Pan, pez y vino, como siempre

El trajín de ayer, y de cada año, en las mesas de reparto que montan los cofrades del Pez para atender a los miles de vecinos y visitantes que se acercan al Revellín. :: juan marín/
El trajín de ayer, y de cada año, en las mesas de reparto que montan los cofrades del Pez para atender a los miles de vecinos y visitantes que se acercan al Revellín. :: juan marín

A un ritmo de 500 alevines de trucha cada tres minutos, los más de mil kilos previstos acabaron en manos de vecinos y visitantes Reeditado uno de los actos más emblemáticos de la ciudad, en el que ayer se repartieron 30.000 raciones

MARÍA JOSÉ LUMBRERAS

logroño. La lluvia fue una amenaza durante buena parte de la mañana, pero el acto más emblemático de San Bernabé, el reparto del pan, pez y vino, libró. Sólo en el último momento hubo que trasladar las carpas que cubrían unas mesas sobre las freidoras para evitar el agua en el aceite caliente, un 'invento' que tienen más que probado los integrantes de la Cofradía del Pez.

Y no sólo salvó el evento sino que volvió a reunir, como cada año, como siempre, a miles y miles de logroñeses y visitantes en interminables colas que, a eso del mediodía, alcanzaban el hotel Los Bracos en la calle Bretón o el Druken Duck en la avenida de Portugal.

Pero la espera merecía la pena porque las truchitas quedaron estupendas. No en vano, el cofrade mayor, Lorenzo Cañas, no les quitó el ojo de encima. Más de un millar de kilos en cajitas de 3,5 se colocaron al fondo del espacio habilitado en el aparcamiento del Revellín y, de ahí, iban a la cazuela, que esperaba con el aceite a 300 grados.

El ritmo, a primera hora, iba más lento, a una cajita por freidora, y había cinco echando humo. Quinientos alevines en tres minutos, que no está nada mal. Cuando hubo que acelerar, cajita y media. No había transcurrido una hora de reparto y ya habían 'caído' 6.000 peces, 150 kilos. Pero no pasaba nada porque había más de 30.000 y la tranquilidad de que iba a llegar para todo el mundo. O casi. Porque las filas y la afluencia no dejaban de crecer.

De las sartenes, los peces volaban a las mesas de reparto de la mano de ágiles voluntarios, cofrades algunos y familiares otros, sumados a la causa por un día. Allí, las frituras se añadían al bollo y se juntaban con el vino, bien en vaso, bien en jarrito. Hasta 26.000 panecillos se habían dispuesto. Y otros 300 más sin gluten, aptos para personas con celiaquía. De vino, fueron mil litros. Que no nos falte de nada.

Por si acaso, sobre los puntos de reparto también lucía información sobre alérgenos. Pescado, sulfito, gluten, se advertía.

El relevo generacional tomó la primera línea y, así, los más jóvenes se hicieron cargo de poner en las manos de las miles de familias que pasaron algunos de los ingredientes de la entrega. A los pequeños Thibaut y Pedro, de 12 años, que se encargaron un rato de la esquina sureste junto a Lucas, de 7, y Jaime, de 8, únicamente les dejaron repartir jarritos. Y eso que los de 12 llevan ya unos años madrugando para acudir a esta tarea. Sus padres se encargan de que no falten, contaban. Las cosas de masticar, los peces y los panes, quedaron en manos de los adultos, ataviados con sus delantales y guantes.

En otra parte del recinto tenían su espacio los cofrades más veteranos. Bajo una carpita y con silla, contemplaban las evoluciones de los demás. José Luis Rodríguez y José Antonio Martínez, con varias décadas en la Cofradía, estuvieron de acuerdo en que el evento mejora cada año. «Los cofrades jóvenes se superan», decían. Con Alejandro Bezares, anterior cofrade mayor, título que aún lleva en el delantal porque el actual cofrade mayor no se lo ha dejado cambiar, recordaban cómo los peces de antes venían del Ebro y cómo, al no quedar pescadores en la capital, se recurrió a los de Mendavia y, por fin, a la piscifactoria para más y mejor garantía. Esa tradición. Ayer se sumó un capítulo más.

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