El motor de la industria riojana

La Escuela, suspendida tras
la guerra, volvió a funcionar
en el año 1951 en su antigua
sede. :: aranda/c.o.i.i.a.R./
La Escuela, suspendida tras la guerra, volvió a funcionar en el año 1951 en su antigua sede. :: aranda/c.o.i.i.a.R.

PÍO GARCÍA

El pasado 29 de junio, la delegación del Colegio de Ingenieros Industriales de Aragón y Rioja entregó su Diploma de Honor a la Escuela Técnica Superior de Ingeniería Industrial de la UR en reconocimiento «a su contribución al desarrollo industrial» de la región. Se trata de una contribución difícil de exagerar: la Escuela antecede en mucho tiempo a la propia creación de la Universidad -hasta el punto de que puede ser considerada uno de sus embriones- y fue, durante muchos años, una de las mejores salidas para los chavales de la región que querían aprender un oficio y labrarse un porvenir en el promisorio mundo de la industria.

La historia arranca en el siglo XIX: en 1886, nació la Escuela Industrial de Logroño cuya función era «instruir a maestros de taller, contramaestres, maquinistas y artesanos» mediante la enseñanza de materias como Aritmética, Geometría, Física, Química o Dibujo Industrial. Alumnos y profesores fueron ocupando varios edificios de la capital (entre ellos el instituto Sagasta) hasta que en 1925 se asentaron en la Escuela de Artes y Oficios. Su éxito fue fulgurante: ya en el año 1917, contaba con 320 matriculados sobre una población escolar total de 1.062 alumnos de Secundaria en Logroño.

La guerra interrumpió bruscamente la historia de la Escuela. Las enseñanzas quedaron suspendidas y su sede se utilizó para lúgubres menesteres: fue cárcel y taller de armamento. La reapertura del centro se demoró hasta el año 1951, gracias a una orden ministerial en la que se subrayaba «que los señores ingenieros que se ofrecieran para desempeñar las enseñanzas, realizarían esta misión durante tres años gratuitamente». Pese a que la oferta no parecía muy prometedora, ingenieros de mucho prestigio local (el expelotari Javier Adarraga, Marco Rezola Madorrán, Fernando Trevijano...) se animaron a resucitar la Escuela. No fue una tarea sencilla (hubo problemas de dinero y los antiguos materiales de talleres y laboratorios habían desaparecido), pero poco a poco recuperaron el prestigio que el centro había conseguido en los años anteriores a la Guerra. «La Escuela supuso la posibilidad de que muchísima gente estudiara en unos años en que no había muchas opciones en Logroño», valora Manuel Juárez, presidente de la delegación riojana del Colegio de Ingenieros Industriales. Y así fueron cubriéndose hitos: en 1957 se convirtió en Escuela de Peritos Industriales; en 1966 se inauguró su nueva sede (que hoy pervive, aunque reformada, en el campus universitario); en 1972 quedó integrada en la Universidad de Zaragoza; en 1988 se añadieron los estudios de Ingeniería Técnica Agrícola; y en 1992 se incorporó a la recién creada Universidad de La Rioja. Y ahí sigue, 132 años después de su creación.

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