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¿Chachas catalanas en Sevilla?

Pablo García Mancha
PABLO GARCÍA MANCHALogroño

El nacionalismo es una de las enfermedades sociales más cruentas y dolorosas que se expone a padecer una sociedad rica y opulenta de un país occidental. En el siglo XXI, el nacionalismo (que hunde sus raíces más profundas en el romanticismo del XIX y que tuvo en España a pensadores de la talla de Sabino Arana y Enric Prat de la Riba, entre otros próceres) afecta a las regiones más ricas, protegidas en cuanto a servicios y asistencia a sus ciudadanos y en la que se crean por doquier taras mentales de imposible explicación. El nacionalismo, a su vez, suele venir ahormado por un carácter de superioridad moral e intelectual en el que se da la extrema paradoja por la que los más bobos y retrasados de un país no tienen la menor dificultad en someter a los ciudadanos más listos y económicamente más desarrollados. Y lo peor de todo, en muchas ocasiones el nacionalismo recurre a la violencia para imponer sus ideas de liberación. Todas las regiones de España, encabezadas por Madrid, oprimimos al País Vasco y especialmente a Cataluña. Que lo sepan. ¿Se han preguntado los señoritos de Barcelona cuántas chachas catalanas sirven en Sevilla? No. ¿Cuántas vascas, con al menos seis apellidos euskaldunes, trabajan en los supermercados de Madrid? No. Por eso la Generalidad de Torra le ha concedido la Cruz de Sant Jordi a Nuria de Gispert, una señora que ha destacado «en la defensa de la identidad catalana en el plano cívico y cultural» llamando una y otra vez cerdos y cerdas a Inés Arrimadas, Enric Milló, Juan Carlos Girauta y Dolors Monserrat. El nacionalismo es un virus destructor que ahora quieren inocular también en el mundo del vino de Rioja. Qué Dios nos pille confesados.