VERGÜENZA

MARTÍN SCHMITT RABONA AL ÁNGULO

Vergüenza. Y mucha. Toneladas de ella, por lo que pido perdón de antemano. Vergüenza por ser argentino e hincha de River Plate. Quienes me conocen saben que después de celebrar el pase del equipo de mis amores a la final de la Copa Libertadores me llevé las manos a la cabeza al ver que su rival iba a ser Boca. No por miedo a que mi equipo pierda. La estadísticas del último lustro le sonríen. Sentí pavor por las consecuencias en las que un choque de esta trascendencia podía desembocar. Y avisé de que era probable que la superfinal acabase en un desastre de inmensas dimensiones.

Y lamentablemente no me equivoqué. La Argentina mostró al mundo lo que verdaderamente es: un país barrabrava. Un lugar en el que los estadios no permiten la entrada a las aficiones visitantes. Un sitio en el que las barrabravas son asociaciones ilícitas y muy lucrativas que manejan desde la venta de entradas clandestinas, la distribución y venta de droga hasta los 'tours' para extranjeros en el corazón de una barrabrava. Inaudito.

Pero, ¿quién ampara a estos delincuentes? Las directivas de los distintos clubes, por miedo a represalias, en algunos casos, o porque son parte activa de la red corrupta, en otros. Así ha funcionado siempre un sistema perverso y criminal. Lo he visto y vivido en carne propia. Es el momento de cambiar. Y si la Conmebol castiga a mi equipo y le da la copa al otro, que así sea. Sería lo que merece River Plate, cuyo jefe de la barra fue detenido en la víspera con 300 entradas (¿quién se las dio?) para 300 forajidos que decidieron, por rabia, suspender la gran final. A piedrazos y ante los ojos de todo el mundo.

 

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