Sánchez-Iglesias, el jaque mate tendrá que esperar

Los líderes de PSOE y Unidas Podemos han librado una feroz guerra de nervios y una soterrada batalla por el relato durante los últimos cinco meses

Pablo Iglesias y Pedro Sánchez./
Pablo Iglesias y Pedro Sánchez.
Alberto Surio
ALBERTO SURIO

El fracaso de la investidura y el camino del 10-N se han gestado bajo la sombra de una feroz batalla por el relato entre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias. La batalla sobre quién ha provocado el bloqueo se inició el 28 de abril, cuando el candidato del PSOE escuchaba el grito «con Rivera, no» de centenares de simpatizantes socialistas en Ferraz.

La estrategia de Sánchez empezó a perfilarse esa noche a la espera de las municipales y autonómicas en mayo. El objetivo pasaba por formar un gobierno 'progresista' que recuperase el centro, sin perder el anclaje en la hegemonía de la izquierda. El líder del PSOE –asesorado por su director de gabinete, Iván Redondo– quiere pilotar una amplia mayoría de centro-izquierda, que garantice la estabilidad política, que se inspire en el bloque social que impulsó en los años 80 y 90 las victorias de Felipe González. Un bloque que no dependiera de Unidas Podemos, aunque fuera su socio preferente, ni tampoco de los independentistas catalanes. Que se quitara el estigma de 'gobierno Frankenstein'. Los recelos a una coalición obedecían a esta apuesta.

Para eso el candidato socialista se marcó como premisa pagar el mínimo precio político para la investidura, sin miedo de ir a las urnas. Había que librar la batalla de la opinión pública y culpar en todo caso a Iglesias de un eventual fracaso de la negociación. Durante julio el PSOE y Unidas Podemos negociaron sin éxito un gobierno de coalición que en una primera fase fue de 'cooperación'. Un colaborador del presidente en funciones precisa que la apuesta de entente iba en serio «y para que funcionase, teníamos que arrancarnos algo del corazón, como fue una Vicepresidencia que coordinase todas las políticas de igualdad». El desacuerdo de Irene Montero fue clave en aquella ruptura porque interpretó que el PSOE la quería de 'florero' en el Ejecutivo.

Sánchez ha confiado durante agosto que la dinámica de reuniones con grupos sociales para elaborar un programa de gobierno progresista iba a convertirse en un arma de presión de la sociedad civil a la formación morada para que aceptase un Ejecutivo a la portuguesa, es decir, un gobierno socialista en minoría con el apoyo parlamentario de Unidas Podemos desde fuera. Era lo que los dirigentes más próximos a Sánchez han llamado en broma el 'plan lentejas' en alusión al refrán «Si quieres las tomas, y si no, las dejas». Confiaba que algunos dirigentes de Unidas Podemos se mostraban dispuestos a apoyar la investidura sin exigir una coalición a cambio. Y que, por ejemplo, los diputados de las confluencias se mostraban en privado bastante más flexibles. Entre otras cosas por el miedo a unas nuevas elecciones.

En el PSOE nadie cuestiona en público la estrategia de su secretario general. Sin embargo, sí existe una inquietud en cargos intermedios por una batalla del relato porque cuesta explicar a la sociedad las razones políticas reales de desconfianza que dificultan una alianza.

'Mayoría cautelosa'

El mayor temor de los socialistas es la desmovilización electoral de la base social de la izquierda por desencanto y frustración. La apuesta de Sánchez será conectar con la 'mayoría cautelosa', que no funciona en clave estrictamente del eje izquierda-derecha. Los expertos monclovitas –que no excluyen que Íñigo Errejón quiere presentar a su formación en Madrid– tienen clavados los datos: una participación del 68% garantiza la victoria del PSOE. En torno al 75%, implica, como creen que ocurrió, una fuerte activación del voto del nacionalismo periférico.

Desde Unidas Podemos no ocultan tampoco el temor a unos nuevos comicios, pero aseguran que Sánchez ha planteado un debate en término de dignidad que hacía muy difícil el acuerdo. Ellos tenían claro que no iban a aceptar como base de programa el último documento entregado por Carmen Calvo a Pablo Echenique, que consideran muy insuficiente. Sobre todo cuando las señales de crisis económica vuelven a apuntar en el horizonte. «Aceptar ese acuerdo programático nos coloca como elemento auxiliar, y a eso no estamos dispuestos», advierten. En todo caso Iglesias calculó desde el primer momento que el PSOE se opondría in extremis a unas elecciones que pueden ser una verdadera ruleta rusa para la izquierda.

La campaña electoral que se avecina será de alto voltaje entre los socialistas y la formación morada, que acusará a Sánchez de preparar para después del 10-N un acuerdo con el centro-derecha, bien para buscar una abstención del PP o con un pacto de gobierno con Ciudadanos. Iglesias se guarda una baza para la campaña: denunciar el veto a casi cuatro millones de votantes.

El último movimiento táctico de Albert Rivera se interpreta también como un último intento del líder de Cs, ya al borde del precipicio, de no perder esa batalla del relato. El enroque –en el ajedrez es un movimiento que involucra al rey y a una de las torres del jugador– no resuelve por ahora la partida. El 10-N veremos si esto acaba en jaque mate.