Luces y sombras de la Fiscalía en el juicio del 'procés'

Jornada del juicio del Procés en el Tribunal Supremo. /EP
Jornada del juicio del Procés en el Tribunal Supremo. / EP

La querella de Maza por rebelión marcó la senda de los cuatro acusadores, que en 50 sesiones cayeron en excesos de confianza

MELCHOR SÁIZ-PARDO y MATEO BALÍNMadrid

La querella por rebelión presentada por la Fiscalía General del Estado el 30 de octubre de 2017 contra los líderes independentistas era una suerte de «condena anticipatoria». Así calificaron algunos magistrados del Tribunal Supremo el relato de hechos contenido en las 118 páginas remitidas a la Audiencia Nacional por José Manuel Maza, fiscal general fallecido pocos días después en Argentina.

Bajo esta premisa, la llamada causa del `procés', que luego acabaría en el Supremo, ha estado marcado desde el principio por el impulso de la Fiscalía: la defensa a ultranza de la rebelión detallada entonces por Maza y que, tanto en la fase de instrucción como ahora en el juicio, han secundado sus cuatro subordinados en el alto tribunal. Una actuación donde, para lo bueno y lo malo, han tenido un papel protagonista.

Nunca antes el órgano que protege el interés general había dedicado tantos recursos humanos a un procedimiento. Perfiles diversos y experimentados como Javier Zaragoza, jefe en la Audiencia Nacional, Consuelo Madrigal, fiscal general antes que Maza, o renombrados acusadores como Jaime Moreno o Fidel Cadena.

Pero este equipo coral, lejos de funcionar como una máquina engrasada, ha dejado en las 50 sesiones de juicio del 'procés' luces y sombras. Momentos importantes, como la férrea defensa el martes de los escritos de conclusiones o los interrogatorios de Zaragoza, con algunos errores de cálculo. Unas equivocaciones materiales fruto, quizá, del exceso de confianza por la abundancia de indicios contra los acusados.

Así, no fue extraño presenciar durante la fase testifical algunos de estos casos. Por ejemplo, cuando determinados testigos de la defensa se adentraban por ciertos derroteros y el fiscal que en ese momento estaba en sala carecía de argumentos para ponerle contra las cuerdas.

También la deficiente estrategia en la fase documental. El pasado 28 de mayo, sin ir más lejos, el fiscal Moreno estaba llamado a mostrar los vídeos con lo que pretendía demostrar que la violencia fue suficiente. Era una sesión clave en la que, sin embargo, hubo bastantes lagunas. Moreno, a petición de las defensas, ni siquiera fue capaz de identificar de dónde o cuándo eran las grabaciones que estaba mostrando al tribunal En las pantallas, sin orden ni concierto, se mezclaron cargas del referéndum, concentraciones del 20 de septiembre o escraches a hoteles donde se alojaban policías.

«Bastante buenos»

¿Faltaron medios, personal o tiempo para preparar esta prueba?, se preguntaban expertos y juristas presentes en el juicio. Tampoco se entendió la aparente desidia del Ministerio Público por estudiar y escoger los más de 200 policías y guardias civiles que declararon para probar la acusación de la violencia.

A diferencias de las defensas que llevaron al tribunal a testigos claramente escogidos por su valor, cargo o circunstancias, la Fiscalía presentó una ristra interminable de agentes que en muchos casos había intervenido exactamente en el mismo episodio que el anterior declarante. En esas sesiones, por ejemplo, la fiscal Madrigal se le vio perdida hasta el punto de tener que preguntar al testigo en qué colegio actuó y que le había pasado ese día.

Con estos precedentes, la jornada de informes finales no pintaba bien. Pero la Fiscalía sorprendió. Hasta algunas defensas reconocieron que su alegato colegiado había sido «bastante bueno». El propio Zaragoza, por ejemplo, estuvo tres semanas preparando su intervención.