LA POLÍTICA DESAFORADA

LÍNEA DE PUNTOS - JORGE ALACID

Desaforado/a: según la RAE, dícese de la persona «que obra sin tener en cuenta la ley o la justicia». Horror máximo. Aunque el diccionario de la docta casa ofrece una segunda versión, menos temible: «Que es exageradamente grande o intenso». Queda por lo tanto pendiente de resolver la duda que anidará a partir de ahora en el ecosistema político riojano, si triunfa como pretenden sus señorías la idea de reformar el Estatuto de Autonomía introduciendo como mejora principal la eliminación de la condición de aforados de tantos y tantos dirigentes dedicados a la cosa pública. Quienes en consecuencia se transformarán en lo antedicho: mandatarios desaforados. Esto es, que obran sin tener en cuenta ni la ley ni la justicia. Concejales y diputados exageradamente grandes e intensos, tanto como un pleno del Parlamento.

Tanto como la sesión de ayer, que consumió su parte mollar confirmando que, en efecto, la política vive días desaforados. Entiéndase. Sus señorías parecen desatadas, víctimas de la histeria generalizada que prende a nivel nacional y dispone de ramificaciones en el Legislativo riojano, donde ayer volaban los dardos convertidos, por una vez, en insultos. Puros insultos, al estilo de la vieja política. Como en tiempos de Pedro Sanz, quien cabeceaba desde su escaño en señal de desacuerdo cuando la portavoz Concha Andreu le culpaba de no haber impulsado durante su mandato la reforma estatutaria que ahora parece asomar tímidamente, allá al final de la legislatura.

Andreu, por cierto, allegó al pleno su propia ración de estopa, con un destinatario predilecto: el portavoz del PP, Jesús Ángel Garrido, quien aguantó estoico en su butaca la catarata de invectivas que se turnaron en dirigirle tanto los socialistas como sus socios en esta iniciativa para reformar el Estatuto por la vía de los hechos: los diputados de Ciudadanos. Claro que Garrido tenía que asumir que el ambiente se había empezado a enrarecer con motivo de su intervención inicial: se nota que llegan las elecciones y que por lo tanto la nueva política emprende su retirada. Vuelven los malos modos, el feo estilo. Política vieja. Desde luego, desaforada.

Con una excepción. Muy señalada. La de nada menos que el presidente del Gobierno, quien, cuando por fin el Parlamento acuerda activar el paquete legislativo en teoría estrella de su mandato, enmudeció. No tomó la palabra ni desde el escaño ni desde el atril. También eludió comparecer ante los medios: la opinión pública se queda por lo tanto sin saber qué opina la máxima autoridad de La Rioja al respecto de una decisión tan trascendente. Su única participación en el debate consistió en cuchichear algo a su portavoz Garrido mientras se encaramaba al estrado. Algo inaudible. Imposible saberlo. Tal vez le avisó de que exhibiera el papelito donde se supone que un diputado socialista confesaba que su partido torpedearía la reforma del Estatuto para no dar una baza al Gobierno. O quién sabe si le recordaba que debía acallar las sospechas de Podemos, cuya portavoz sostiene que la reforma estatutaria se acordó en un oscuro despacho, sin luz ni taquígrafos. Pues resulta que no: según Garrido, todo empezó en el bar del Parlamento. Un bar. Nada tan riojano. Nos quedamos más tranquilos: qué puede salir mal.

 

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