Ollerías era un mar de fragmentos, chatarra y sangre

El 27 de noviembre de 1980 tres amigos fueron asesinados en la calle Ollerías en el atentado más mortíferode ETA en La Rioja

José Luis Hernández Hurtado, único superviviente del atentado de Ollerías, salvó su vida gracias a que Miguel Ángel San Martín le protegió con su cuerpo; al fondo Marian, hija de Miguel Ángel. :: /Sonia Tercero
José Luis Hernández Hurtado, único superviviente del atentado de Ollerías, salvó su vida gracias a que Miguel Ángel San Martín le protegió con su cuerpo; al fondo Marian, hija de Miguel Ángel. :: / Sonia Tercero
Pablo García Mancha
PABLO GARCÍA MANCHALogroño

Las diez menos cuarto de la noche del 27 de noviembre de 1980. Un jueves frío y lluvioso. Logroño permanece tranquilo y en las zonas de vinos del Casco Antiguo las cuadrillas apuran una jornada que se había sobresaltado en San Sebastián con el asesinato de Miguel Garciarena, jefe de la Policía Municipal de la capital donostiarra. Ninguna novedad en un año en el que la banda terrorista ETA acabaría aniquilando la vida de noventa y tres personas y en el que Villamediana se había estremecido en julio con el primer asesinato acaecido en La Rioja. Francisco López Bescos –teniente de la Guardia Civil de 49 años– murió en el acto al estallar un coche bomba al paso de un convoy policial que se dirigía a hacer prácticas a las obras de la Autopista Vasco-Aragonesa.

En aquella noche fría de noviembre cuatro amigos salían del bar La Chistera de camino al Paco en su habitual ruta por las calles San Juan y Ollerías: Miguel Ángel San Martín, Carlos Fernández Valcárcel, Joaquín Martínez Simón y José Luis Hernández Hurtado, que se había incorporado a la cita más tarde de lo habitual porque al día siguiente tenía que viajar a Madrid. En ese instante, un SEAT-124 blanco explosionó con inusitada violencia tras accionar el dispositivo del detonador a distancia los etarras Isidro Echave Urrestrilla y Juan Manuel Soares Gamboa, que se habían apostado en la que hoy se denomina Plaza del Arbolito para decidir el momento exacto de la deflagración.

«Llovía levemente y aún me conmueve el frío que sentí al despertar en el hospital»

El bombazo fue brutal y como consecuencia inmediata falleció Miguel Ángel San Martín, de 51 años de edad y propietario de Tejidos San Martín: «Yo estaba a su lado y su corpulencia me salvó la vida», recuerda el único superviviente de la masacre, José Luis Hernández, que ahora tiene 78 años y que es capaz de explicar con casi total precisión cómo se sucedieron los acontecimientos. «Iba al lado de San Martín, lo único que no recuerdo es quién era el que iba delante de nosotros, Joaquín o Carlos. Llovía levemente y aún me conmueve el frío que sentí al despertar en el hospital. Poco a poco fui reconstruyendo los hechos y en un momento determinado me di cuenta de que estaba vivo gracias a que Miguel Ángel, que era muy fuerte y muy alto, se interpuso entre mi cuerpo y el estallido de la bomba con todas las esquirlas de la metralla que salieron disparadas. Si me hubiera adelantado estaría muerto, no cabe duda. Era un gran amigo y no hay día en mi vida que no me acuerde de él».

Soares Gamboa e Isidro Etxabe, los asesinos

El atentado fue obra de dos terroristas de ETA-militar: Juan Manuel Soares Gamboa e Isidro Etxabe Urrestrilla, alias 'Zumai'. El primero de ellos, conocido en la banda como 'el riojano', nació en Bilbao pero vivió durante muchos años en Logroño. Reconoció su participación en 29 asesinatos durante sus actividades terroristas en la época más sanguinaria del 'comando Madrid' y también participó en el asesinato del teniente Francisco López Bescos en Villamediana. Está considerado como uno de los mayores arrepentidos de la banda terrorista ETA y fue condenado a más de 1.500 años de prisión tras múltiples juicios. Juan Manuel Soares Gamboa fue miembro activo de varios comandos de ETA entre 1979 y 1986. Viajó a Argelia y tras el fracaso de las conversaciones de Argel entre el gobierno de Felipe González y la cúpula de ETA, fue deportado a la República Dominicana. En 1995 se entregó a la justicia española. Permaneció en prisión hasta el año 2003, en el que obtuvo el tercer grado después de haberse arrepentido y haber colaborado en el esclarecimiento de varios atentados de sus antiguos compañeros de armas. Por su parte, el otro autor del atentado de Ollerías, Isidro Etxabe Urrestrilla, fue detenido en 1981 en Madrid y condenado por la Audiencia Nacional en 1982 a setenta años de cárcel por el doble asesinato. No obstante, obtuvo la libertad en 1994, después de criticar la continuidad del terrorismo.

El coche-bomba, que había sido alquilado en Zaragoza unos días antes con documentación falsa, contenía tres ollas metálicas cargadas de Goma 2 y un indeterminado número de kilos de tornillos y bolas de acero. Las crónicas de aquella jornada trágica las firmó en Diario LA RIOJA Jorge Blaschke, que dos años más tarde ganaría el Premio Nacional de Periodismo: «La lluvia se batía sobre la calle mientras fragmentos de cristales aún se iban desprendiendo de los edificios próximos. Todas las puertas estaban reventadas, algunas persianas se tambaleaban desde los balcones mientras las alarmas rompían el silencio. Entre tanta desolación, una manta cubría un cuerpo mutilado tendido en medio de la calle. Ollerías era un mar de vidrios, fragmentos de chatarra, plásticos, gomas, neumáticos y sangre. El alcalde recorría la calle con el gobernador civil y en el suelo permanecía la matrícula M-9959-DC del coche que explosionó».

Carlos y Joaquín

Carlos Fernández Valcárcel, que era subinspector de Policía y tenía cuarenta años, sufrió heridas gravísimas, estallido pulmonar y abdominal, además de quemaduras por todo su cuerpo. Le extirparon el bazo y un riñón en una intervención quirúrgica que duró más de tres horas. Su estado empeoró radicalmente y sufrió un shock séptico que provocó su muerte el martes dos de diciembre. Tenía 40 años, estaba casado, era padre de dos hijos y había nacido en La Coruña, donde fue enterrado tras ser trasladado en un Aviocar desde la base aérea de Agoncillo. El funeral se celebró en La Redonda y el féretro fue llevado a hombros por familiares y compañeros desde la capilla ardiente, que se instaló en el Gobierno Civil.

Miguel Ángel San Martín.
Miguel Ángel San Martín.

Carlos Fernández Valcárcel.
Carlos Fernández Valcárcel.

Joaquín Martínez Simón.
Joaquín Martínez Simón.

Joaquín Martínez Simón, por su parte, fue intervenido durante tres horas de heridas múltiples, con fracturas en ambas piernas y quemaduras. Falleció el tres de enero de 1981 en la Clínica Universitaria de Pamplona. Era el propietario de la Corsetería Marta, sita en la calle Jorge Vigón, y de Manufacturas Ruxi. Contaba con 45 años, estaba casado y tenía cuatro hijos. Uno de ellos, César, que tenía doce años y que era el benjamín de la familia, escuchó la explosión con toda su crudeza: «Vivíamos muy cerca y estaba con mi madre en casa; yo aquel día me sentía muy contento porque había ganado el concurso de disfraces de Escolapios. De pronto, sonó el estallido de la bomba y notamos perfectamente la fuerza con la que vibraron las ventanas del salón. Unos quince minutos después llamaron al portero y todo se convirtió en un caos».

«De pronto, sonó el estallido de la bomba y notamos perfectamente la fuerza con la que vibraron las ventanas del salón. Unos quince minutos después llamaron al portero y todo se convirtió en un caos»

César recuerda que pudo ver a su padre a través de la cristalera de la UVI: «Estuvo un tiempo ingresado en Logroño, tenía las piernas llenas de metralla y se las escayolaron. Mi familia decidió llevarlo a Pamplona, allí se las apuntaron y después murió». César explica que su madre Lola, fallecida hace diez años, se responsabilizó tanto de los negocios de su marido como de la educación de sus cuatro hijos: «Fue un ejemplo de valores y esfuerzo. Ella nos educó en todo lo contrario al odio; en nuestra familia no había ni existe espacio para el rencor. No olvido, pero es una cosa que la tengo más que perdonada. Es el ejemplo que me dejó mi madre y me siento muy orgulloso de ello», subraya.

El superviviente de la cuadrilla, José Luis Hernández, que compatibilizaba en 1980 su trabajo como funcionario de prisiones con el de asesor empresarial, estuvo ingresado alrededor de una semana en el ya desaparecido Hospital San Millán y permaneció siete meses de baja recuperándose de todas las heridas: «Los médicos pensaron en un primer momento que estaba destrozado por dentro. Tuve muchas lesiones en las piernas y la espalda y todavía tengo fragmentos de metralla en el cuerpo. De hecho, los arcos detectores de metales de los aeropuertos siempre pitan cuando paso».

Su esposa Juanita relata que ella se enteró del atentado porque le dijeron que su marido había sufrido un accidente: «Me llamaron por teléfono, llegué al hospital y allí vi el panorama y toda la agitación de la gente. Los médicos me pusieron las cosas muy mal, pero en realidad no estaban hablando de mi marido. A las dos o tres de la madrugada al fin pude verlo en Cuidados Intensivos. El susto fue tremendo. Contemplé a José Luis entre cristales, todo lleno de vendas y con el pelo completamente chamuscado; pero estaba vivo, que era lo único que me importaba en esos momentos».

Recuerda Juanita con estremecimiento que cuando volvió José Luis a casa una madrugada sonó el teléfono: 'Os aconsejo que mañana no salgáis a la calle', le espetó una voz irreconocible y de la que nunca se volvió a saber más. «Nos asustamos mucho y le pusieron escolta a mi marido durante una temporada; afortunadamente no volvió a llamar y nos fuimos olvidando poco a poco de aquello». José Luis es un hombre fuerte, pero el atentado le cambió la vida: «Hubo una época en la que no quería salir a la calle, como que le asustaba la gente. No se me olvidarán jamás los días que estuve a su lado en el hospital durmiendo y llorando con la cabeza al pie de su cama», explica su mujer.

«Existe un cordón invisible que nos une; ella sabe que estoy vivo por su padre y cuando la veo siento muy cercana su presencia», explica

José Luis Hernández siente una devoción especial por Marian San Martín, hija de Miguel Ángel: «Existe un cordón invisible que nos une; ella sabe que estoy vivo por su padre y cuando la veo siento muy cercana su presencia», explica.

Marian era apenas una niña cuando perdió a su padre: «Yo vivía en mi mundo infantil. Aquel día después de comer se echó la siesta en la cama como era su costumbre, se levantó y no volvió». No vivían muy lejos y en su casa se oyó perfectamente el estruendo de la bomba: «Fue tremendo, tanto es así que mi hermano se fue a ver qué había pasado. Unos minutos después mi madre escuchó en la radio el nombre de su marido. Yo recuerdo que vino mucha gente a casa y que mi madre salió bastante tocada. Yo tardé unos días en volver al colegio. Me acuerdo mucho de mi padre, que era un hombre muy jovial y muy atento. Cuando veo a José Luis me recuerda siempre todo lo bueno que era. Mi madre nos enseñó a los dos hermanos a vivir sin odio; a ella le tocó sufrir mucho la pérdida de su marido, pero a nosotros nos educó en el respeto. Sólo he pasado una vez por la calle Ollerías a pesar de que está al lado de mi trabajo. La verdad es que no soy capaz».

Pesquisas policiales tras el atentado. ::
Pesquisas policiales tras el atentado. :: / LR

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