Una ilusión de altura

Adela Castro y su nieta Joanna da Costa, en lo alto del pico San Lorenzo. :/Adolfo Fernández
Adela Castro y su nieta Joanna da Costa, en lo alto del pico San Lorenzo. : / Adolfo Fernández

A sus 79 años, Adela Castro cumple su sueño de subir al San Lorenzo

Félix Domínguez
FÉLIX DOMÍNGUEZNájera

Lo primero que dice Adela Castro Díez, nacida hace casi 80 años en Badarán, donde reside, cuando se le nombra su ascenso hace unos días al pico San Lorenzo (2.271 metros) es: «Pasé un día feliz. Ya le dije a mi nieta, ya aunque me muera voy tranquila, porque disfruté lo que nadie sabe».

Según explica, a ella se le había quedado una espinita clavada cuando hace unos años, «tendría unos sesenta años o así», estuvo a punto subir hasta la cima del pico más alto de La Rioja. «Me subió el hijo -relata- por el camino que viene de San Millán por el monte para bajar por Valdezcaray por la carretera, y no pude subir arriba porque se echó la niebla y era imposible. Así que entonces me dije, no me tengo que morir sin subir, y así hasta el otro día que me subió la nieta».

Con su ilusión a cuestas, se plantaron en coche en el collado del Gitano, para realizar la subida por una de las caras del pico más favorables, pero no por ello exenta de exigencia física. Adela emprendió la subida acompañada de su nieta Joanna Da Costa y un amigo de ésta, Adolfo Fernández, quien se ocupó de inmortalizar la caminata con sus fotografías.

«Subí y bajé de un tirón, sin que me tuvieran que esperar», presume Adela

Cuenta que de la subida le gustó todo, «los montes, tantos y tan verdes, y luego desde arriba todo lo que se veía, precioso». En eso tuvieron suerte, porque el día estuvo completamente despejado, lo que le permitió poder disfrutar a tope de las excepcionales vistas desde la atalaya riojana. Arriba, quienes le acompañaron se dispusieron a almorzar, como mandan los cánones, aunque ella no lo hizo: «Yo no, no acostumbro a almorzar», confiesa.

Tanto la subida como la bajada «las hice de un tirón, sin que me tuvieran que esperar en ningún momento», algo que, según indica, no le parece extraordinario, ya que asegura que está acostumbrada «desde siempre a andar y me gusta mucho». Expone que no se le hace pesado andar, «porque vivíamos a dos kilómetros del pueblo, en una central entre Cárdenas y Badarán, y subíamos a la escuela andando, y si pasaba algo o se necesitaba alguna cosa teníamos que venir andando porque allí no había vecinos».

Activa como hay pocas personas, ya viuda, se ocupa de atender su huerta. «Allí -afirma- me paso el día. También voy a mis viñas a vendimiar, a espergurar o a lo que haga falta, hago todas las labores de campo que haga falta, hoy he estado con las alubias». Además, se ocupa de las labores de casa: «Claro que las hago y he tenido en casa a dos nietos de 20 y 21 años que estaban trabajando aquí, los cuidaba y hacía lo mío, qué se cree», espeta al periodista.