El arte de la mejora continua

Alumnos, profesores y directoras de Escolapias-Sotillo, ayer, en el patio de su colegio./Juan Marín
Alumnos, profesores y directoras de Escolapias-Sotillo, ayer, en el patio de su colegio. / Juan Marín

El centro Escolapias-Sotillo celebra sus 75 años con el desafío de dotar al alumnado de herramientas para retos ahora impensables

María José Lumbreras
MARÍA JOSÉ LUMBRERASLogroño

Setenta y cinco años llevan ya las Escolapias dando clase en Logroño. Un aniversario redondo que van a celebrar. Los primeros actos se han previsto para hoy, con un evento institucional y viaje en una cápsula del tiempo. Los invitados se van a encontrar, en los pasillos del edificio, la historia del colegio en imágenes de todas las épocas y los trabajos que los chavales han realizado para la ocasión. Pero habrá más festejos durante todo el curso. De hecho, en diez días, el 15 de octubre, día exacto del cumpleaños, habrá eucaristía de inicio de curso con sus casi 900 alumnos -de 3 a 16 años- en el patio. En noviembre, se juntarán los dos colegios de Escolapias (también el Paula Montal lo es) y en diciembre, la reunión será con ex alumnos.

En aquellos años cuarenta del siglo pasado, las Escolapias ya estaban en Aragón y en Navarra, así que el desembarco en Logroño, en cuanto se detectó la necesidad educativa, fue de lo más natural. El primer año, las clases fueron en unas viviendas de la calle María Teresa Gil de Gárate, entonces Queipo de Llano. Pero enseguida se produjo el traslado, de alquiler, a la finca llamada El Sotillo, nombre que el centro ha incorporado para sí. Si entonces eran las afueras, hoy es una zona bien situada que en la época de la burbuja llegó a resultar golosa. Aunque nunca hubo intención de moverse, cuentan las responsables del centro. Amelia Rodríguez es la directora general y una de las tres escolapias del centro. Sagrario Olarte y Ana Rosa Alba son las directoras académicas, la primera de Secundaria y la segunda de Infantil y Primaria. Ellas recuerdan que han sido muchas las generaciones que se han formado en este edificio de Vara de Rey y que les gustaría que a sus alumnos les quedara el sentido de pertenencia a su colegio. También hablan del servicio de calidad que intentan ofrecer, del alumno como eje, de las herramientas que vayan a permitir a sus estudiantes enfrentarse a retos aún impensables. En su agenda figuran igualmente los intercambios con varios países, la mochila digital, el colegio deportivo... pero también los programas de refuerzo, de formación del profesorado o del trabajo con las familias. Al fondo, «cuidar de las personas, que lleguen a ser felices», apostilla Amelia Rodríguez.

No está exenta de dificultades la labor, reconocen. El centro tiene un buzón antibulling para tratar de evitarlo. Pero además notan que la sociedad va por un lado y la escuela por otro. O que las luchas entre redes educativas hacen gastar muchas energías. ¿Cómo será el cole a los cien años? Quién sabe. Lo que sí creen es que resultará del afán de mejora continua.

 

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