Ya se van las vacas de la sierra riojana a la Extremadura

Un grupo de ganaderos guía con sus varas a un lote de seis vacas hasta el camión de transporte de ganado. :: justo rodríguez / Justo Rodriguez

Cinco ganaderos de La Rioja mantienen la tradición de la trashumancia, aunque con cabezas de bovino

Pilar Hidalgo
PILAR HIDALGO

Es mediodía. Cerca de una decena de personas espera a la entrada de Viniegra de Arriba, bajo los sillares de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción del siglo XV y las lápidas que custodia el cementerio adyacente.

Son casi tantas como las 14 almas que duermen en este pequeño pueblo del Alto Najerilla un día cualquiera de otoño-invierno. Aunque no todos viven en Viniegra de Arriba: algunos han subido de Logroño y otros se han acercado incluso desde la cercana localidad soriana de Vinuesa. «Estamos ganaderos de la zona, compañeros que nos ayudamos», indica Goyo Lázaro Gómez, en lo que apunta que representa una muestra palpable del «compañerismo en el mundo rural».

Goyo, que tiene su explotación de bovino en Viniegra de Arriba, constituye uno de los pocos ganaderos riojanos que mantiene la tradición de la trashumancia en la sierra de La Rioja. Según relata, apenas quedan otros cuatro como él (uno más en Viniegra de Arriba, otro en Ventrosa de la Sierra, un cuarto en Hornillos de Cameros y el quinto en Lumbreras). Todos bajan vacas al sur. Tan sólo el de Ventrosa moviliza además ovejas, cabaña a la que históricamente se ha asociado la actividad trashumante.

Minutos antes de que den las tres todos aguardan a Manuel Fernández Quintana, un joven de Selaya (Cantabria) que no tarda en aparecer con su camión rojo dedicado al transporte de animales. Aparca al filo de una cuesta que desciende del corral situado junto al camposanto y se cambia los vaqueros por un buzo, mientras los ganaderos y vecinos disponen con cercas un pasillo para enfilar a las vacas (y algún toro) hasta el vehículo.

La vacada tiene un viaje de 550 kilómetros por delante hasta Hinojal, un municipio de Cáceres que destina el 84% de su superficie a pastos. «Empecé hace ocho años a llevarlas allí porque se encareció mucho el precio del pienso y porque aquí el ganado sufre en invierno por la climatología», razona Goyo.

En Extremadura pastarán en una finca vallada durante alrededor de medio año, hasta junio, cuando regresarán a la sierra riojana. «Aquí tienen hambre ya. Están en el monte y en cuanto ven que te acercas con el coche, enseguida se arriman para que les eches», expone el ganadero de Viniegra de Arriba.

Con ganas

Así, llama la atención que las vacas de más edad se adentran rápido en el camión. Saben a donde van. Estos hombres las van introduciendo por lotes de seis y las conducen hasta el vehículo con la guía de una vara. Meter a las más jóvenes cuesta más, ya que desconocen su destino. «Este año bajan gordas porque en primavera llovió y salió hierba. Allí la encontrarán también. En cambio el pasado, iban flacas y en Cáceres tampoco tenían pasto», observa el padre de Goyo, Florencio Lázaro, que presencia a su vez el operativo.

Antes de embarcarlas, el grupo de ayudantes ha forrado el suelo del tráiler con paja para que el ganado no resbale. Una vez dentro, cierran a cada seis para que no se amontonen.

«Lo peor de mover ganado es que antes de que realicen el desplazamiento deben superar unos controles de tuberculosis y brucelosis. Si sale positivo en algún animal, te paralizan toda la explotación y no puedes trasladar ninguna», señala Goyo. Esto resulta, en su opinión, el trámite más arduo. «Se ha dejado de hacer mucha trashumancia por la burocracia», sostiene.

Y es que añade como otra complejidad más que, toda vez que han recibido el aval sanitario, deben emprender el viaje no más tarde de en los siguientes 30 días. Por eso, el ganadero de Viniegra de Arriba tendrá que darse prisa en mover las cerca de 200 cabezas de ganado que quiere bajar en el 2018 a Extremadura. Ayer montó unas 50. La próxima semana completará la faena.

«La trashumancia resulta positiva porque las vacas están mejor en el sur en invierno. De permanecer aquí, tendríamos que estar echándoles de comer hasta mayo», lo que dispara los costes, comenta Goyo.

En cambio, el alimento que obtienen en tierras sureñas hace que vuelvan con más carne y desarrollen una mejor gestación. «Si están bien nutridas, paren más y se venden más crías», explica. Eso sí, criarlas a medio país de distancia a él le supone viajes semanales hasta Cáceres, el alquiler de una casa y contratar a una persona para que cuide de su cabaña. Alguno de estos gastos los comparte otro ganadero. «Conlleva gastos, pero compensa», asegura. Sobre todo, este año en el que las copiosas precipitaciones han dejado buenos pastos.

En marcha

Con la vacada ya montada en el vehículo, Manuel se quita el buzo y se enfunda de nuevo los vaqueros. Llegar a Hinojal requiere unas siete horas y media de trayecto. El joven no realiza el viaje entero para no excederse en horas de conducción. A medio camino, le relevará su padre.

Transportar animales vivos exige llevar el volante de forma pausada. «Hay que entrar con cuidado en las curvas. Tampoco se puede acelerar, frenar o dar volantazos», detalla. De este modo, precisa que el tramo entre Viniegra de Arriba y Nájera, plagado de curvas en su primera parte, le costará nada menos que hora y media. Así que no se entretiene más y emprende la marcha.

En Viniegra de Arriba se queda el ganadero con sus vecinos y amigos. Ahora ya nadie canta aquellas coplillas típicas de la trashumancia de 'Ya se van los pastores a la Extremadura'. Goyo saca unas coca-colas y cervezas para el grupo y varios se preparan para bajar a comer a Ventrosa. Así se celebra en el siglo XXI el compañerismo en el medio rural.

 

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