La vieja nueva política

'Duelo a garrotazos', obra de Goya propiedad del Museo del Prado.
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'Duelo a garrotazos', obra de Goya propiedad del Museo del Prado.

«El precio de desentenderse de la política es ser gobernado por los peores», PLATÓN

JORGE ALACID

Si no lo remedia el proyecto legislativo con que el Gobierno pretende reconvertir en medidas concretas su fallida ley de Presupuestos, que podría someterse a discusión en un periodo extraordinario del Legislativo durante enero si así lo acuerdan sus señorías, hasta febrero no habrá más plenos del Parlamento. Lo cual meterá en el congelador el principal atributo que distingue a esas sesiones: el tedio. Un inmenso tedio, que se vive en la tribuna de prensa poniendo alguna vela al dios del parlamentarismo, a ver si hay suerte y comparecen en el atril alguno de los más elocuentes oradores. Esperando a ver si se enredan por ejemplo Alfonso Domínguez y Francisco Ocón, cuyas intervenciones tienen la virtud de rescatar el conjunto de cada pleno del habitual parloteo entre naderías, que sólo sirven para encubrir lo artificial del orden del día, muy rico en cuestiones que apenas interesan más allá de esos muros. Que además se discuten con un tono tan plúmbeo que invita cada mañana al desasosiego. Un sucedáneo del cloroformo.

El sopor no es sin embargo el único ingrediente que caracteriza al Legislativo regional. También dispone de un sello característico, más presente a medida que avanza el primer mandato del PP con mayoría relativa. Anida por el Parlamento un sentimiento de pena. Una auténtica lástima por los votantes de las fuerzas que venían a rescatarnos del duopolio del bipartidismo. La irrupción de Ciudadanos y Podemos, más allá de las pasiones que despierten entre los devotos de las respectivas siglas, sólo se podía saludar con satisfacción desde un punto de vista exterior a ambos partidos. Sus representantes llegaban para refrescar el adormecido ambiente, incorporando un discurso distinto y renovado. Incluso la liturgia tendía a ser diferente. Gestos y más gestos, bienvenidos por cuanto rompían con el pesaroso ritmo de legislaturas recientes, dominadas por el absolutismo del PP. Bendita fuera la nueva política.

Pero el encanto duró poco. Lo que tardaron los diputados de Ciudadanos y Podemos en contagiarse de los hábitos más funestos de la política al viejo estilo. Lo que tardaron en ser víctimas de sus propios prejuicios. Lo que tardaron en convertirse en rehenes de una manera de practicar el parlamentarismo que sólo conduce a lo antedicho: a la pena. Pena por sus votantes, que seguramente confiaron en ellos movidos por una ingenua dosis de buena fe, convencidos de que les representarían con una cuota adicional de dignidad. Hoy, sólo los muy fanáticos de sus seguidores no se habrán contaminado del pesaroso tono general. Viendo a sus representantes perder incluso las mínimas pautas de cortesía, enfrentados entre sí como críos en el patio de un colegio, también habrán sentido lo mismo: una enorme pena. Acompañada por una dosis abrumadora de estupefacción. La nueva política se parece demasiado a la vieja. Y recuerda mucho a la baja política.

Podemos inauguró la serie de escenas propias del cine cómico cuando, en la mejor tradición estalinista, prescindió de algunas de sus cabezas visibles (el profesor Usón, por ejemplo) mientras aún balbuceaba como alternativa a la esclerotizada izquierda tradicional. Lo peor llegó después. Ese desdichado encadenado de purgas, deserciones y navajeo, que tiene a su grupo dividido en dos y a sus miembros, que por separado podrían funcionar más o menos, envueltos en un mar de contradicciones. Dilucidando ante los comités de garantías o ante los tribunales cada decisión carente de consenso interno. Un triste bochorno. Cuyo consuelo reside en que a su vera, en los vecinos escaños de Ciudadanos, han encontrado un espejo. Un viaje común hacia el desatino: venían a cambiar la política y la política les ha cambiado a ellos.

Como la bancada morada, también la naranja se ha fragmentado en un tres contra uno. Una, mejor dicho: porque a las diputadas Natalia Rodríguez y Rebeca Grajea les hermana un destino compartido, luego de haberse visto obsequiadas con la frialdad de sus (en teoría) compañeros, que ni siquiera creen conveniente guardar las formas. Unos y otros, en la lógica eterna y maligna de las dos Españas, han acabado repartiéndose generosos garrotazos según la iluminadora iconografía que heredamos de Goya. Un feo espectáculo que deberían haber cortado de raíz las respectivas organizaciones a nivel nacional si La Rioja pintara algo para ellas. Pero como sus dirigentes miraron hacia otro lado, donde una vez sólo había un cierto desacuerdo, un leve pero corregible disenso, ahora triunfa una secesión tan profunda que merecerá alguna reflexión a sus potenciales votantes allá en mayo.

Una pena. Una pena infinita, con derivadas. Al día siguiente de que su grupo parlamentario acordara despedir a su coordinadora, Grajea colgó en su perfil de una red social una cita de Platón, que antecede estas líneas: «El precio de desentenderse de la política es ser gobernado por los peores». No consta que nadie se haya dado por aludido. Al revés, cuando prevalece el cainismo, debe descartarse toda rectificación, sosteniendo la posición de dureza sin propósito de la enmienda, en lo cual también se emparentan desoladoramente la vieja y la nueva política: al final, todos los partidos son estalinistas. Otra lástima. Que sólo se puede corregir con una exagerada dosis de benevolencia, fruto de estos días navideños recién superados, tan predispuestos a la indulgencia. Seamos por lo tanto bienintencionados: tal vez sólo les ocurre a sus nuevas señorías lo que advertía Brecht. Que reconocemos los momentos de crisis porque lo nuevo no acaba de nacer y lo viejo se resiste a morir. Aunque luego resulte que lo nuevo se parece demasiado a lo viejo.

Que ésa es la pena superior, la pena interminable.