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Pasarlas moradas

Un momento de la marcha. /Justo Rodriguez
Un momento de la marcha. / Justo Rodriguez

El Día de la Mujer discurrió pacífico entre dos manifestaciones de alto voltaje

Pío García
PÍO GARCÍALogroño

El Día de la Mujer fue también un apacible viernes soleado de abuelos en El Espolón, niños en las escuelas, señores comprando y gente atereada con ganas de pillarse el fin de semana; un día pacífico y primaveral cuyo pulso se alteró hasta el paroxismo en dos momentos exactos: a la una y a las ocho de tarde. Fue como si al señor Logroño, un hombre plácido, amable y aburridillo, le hubiesen soltado dos formidables descargas eléctricas para que espabilase. El primer tratamiento de electroshock se lo propinaron las jóvenes (más de la ESO que universitarias) que desfilaron a gritos desde la explanada del Rectorado hasta la Concha del Espolón. Muchas de las manifestantes llevaban sus propias pancartas, escritas a rotulador sobre pedazos de cartón, en un saludable alarde de creatividad. Resultaba divertido ir leyendo los lemas a medida que avanzaba el cortejo. Al cronista, al fin y al cabo hombre de gustos primarios, le atraían más los eslóganes directos, sencillos y simpáticos («Manolo, hazte la cena solo») que las espesas frases de tratado semiótico/sociológico («El feminismo será interseccional o no será»). Ninguna alcanzaba, eso sí, el nivel escatológico de la sábana que colgaron las Mujeres en Rebeldía sobre las rejas de La Redonda («Os beberéis la sangre de nuestros abortos»), que daba un poco de miedo y sonaba a película gore de bajo presupuesto. Uno se imaginaba a Christopher Lee frotándose las manos. Cuando caiga el sistema, yo, si se puede elegir, me pido vino.