La resurrección del Monte Cantabria

Los operarios trabajan en el yacimiento con Logroño al fondo. / Justo Rodriguez

La primera fase de las excavaciones avanza en torno a la entrada de la muralla medieval | La antigua ciudad berona, convertida más tarde en refugio medieval fortificado, encierra aún muchas incógnitas

Pío García
PÍO GARCÍALogroño

Las nieblas se agarran al valle del Ebro y convierten la ciudad en una presencia fantasmal, casi onírica. Un operario limpia con un cepillo la tierra removida sobre una piedra. Hace frío, pero al menos no sopla el cierzo y el sol empieza a despuntar. Los arqueólogos, Juan Manuel Tudanca y Carlos López de Calle, están trabajando en un espacio rectangular a cielo abierto, delimitado por dos muretes.

- Vaya trabajo bonito el vuestro.

- Sí, lo es... Aunque a las ocho de la mañana, a tres bajo cero y con viento, no lo parece tanto.

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El Monte Cantabria ocupa una eminencia despeluchada sobre el valle del Ebro. En días claros, la vista se despliega sin esfuerzo por toda la vega y uno comprende que este lugar, en épocas convulsas, tuvo que poseer un alto valor estratégico. Las huellas de sus antiguos habitantes han quedado sepultadas por aquí y por allá, comidas por la maleza y a merced de siglos de incuria y expolio. «No partimos de cero porque ha habido estudios, excavaciones..., pero falta un análisis sistemático de todos los hallazgos. No ha habido continuidad», explican ambos. Los dos arqueólogos tienen experiencia en este mismo lugar: López de Calle ya participó en las excavaciones de finales de los años setenta y Tudanca lo hizo en los noventa, en la última campaña organizada. Desde entonces, sobre el monte solo ha soplado el viento.

Ambos atienden a los periodistas plantados junto al acceso de la muralla medieval, entre dos cubos defensivos que van emergiendo de la tierra. La campaña actual, dividida en seis fases y ejecutada por un equipo multidisciplinar bajo la dirección del arquitecto municipal Jesús González Menorca, no busca destripar toda la montaña («eso es inasumible y tampoco sería conveniente», indican), sino frenar el deterioro, restaurar con respeto el recinto fortificado y analizar todos los datos que se han ido acumulando, tanto en esta campaña como en las anteriores. «En una palabra -resume Tudanca-, se trata de convertir estas piedras viejas en un verdadero yacimiento arqueológico con un mensaje que transmitir».

La historia del Monte Cantabria todavía presenta muchos puntos oscuros, aunque, en trazo grueso, se conoce la importancia que tuvo en la época prerromana, cuando los berones ocupaban esta zona del valle del Ebro y vivían en constante disputa con las poblaciones vecinas y más tarde con las tropas romanas. Los vestigios celtíberos aparecen bajo los restos medievales, aunque la ausencia de fuentes escritas oscurece su interpretación. Queda por aclarar, por ejemplo, su relación exacta con el yacimiento vecino de La Custodia (Viana), situado en una zona llana y cerca de una laguna, en el que se han encontrado objetos más suntuosos. Quizá ambos enclaves compusieran un núcleo bicéfalo: uno más defensivo y otro más confortable.

Durante los años más pacíficos del Imperio Romano, con las calzadas, la globalización y el desarrollo de las instituciones cívicas, el enclave perdió importancia y quedó casi despoblado: ese fue el momento de los lugares fértiles del valle, como Vareia, mucho más vulnerables, pero ricos y propicios para una vida cómoda. Cuando Roma quebró y estas tierras volvieron a ser lugar fronterizo (primero con los visigodos, luego con los árabes, más tarde entre los reinos cristianos), la gente buscó de nuevo la seguridad del monte. En esos siglos de hierro y sangre, la propia ubicación del Monte Cantabria resultaba una bendición para sus pobladores, que reforzaron sus defensas naturales con las murallas que hoy resultan visibles.

«Se trata de convertirlo en un verdadero yacimiento arqueológico» Juan Manuel Tudanca Arqueólogo

«Es más complicado excavar en el Casco Antiguo, que es un asentamiento vivo» Carlos López de Calle Arqueólogo

La vida del cerro se fue apagando en torno al siglo XII, mientras Logroño iba creciendo a sus pies, gracias a un puente y a un camino. «Cuando la frontera ya no existe, el Monte Cantabria pierde sentido», explica Tudanca. El cerro quedó despoblado, a merced de los lugareños que reutilizaban las piedras viejas para sus casas. Ya en el siglo XX, la actividad de la gravera vecina estuvo a punto de acabar con el monte y todavía es visible el mordisco que recibió el recinto. Solo la intervención del Ministerio de Cultura frenó su desaparición en el año 1980.

Mientras conversan sobre el patrimonio y el olvido, los periodistas y los arqueólogos van recorriendo el perímetro de la muralla medieval, que engloba casi dos hectáreas de terreno. Ha salido un sol juvenil y fresco, como recién estrenado, mientras abajo la ciudad hierve entre las nubes. «Excavar aquí no es especialmente complicado -explican López de Calle y Tudanca-. Es mucho más difícil hacerlo en el Casco Antiguo, por ejemplo, porque es un asentamiento vivo». Ambos confían en que esta vez, tras muchos intentos truncados, la intervención pueda completarse y el Monte Cantabria quede por fin integrado en la ciudad como un auténtico yacimiento arqueológico: «Se trata de construir un buen punto de partida. Porque desde ese punto de partida, luego se podrá ir a cualquier parte», concluye Tudanca.