LECHE CRUDA

PÍO GARCÍA LOCO POR INCORDIAR

Mi abuela bebía leche cruda y no se daba importancia. De niña echaba una mano en la vaquería familiar y, sin ella saberlo, vivía esa vida auténtica que hoy añoran los apóstoles de la bionaturaleza ecológica: tomaba agua de fuentes ignotas o de los ríos, comía lo que pillaba y dudo de que alguna vez le hubiesen puesto vacunas de ningún tipo. Quizá ella confundiera el paraíso con la pobreza, pero qué le vamos a hacer: ya sabemos que la pedagogía de antes era cazurra y memorística.

Un tío mío también bebía leche cruda, pero un día cogió unas fiebres maltas que por poco le llevan al otro barrio. Hubiera seguido así el camino de su padre, que se fue a la tumba a los treinta años víctima de una tuberculosis o de la difteria, nunca se supo muy bien: en aquel hermoso tiempo sin artificios no se vacunaba a nadie y la gente moría cuando de verdad le tocaba o se quedaba coja y contrahecha por la poliomielitis o acababa medio tarada por culpa del tétanos. En fin: pequeñas servidumbres de la naturaleza que deberemos asumir de nuevo para huir de este mundo químico, dominado por los médicos, los científicos y las empresas farmacéuticas; este mundo contaminado en el que sin embargo, qué cosas, cada vez más mujeres (y algunos hombres) llegan a vivir ochenta, noventa o incluso cien años en buenas condiciones.

Pero no hay que dejarse amilanar por los datos cuando podemos regresar a la pureza prístina de un bioplaneta sin vacunas ni pasteurizaciones ni medicamentos ni compresas ni partos hospitalarios: un planeta sin la engañifa del progreso, en el que la gente se muera ecológicamente antes de cumplir los 30, como debe ser.

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