El guardián de la biblioteca

El padre Olarte, en la biblioteca de Yuso, en una imagen del año 1994. :: tomás blanco/
El padre Olarte, en la biblioteca de Yuso, en una imagen del año 1994. :: tomás blanco

PÍO GARCÍA

Antes de que llegaran las muchedumbres de turistas, antes de que se restauraran los desvencijados muros de Suso, antes de que los monasterios emilianenses recibieran la consideración de Patrimonio de la Humanidad, antes, en fin, de que el orbe entero reparara en la importancia de San Millán de la Cogolla, el padre Juan Bautista Olarte estaba allí, paseándose por la biblioteca, anotando autores, traduciendo títulos y hojeando incunables. Olarte recibía al ocasional visitante con su voz tonante, casi jupiterina, y a veces soltaba unas interjecciones más bodegueras que monacales, pero luego paseaba su mano por los lomos de los libros antiguos con un respeto reverencial y auténtico, profundo, amoroso.

La biblioteca de Yuso, cuyas puertas hoy solo se abren en circunstancias excepcionales, ocupa un habitáculo rectangular de maderas crujientes por cuyos ventanales entra una luz poderosa, que se clava en la oscuridad de la sala como la espada flamígera de un San Jorge. Desprende toda la estancia una delicadeza rococó en sus estanterías y balaustradas, con un refinamiento ornamental que se diría impostado y que no cuadra con la severidad de un edificio tan austero y rectilíneo. Aquel era el reino de Juan Bautista Olarte (Treviana, 1940-Salamanca, 2018); un reino cuyos misterios disfrutaba enseñando a quienes aparecían por allí. Cuando abría la portezuela del infiernillo, el cuartito escondido en el que se guardaban los libros prohibidos por la Inquisición, saboreaba la mueca de sorpresa de los visitantes como quien descubre un tesoro.

«La biblioteca de San Millán -explicaba- no es rica por el número de obras, sino por sus ejemplares raros o selectos». Sus 7.000 obras anteriores al año 1800, repartidas en 11.000 volúmenes, tratan temas filosóficos, teológicos, científicos, jurídicos, históricos, geográficos... Uno abre un tomo al azar y puede encontrarse textos en latín, español, francés, griego, portugués, hebreo, alemán, catalán, inglés... Olarte, que había estudiado historia y filosofía, entró de joven en aquella biblioteca y debió de sentirse como el explorador que llega a una selva ignota y tupidísima, mal cartografiada y llena de árboles curiosos y desconocidos. Catalogó cerca de 13.000 documentos, descubrió libros fascinantes, escribió una vida de San Millán (España en ciernes) y por el camino fue anotando palabras de sabor antiguo que aparecían en los manuscritos y que hoy suenan como reliquias: espelagrano, rancaviejas, andarrío, hayornal, zaquizamí...

Olarte se debió sentir como el explorador que llega a una selva tupida y apenas cartografiada

Al padre Juan Bautista Olarte se le tributó hace una semana un homenaje en Yuso. «Sin él la historia de San Millán habría que reescribirla», resumió Claudio García Turza, director del Instituto Orígenes del Español del Cilengua.

 

Fotos

Vídeos