Kenia, para siempre, mi perra

«El mundo es más feo sin ella, sin duda un sol que iluminaba a diario mi vida»

Kenia. /Diego Marín A.
Kenia. / Diego Marín A.
Diego Marín A.
DIEGO MARÍN A.Logroño

Yo siempre pensé que mi perra viviría para siempre. Sobre todo, para poder tener tiempo para devolverle todo lo que ella me dio a mí. La adoptamos siendo una perra joven abandonada, desechada, como tantos otros lebreles, cuando ya dejó de ganar carreras; y ha muerto enferma y vieja, pero habiendo conquistado el afecto de mucha gente, familia, amigos y vecinos, quizá la competición más difícil de todas, por su carácter afable, siempre paciente y cariñosa, suave como un peluche pero robusta como un oso, inocente como un niño y conformista y prudente por la experiencia que le dio su pasado. El mundo es ya mucho más feo sin ella, sin duda un sol que iluminaba a diario mi vida. Con ella hemos ascendido al León Dormido, al Bonete de San Tirso, al Toloño, a Moncalvillo, al San Lorenzo, a la picota de San Torcuato, Santa Bárbara, Bonicaparra... y la coronamos reina de los castillos de Clavijo, Davalillo, Jubera, Sajazarra y San Vicente, pero ella nunca presumió de títulos nobiliarios a pesar de ser una galga inglesa, un auténtico 'greyhound'. Única. Inigualable. Con su muerte, no por necesaria y natural menos dolorosa, se va la parte más importante de mi vida, un ser que lo dio todo esperando muy poco a cambio, una chuchería, una caricia o un paseo en el que poder bañarse en un río, todo un paraíso para ella. Como describió Lord Byron a su terranova Boatswain, fue «un ser/que poseyó la belleza sin la vanidad,/la fuerza sin la insolencia,/el valor sin la ferocidad,/y todas las virtudes del hombre sin sus vicios». Solo espero haber sido no el dueño sino el amigo que merecías, Kenia, porque tú, desde luego, has sido, con creces, mi mejor amiga. Y espero que allí donde vayas, probablemente la nada más absoluta, te acuerdes de nosotros como nosotros nos acordaremos de ti. Merecerías no esta carta sino una estatua en medio del parque del Iregua de Logroño, y que el día de tu muerte, otro maldito martes 13 de agosto, fuese fiesta para todos los perros del mundo, un día en el que todos ellos puedan jugar con sus dueños y comer chucherías sin parar. Porque, seguramente sin pretenderlo, has hecho de mi vida algo que merecía la pena al menos de vez en cuando, que ya es bastante. Allí, en esa nada, no discutas con Ciro, por favor, y pregunta por Gufi y Ron, y busca a Freddy y a Yako, y a Rufino y su perra Lola. Todos te querrán tanto como nosotros te hemos querido y te queremos. Descansa en paz, mi perra.