Minoría (más o menos) absoluta

'El circo', obra de 1913 de August Macke, propiedad del Museo Thyssen Bornemisza.
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'El circo', obra de 1913 de August Macke, propiedad del Museo Thyssen Bornemisza.

"El poder desgasta, sobre todo cuando no se tiene", GIULIO ANDREOTTI

JORGE ALACID

Los sobresaltos derivados de la exigua mayoría que el Gobierno de Pedro Sánchez juzga como propia en el Parlamento, que explican la debilidad de su nacimiento y los contratiempos recientes, coinciden en el tiempo con las convulsiones que viven algunos ayuntamientos riojanos donde se detectan ciertas analogías. Y donde Sánchez pudiera haber escarmentado en cabeza ajena: por ejemplo, en la del alcalde de Nájera, que se acaba de quedar en minoría. O en la cabeza de Laura Rivado, alcaldesa de Haro, que viene de perder otro efectivo por un camino plagado de abandonos y deserciones.

No son los únicos ayuntamientos riojanos que sufren seísmos de intensidad variable. Véase el caso de Lardero, que dispone de su historia particular: en una secuencia inesperada de pactos, hace tres años fue la única localidad riojana de importancia donde el PP sí recibió el apoyo del PR+, lo cual permitió a la formación que entonces lideraba Pedro Sanz retener la Alcaldía, como fuerza más votada. Acontecimiento que sin embargo no concurrió en los dos casos citados: tanto en Haro como en Nájera, los regionalistas prefirieron respaldar a la segunda fuerza, el PSOE. Que se hizo con ambas cabeceras de comarca aplicando una fórmula idéntica: vista la incapacidad del PP para forjar alianzas de gobierno, desde la sede de Martínez Zaporta sí supieron ganarse el favor de quienes, resumiendo mucho su estrategia, olieron que el viejo PP de Sanz había dejado de ser el caballo ganador. Y concluyeron que cualquier otra cosa, incluyendo la constitución de Ayuntamientos en minoría más o menos absoluta, era preferible a respaldar las siglas de la gaviota, que empezaban a declinar.

Eran piruetas postelectorales bastante forzadas, un pelo antinaturales. Que, en el caso de Nájera, llegaron al extremo de formar un equipo de Gobierno cuatripartito. Al que por cierto el PP respondió con un grupo municipal también escindido entre dos almas, el sector fiel a José Ignacio Ceniceros y la facción crítica, que ganó las elecciones locales. La división, al poder.

Un cisma observable también en otra plaza próxima, Santo Domingo. Donde la crisis del PP regional se resolvió fragmentando aún más un Ayuntamiento ya de por sí atomizado. Ocurre que en general el mapa político resultante de las elecciones de hace tres años consagró el fin del partidismo con una vehemencia especialmente visible en La Rioja municipal: así sucedió por ejemplo en el citado caso de Lardero, donde incluso UPyD alcanzó representación. La que ahora acaba de perder: su único edil ha emprendido el camino de salida, virando al parecer del magenta original al naranja tan de moda. Un par de saltos en el pantone de la política.

Lo curioso de todos estos líos en que deviene el mapa electoral cuando se rompe en tantos pedazos como partidos en liza es que luego el administrado descubre que no es para tanto. Que aunque el gallinero esté alborotado, resulta que el sol sale cada mañana y sus respectivas localidades siguen respirando. Algunos municipios incluso agradecerán el cambio de guardia que siguió a las municipales del 2015, puesto que en la gestión local se detectaba antes cierta inercia rutinaria que una administración ilusionante, la que suelen traer consigo los nuevos. Vengan de donde vengan. A bordo de la mayoría absoluta, esa joya que el PP exhibió durante veinte años y que tal vez nunca más vuelva a lucir, o de las minorías mayoritarias propias de la nueva política.

De donde puede alcanzarse una doble conclusión. O bien a la ciudadanía le da un poco lo mismo quién le gobierne, más allá de las preferencias de los más militantes más fanatizados, y prosigue con su vida al margen de las ocurrencias del gobernante del turno (porque ya se ha cansado o tal vez esté harta), o bien sucede que el pueblo riojano, refractario a la aburrida normalidad democrática, se confiesa a gusto entre el ruido y la furia. Y que se considera bien representado por sus mandatarios, en su mayoría vociferantes, esperpénticos, melodramáticos. Sobre todo, si son desalojados del poder y ayudan con mayor énfasis a la histeria reinante. Ahí debe aceptarse que acierta Pedro Sánchez cuando avisa que quien de verdad sufre estos días es la oposición. Un principio que toma prestado de aquel acróbata de la política llamado Giulio Andreotti, genuino artista del circo político, y que pueden hacer suyo esos concejales de Haro o Nájera enviados al cuarto oscuro hace tres años, pero que curiosamente no afecta al Parlamento regional.

Donde quien goza es la oposición y quien sufre, el Gobierno.

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