PP y Cs pelean voto a voto en la recta final de la campaña andaluza

Marín, Rivera y Arrimadas se hacen ayer un 'selfie' en Málaga con candidatos de Ciudadanos. :: e. p./
Marín, Rivera y Arrimadas se hacen ayer un 'selfie' en Málaga con candidatos de Ciudadanos. :: e. p.

Pese a su rivalidad por el centro derecha, ambas fuerzas se tienden la mano para desalojar al PSOE del poder

CECILIA CUERDO SEVILLA.

La primera semana de campaña de las elecciones en Andalucía ha dejado claro que, más allá de la pugna por desbancar al PSOE del poder después de 37 años de gobierno, hay también una pelea cada vez más reñida por ocupar la segunda posición. Una pelea nada baladí para los partidos de derecha, cuyos líderes nacionales han convertido la cita del 2 de diciembre en un laboratorio de pruebas frente a un eventual adelanto de las generales.

PP y Ciudadanos compiten de forma despiadada por un mismo espacio electoral y tratan de romper el equilibrio en el que les sitúan los sondeos debido al trasvase de apoyos entre las dos formaciones. Pero también se tienden la mano porque saben que según los sondeos se necesitan alcanzar la mayoría alternativa a los socialistas.

La paradoja de odiarse pero estar condenados a entenderse quedó en evidencia en el primer debate a cuatro. Los líderes de Cs, Juan Marín, y PP, Juan Manuel Moreno Bonilla, se cruzaron los reproches más duros, pero el primero llegó a ofrecer la vicepresidencia de su hipotético gobierno a su rival. En este sentido, ambos se han comprometido a que, «si salen las cuentas», irán de la mano. «Porque los andaluces no nos perdonarían que no hubiera cambio», justifica Marín. También a no apoyar al PSOE. En el caso de los populares incluso ante notario. El PP porque dice ser la antítesis, mientras que Cs lo justifica en que Díaz no tiene palabra e incumplió el anterior acuerdo de investidura.

Pero pese a las coincidencias y la sintonía más que evidente, tanto uno como otro se reprochan actuaciones anteriores. En el PP acusan a Cs de haber sido «muleta» del PSOE durante tres años, y corresponsables de todo lo ocurrido en una legislatura de la que hasta hace poco presumían. Por su parte, Cs se vanagloria de que en estos tres años ha logrado hacer más que los populares en cuatro décadas de oposición, como la bajada del impuesto de Sucesiones o el IRPF. Marín lo resumió gráficamente en el debate: un folio en blanco en el que glosó esos logros con la palabra «nada».

55 diputados

De esta forma, parece claro que si la suma de sus escaños alcanza la mayoría, situada en 55 diputados, mandarán al PSOE a la oposición. Sin embargo, ningún sondeo aprecia este resultado, más bien apunta a que son vasos comunicantes (aunque Cs también pesca algún voto entre los socialistas), por lo que el crecimiento de uno depende del batacazo del otro. La pelea es voto a voto en provincias como Málaga, una de las que más escaños aporta, 17, y donde Cs tiene su cabeza de lista más mediático, el exseleccionador nacional de baloncesto Javier Imbroda. Pero también en Almería, feudo tradicional de los conservadores y donde podrían sufrir el zarpazo de Vox, según el CIS. Por lo tanto, las incógnitas se centran en lo que ocurrirá si no alcanzan esa mayoría.

En el PP no terminan de creerse que Marín, que ya negó su voto al PSOE en 2015, no termine apoyando de alguna manera a Díaz para frenar que Adelante Andalucía (la confluencia de Podemos e IU) sea su sostén. «Los empresarios tienen las carnes abiertas» ante esa posibilidad, señaló el jueves en Jaén el candidato liberal, asegurando que «volverán a meter mano al bolsillo de los andaluces» con la subida de impuestos. Un escenario en el que el peso de la decisión puede recaer en Madrid, ya que la reedición de ese apoyo echaría por tierra la estrategia nacional de Albert Rivera para liderar la oposición como alternativa a Pedro Sánchez. Por si acaso, desde Ciudadanos insinúan no temer a la repetición electoral, alentando la estrategia de bloqueo que Díaz usa como eje principal de campaña.

Las direcciones nacionales se han volcado en esa disputa por la hegemonía del voto conservador con presencia continua en la campaña. Tanto Pablo Casado como Albert Rivera se juegan enfrentar el ciclo electoral de 2019 con el viento de cara. Para el primero, no ser segunda fuerza sería una nueva debacle que ahondaría en la tendencia a la baja iniciada en Cataluña, donde son residuales. Para Rivera, supondría la confirmación de una subida tras la victoria en las catalanas. De ahí que centren sus mensajes de campaña en clave nacional, un arma de doble filo que ha permitido subirse al carro a Vox.

De momento, ninguno de los líderes regionales se ha pronunciado acerca de si rechazarían ese apoyo para lograr la mayoría, e incluso los populares hacen hincapié en que votar a Vox es votar socialista, ya que ese no terminará de darles un escaño y por el reparto de restos de la ley D'Hondt éste pasaría al PSOE.

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