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LO PROHIBIDO

Jorge Alacid
JORGE ALACIDLogroño

Como nos tiene avisado el leguleyo de guardia, según cierto principio latino incluso en San Mateo todo aquello que no está prohibido está permitido. O debería. Porque se trata de un dictamen que juzgo en retroceso. Tiendo a observar que nuestra sociedad sustituye ese antiguo adagio por otro de nuevo cuño: todo lo que no está prohibido lo acabará estando. Tarde o temprano. De donde nacen estas sociedades timoratas, apocadas, tan temerosas del qué dirán que hoy nos rodean: conclusión que alcanzo mientras saco el retrovisor, me observo en pantalón corto y recopilo cómo han desaparecido los momentos cumbre del programa de San Mateo que más entretuvieron mi infancia y mi mocedad.

Recuento de urgencia. Uno, los hermanos Otaola. Unos ases zampando chuletas en avenida de Colón, todo un espectáculo para los niños logroñeses que asistíamos en primera fila al pugilato pastoreado por maese Basilio, asombrados por la ingesta feliz e interminable de aquellas moles llegadas de las queridas provincias vascongadas, que derrotaban a sus rivales indígenas con pasmosa facilidad. Pero llegaron los dietistas y los endocrinos y demás compañeros de viaje ... Y mandaron parar. Y los entiendo, claro que sí, porque esas bacanales debían ser malísimas para la salud, pero yo confieso: cómo las sigo añorando.

Dos, el fútbol de perros. El número más esperado en cada función de circo, que también ha periclitado a mayor gloria de los enemigos del maltrato animal. Que me tienen a su lado, lo juro. Aunque la verdad... También confieso. Esos partidos de fútbol imposible me alegraban las fiestas tanto como la siguiente entrada de esta apresurada recopilación de memorables hitos mateos ya difuntos.

Tres, lo prometido: las majorettes. Las inolvidables majorettes, llegadas muchas ellas de Francia, donde disponían de costumbres más liberales en materia de largura de la minifalda: en la España de Franco (donde, al igual que en toda dictadura, todo lo que no estaba prohibido era obligatorio), esos desfiles eran toda una explosión hormonal, aunque (lo confieso, sí, lo confieso) encerraban un homenaje al micromachismo que luego vino por el que también pido un perdón retrospectivo.

Debe incluirse en el mismo lote algún otro hito tan bizarro como el Teatro Argentino, con Manolita Chen al frente, que sentaba sus reales en El Ferial e incorporaba a los primeros travestis, lo cual atraía como una telaraña a las moscas que éramos entonces. Hablando de moscas: el improbable lector me disculpará, pero acabo de concluir la lectura de la novelita así llamada, tan cruda y políticamente incorrecta, que he debido quedar hechizado por su magnética destreza para llamar a las cosas por su nombre. Aunque si confieso, lo confieso todo. Y desembucho: en realidad, todo lo de arriba es inventado. Me lo contaban de vuelta a Logroño quienes se quedaban aquí durante las fiestas. Que se daban esos festines mentados mientras yo me solazaba en la playa. San Mateo, en realidad, me sabe al veraneo. Me vuelvo a ver a mí mismo asomado al Mediterráneo. Que me sigue pareciendo el sitio ideal para disfrutar de estas fiestas tan entrañables.

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