Cuando el horno y la calefacción se convierten en bienes de lujo

La mano de Amaya se apresura a apagar el interruptor de la luz. /Antonio Díaz Uriel
La mano de Amaya se apresura a apagar el interruptor de la luz. / Antonio Díaz Uriel

«Pasamos mucho frío. Ponemos un poco una estufa y lo combatimos con dos camisetas, pijama de invierno y tres o cuatro mantas», explica esta beneficiaria de ayudas para pagar los recibos eléctricos

Luis J. Ruiz
LUIS J. RUIZLogroño

Que las cosas nunca vienen solas lo sabe muy bien Amaya (nombre ficticio). Tímida, reservada en un intento constante de pasar desapercibida, esconde la fortaleza de cualquier madre coraje capaz de sacar adelante, ella sola, a tres chiquillos de menos de 10 años. También intenta esconder las lágrimas, pero es complicado y las primeras, de agradecimiento, brotan cuando reconoce todo el apoyo que ha recibido de Cáritas. «Me solucionan muchas cosas», reconoce.

Ni calefacción ni horno. En su caso son dos productos de lujo. En invierno, la estufa -de gas- solo se enciende «un poco» los días más duros. Además tampoco le viene bien al más pequeño de la casa, con problemas respiratorios. Un par de camisetas, jersey gordo, pijama de invierno y «tres o cuatro mantas» se convierten en radiadores personales. «Sí, pasamos mucho frío», asume

«Intento que los niños no enciendan la luz, que la apaguen cuando salen de las habitaciones. Estoy diciéndoles todo el día que la quiten», reconoce, ya más entera e incluso con una sonrisa en los labios, Amaya. Al mal tiempo buena cara.

Acaba de solicitar la ayuda del Gobierno regional, también se ha dirigido en alguna ocasión al Ayuntamiento de Logroño, ha tramitado el bono social eléctrico -que, en su situación, podría aminorar el importe de la factura final hasta en el 40%- y en Cáritas le han pagado más de un recibo. No sólo eso. «También acudí a un taller de eficiencia energética de Cáritas en el que nos explicaron cómo reducir el consumo de energía: apagar la luz, lavadoras llenas, bombillas de bajo consumo... Muchas cosas ya las hacíamos, pero siempre se aprende algo para conseguir gastar menos». El suyo, asume, es un constante juego de malabares para intentar que las cuentas cuadren a fin de mes. O, en el peor de los casos, que no arrojen muchos números rojos.

Pero no todo es cuestión de temperatura. Reducir al mínimo la factura de los suministros energéticos también pasa por modificar hábitos alimentarios. «He dejado de cocinar legumbres secas. Alguna vez las hago pero siempre intento que sean en conserva ya que así evitas tenerlas al fuego mucho tiempo». Sin horno en el domicilio, «tampoco lo podría encender», asados y pizzas, por ejemplo, se quedan fuera del menú familiar.

Lo peor, asume, es tener que decir no a todo lo que le piden sus hijos. Las lágrimas regresan. «El mayor sí que entiende la situación y es más responsable, pero...». Pero sigue deseando que llegue un día en el que no tenga que evitar ir al supermercado con sus hijos para seguir diciéndoles no. «Tienen que tener su infancia...». De momento se limita a poco más que una televisión con dibujos animados en bucle. «Eso sí, con todas las luces del salón apagadas».

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