Una revolución silenciosa

Vista de Haro y su entorno desde San Felices: obra de Carlos Rosales para el Ayuntamiento de Haro.
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Vista de Haro y su entorno desde San Felices: obra de Carlos Rosales para el Ayuntamiento de Haro.

«Hombres de diversas estirpes (...) han tomado la extraña resolución de ser razonables. Han resuelto olvidar sus diferencias y acentuar sus afinidades», JORGE LUIS BORGES ('LOS CONJURADOS')

JORGE ALACID

Como es propio de este tiempo tan gaseoso, casi líquido, incluso las más profundas transformaciones sociales se ejecutan ante nuestros ojos sin hacer demasiado ruido. Al contrario, en la premodernidad las revoluciones prendían sobre todo una llama sentimental. Inflamaban el corazón de sus seguidores, que se echaban a la calle enardecidos, soliviantados. El progreso se consumaba entre las barricadas, como se observa desde la Revolución Francesa a esta parte; bajo los adoquines, por seguir con otro ejemplo revolucionario del país vecino, se escondía la promisoria playa del bienestar infinito y la fuente de la juventud eterna. Lo cual exigía una predisposición en el ánimo de índole emotiva, que congregaba alrededor de semejantes ideales de naturaleza utópica a una feligresía entregada de antemano. Nada o poco reflexiva, un títere en manos de sus dirigentes: aquellos revolucionarios de salón.

Sin embargo, las revoluciones contemporáneas son silenciosas. Las ejecutan anónimos ciudadanos, que operan como abejas en colmenas. Sin descanso pero sin aspavientos. Véase la llamada revolución de terciopelo: en un parpadeo, la vieja Checoslovaquia apartó de sí la bota soviética y se convirtió en una república libre e independiente, fijando un modelo que luego seguirían otros países situados a ese lado del antiguo telón de acero. Un canon que puede valer incluso para describir a la denostada Transición española (que hay quien llama Transacción): en apenas un lustro, con sus luces y sus sombras, aquel formidable movimiento de reconciliación entre dispares cambió para siempre la faz de un país entero. Más o menos, en silencio.

Sin estrépito: como mucho, algo de ruido de sables.

En La Rioja acaba de observarse un prodigio semejante. Una feliz revolución silenciosa. Feliz porque sus promotores han alcanzado prácticamente todos sus objetivos: movilizar a un grupo de ciudadanos, radicados en su mayoría en La Rioja Alta, en defensa de un modelo de vida muy vinculado a las prácticas agrarias que dan sentido a una sociedad entera, esa economía a escala que se juzgaba amenazada por la anunciada llegada del AVE, un proyecto hoy en cuarentena. Siguiendo el símil de la colmena, los miembros de este colectivo han obrado sin pausa repartiéndose labores, movilizando apoyos, doblegando voluntades por su poder de convicción. Fueron ganando para su causa, en un ejemplar movimiento desde abajo hacia arriba, primero a sus pares. Y después de convencer a sus iguales, treparon por la pirámide social hasta alcanzar a sus representantes políticos. Algunos de estos dirigentes ya estaban convencidos de antemano de la conveniencia de tales propósitos, porque compartían teorías más o menos análogas respecto al tipo de mejoras ferroviarias que todos coinciden en reclamar para su tierra, de modo que la proeza alcanza una dimensión mayúscula teniendo en cuenta su formidable capacidad para atraer a sus tesis incluso a quienes hasta hace nada se apartaban de las opiniones que ahora hacen suyas. Milagro, milagro.

O tal vez sólo sucede que se acercan las elecciones del 2019 y cada cual maneja su calculadora electoral. Los conjurados de La Rioja Alta consiguieron sacar de su indefinición al Gobierno riojano, que ahora también parece decantarse por un modelo ferroviario menos invasivo que el previsto a primera hora. PP y PSOE, otro tanto, una vez que practicaron sobre el terreno una serie de catas donde detectaron el descontento generalizado que la implantación del AVE generaba entre bodegueros, viticultores y vecindario en general: todos ellos, potenciales votantes. De donde puede deducirse que el cálculo electoral se alió con los promotores de esta revolución silente, aunque también puede concluirse que tal vez sólo ocurre que alguna razón les asiste en su alarmada queja. Que ciertos planes ferroviarios atentaban contra el sentido común. Y que avanzaban hacia sus objetivos en medio de un clima de elevada desinformación. Y que sus impulsores no habían medido el poderío de esta corriente de opinión para la cual el progreso no viaja necesariamente a bordo del AVE, un medio de comunicación incapaz (entre otras lagunas) de solventar el déficit en transporte de mercancías que sí garantizan los modelos ferroviarios que no recurren a esa palabra para denominarse. El AVE como fetiche. La magia de las palabras, derrotada.

De modo que quienes despacharon conmiserativamente las primeras quejas de estos revolucionarios deben abandonar su aire de superioridad y darles la enhorabuena. Aunque ellos se resisten a considerarse vencedores en este pulso, no deberían albergar dudas. Han ganado. Y ya pueden pensar en la siguiente batalla: combatir la mejorable ocupación del magnífico territorio de viñedos que cruza La Rioja. Cada atentado contra el buen gusto y la armonía hace más daño que mil trenes juntos: ahí tiene la plataforma argumento para otra revolución.

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