Sapos, fuego y memoria

El Auto de fe se completó con un recuerdo en el bosque de la memoria. :: j.l./j.h./
El Auto de fe se completó con un recuerdo en el bosque de la memoria. :: j.l./j.h.

Un recorrido por los hitos de Auto de fe de 1610 concluyó ayer en Logroño con un tributo a los inocentes llevados a la hoguera

Teri Sáenz
TERI SÁENZLogroño

Inquisidores, delatores y verdugos. Presuntas brujas, sapos maléficos y machos cabríos. Atavismos, miedos y tortura. Venganza a raudales. Dolor para coartar el pensamiento libre. El Auto de fe que tuvo lugar hace ahora 408 años en Logroño ha vuelto este fin de semana a la memoria no para ensalzarlo, sino para estimular la reflexión colectiva y combatir que el tiempo no sepulte en el olvido uno de los acontecimientos más viles de la historia que situaron a la capital riojana entre sus páginas tenebrosas.

Tras la multitudinaria recreación del sábado de un aquelarre y la quema de los once inocentes de los pueblos navarros de Zugarramurdi, Urdax y Oyeregui, el programa desplegado a largo del fin de semana tuvo ayer su acto central en el recorrido que repasó las 'huellas' de aquel pasado. Guiados por los sones del grupo Grimorium, cerca de un centenar de personas emularon los pasos de las casi 30.000 que aquellos 7 y 8 de noviembre de 1610 asistieron en Logroño al juicio sumarísimo que los convirtió en prescriptores del desconocimiento y las falsas creencias de un episodio infame. Desde la plaza del Mercado hasta el rincón dedicado a Alonso de Salazar pasando por San Bartolomé, el público descubrió los entresijos de aquel episodio en una ruta que concluyó en el Bosque de la Memoria del parque del Ebro.

Vecinos del valle Xareta, en la frontera de Navarra con el Pirineo francés, se sumaron a la cita en un tributo final para desagraviar a sus vecinos pretéritos. Engalanar el lugar con un ramo por cada uno de los quemados (en persona o en efigie) y entonar la canción 'Hegoak' (Alas) para lamentar cómo se cortó el vuelo a los que un día quisieron pensar al margen del poder.

Las jornadas, que contaron con la colaboración de los voluntarios de la cooperativa Iuventia, se cerraron con un espectáculo de danza y fuego que alumbró el recuerdo que se niega a perecer.

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