Una prisión en un pueblo fantasma

El puñado de habitantes de Brieva teme que la llegada de Urdangarin altere su tranquilísimo modo de vida

MELCHOR SÁIZ-PARDO

Brieva (Ávila). Sí, existe. Hay un pueblo en España en el que no hay un solo bar ni tampoco iglesia. Es más, por no haber, no hay ni tienda. Ni un solo comercio más allá de una carpintería que parece que nunca abre. Se llama Brieva y, en realidad, no es un pueblo, es una de las seis pedanías de la ciudad de Ávila y su denominación oficial es Brieva-Vicolozano porque se unió a la aldea de al lado por cuestiones administrativas.

Brieva, a solo siete kilómetros de la capital abulense, está en las antípodas de la ampulosa Ginebra de la familia Urdangarin o de la bulliciosa Palma de Mallorca que abrió de par en par sus puertas a la hija y al yerno de don Juan Carlos. En Brieva solo hay seis calles, una plaza, quince casas, unos cuantos animales y 30 habitantes censados.

Censados, porque en la calle no se ve un alma, y eso que ayer fue un día muy especial para esta aldea que copó las portadas de los informativos. Casi se respira el ambiente de las fiestas patronales en honor a La Asunción de agosto. «Al menos, hay gente en la calle, tenéis que ver esto en un día normal. No te encuentras a nadie. Absolutamente a nadie», apunta Fernando, un operario de jardines del Ayuntamiento de Ávila, al que sus jefes enviaron ayer precipitadamente a Brieva (ya que solo viene dos veces al año para mantenimiento) a segar las malas hierbas embravecidas por las lluvias que amenazan con comerse literalmente el camino rural que da acceso a la puerta de visitas de la cárcel.

Parece que el consistorio abulense quiere dar buena imagen a la veintena de periodistas que ayer por unas horas consiguen resucitar este pueblo casi fantasma.

Extraña

Fernando descarga sus herramientas junto al consultorio del pueblo -cerrado, solo abre un rato los martes y otro los viernes-. La sombra de las tres torretas de la cárcel se proyecta sobre la pedanía. La prisión lo marca todo en este pueblo. Es una construcción extraña que está en el mismo centro de Brieva, perfectamente integrado con las casas del pueblo. De hecho, las viviendas de los funcionarios (dentro del perímetro de seguridad del establecimiento) parecen ser parte de la aldea.

Los campos de flores amarillas y violetas no desentonan demasiado con los muros de hormigón de cinco metros y las concertinas. Es una mezcla soprendente que, sin embargo, después de unos minutos parece armónica a ojos del visitante.

Ni siquiera tener una cárcel como epicentro de la vida urbana altera la atmósfera 100% rural que se respira. «Es que aquí todo es muy tranquilo. Los vecinos van a los suyo y la gente de la cárcel a lo suyo», señalaba ayer el alcalde pedáneo de Brieva-Vicolozano, el popular Mariano Lidio Rodríguez, un pequeño ganadero designado desde hace tres años como regidor de estas tierras por el Ayuntamiento de Ávila.

«Se nos viene una gorda encima. Nuestro mayor miedo es que todo este lío cambie nuestro modo de vida. Esperemos que no, pero ese temor existe. Queremos que nada cambie en Brieva, que la vida siga igual», dice Rodríguez abrumado mientras los periodistas hacen cola para entrevistarle en el camino de tierra rodeado de flores silvestres que da acceso a la cárcel.

El alcalde, junto a su mujer, Begoña, se han autoconstituido en una suerte de comité de bienvenida e información a los foráneos. Begoña, encantada de colaborar, responde sin titubear a todas las preguntas. «No creo que nada cambié. La presencia de la prisión es permanente, pero no influye para nada. A veces vemos alguna de las presas de permiso dando una vuelta, pero nada más. Esperemos que esto sea para bien y que sirva para dar a conocer el pueblo», vaticina la mujer.

La esposa del alcalde es muy optimista porque, desde luego, Brieva, ni con Iñaki Urdangarin como reclamo, tiene mucho futuro turístico, aunque la desconcertante imagen de su moderna cárcel como centro neurálgico del vetusto pueblo abulense al menos amerite una parada y un rápido vistazo. Eso sí, sin un café.

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