía aún mayor de lo que creían. «Y lo peor siguen siendo los muertos, por supuesto, eso ya no se recupera», admitía un voluntario.

El millar de efectivos movilizados desde el martes tras la riada se repartió las tareas. La más importante, encontrar a los tres desaparecidos. Al pequeño de 5 años se le unió el miércoles un matrimonio de origen alemán, Petra y Mike Kircher, de 63 y 61 años, residente en la isla. De madrugada, los agentes encontraron un coche con dos móviles, así como todo tipo de enseres personales. Pero ni rastro de sus ocupantes.

Los trabajos de rescate se apartaron poco a poco del pueblo y se centraron en la desembocadura del torrente que arrasó con todo lo que encontraba a su paso, en la Cala S'Illot, a unos diez kilómetros de distancia de la tragedia. Las esperanzas de encontrarles cerca de la localidad se desvanecían a medida que pasaban las horas. Poco después del mediodía los equipos recuperaban cerca de la zona de Artá los cuerpos del matrimonio.

Los esfuerzos se centraron en encontrar al pequeño. La fuerza con la que la lengua de agua, barro, lodo, vegetación, coches y todo tipo de enseres arrasó el pueblo el martes por la noche en apenas dos horas hace pensar a los efectivos de la Guardia Civil y la UME que podrían encontrar al niño cerca del mar, al haber sido arrastrado por la corriente. Para ello cuentan con especialistas del Grupo Especial de Actividades Subacuáticas (GEAS), aunque la tarea no es fácil porque «la visión es muy mala, hay mucho fango y tierra, es lento y técnico», según explicó el portavoz del instituto armado en Mallorca, Francisco Molina.

Mientras tanto, en la calle Mayor, la más afectada por la riada, medio millar de efectivos policiales y militares fueron destinados a ayudar a las labores de desescombro. Poco a poco, el nivel de barro del municipio va descendiendo, pero todavía ayer era posible pisar una acera y comprobar cómo las botas que los vecinos y los agentes se afanaron en comprar quedaban sepultadas en el lodo varios centímetros. Para entrar a la localidad ya es exigible este calzado. «Hasta que no nos lo quitemos en unos días, no tendremos vida normal», señalaba Roser. 'Normal', un adjetivo que para los vecinos de esta localidad de 8.000 habitantes ha perdido todo su sentido, al menos durante estos días.

Una vez salvado el mayor número de personas posibles -a la espera del balance final-, la mayor preocupación eran las casas para resguardar todas esas pertenencias personales y familiares a las que casi nunca se les da valor hasta que se pierden. El cuadro que pintó el pequeño de la casa en el colegio; el traje de novia que nunca más volvió a ver la luz tras la boda; los libros que ya nadie quiere leer... Todo en Sant Llorenç cobraba ayer un valor infinito.

Bancarrota indiscriminada

Y tras las casas, llegaba el momento de mirar a los negocios del pueblo. Casi todos, situados en locales a pie de calle, han sido arrasados por el fango. Tiendas de electrodomésticos, muebles, talleres de coches, la ferretería y más de un bar han perdido todo lo que tenían. Las lavadoras, los microondas, los armarios, los espejos, las neveras frigoríficas para bebidas... enfangadas de barro, barro y más barro.

Carme no era capaz ni de hacer cuentas de lo que le iba a costar poner al día su tienda de mobiliario. Cuando los técnicos de su compañía de seguros hablaban con ella, simplemente miraba hacia el fondo del cauce, ese que se llevó mucho dinero, pero sobre todo demasiadas vidas por delante.

Y, por difícil de comprender que parezca, en medio de la tragedia también puede haber tiempo para el pillaje. Aunque oficialmente no se registró ningún robo en vivienda o local comercial por parte de desconocidos, la Guardia Civil decidió ampliar su dispositivo con patrullas de vigilancia destinadas a evitar este tipo de delitos.

Los temerarios ladrones poco podrían encontrar, más allá de un reguero de desesperación y el hundimiento de una población que tardará mucho tiempo en regresar a una normalidad que ya no será igual.

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