El eslabón más débil de la vendimia

Una cuadrilla legal, veterana en las labores de la vendimia riojana, en una finca de Ausejo. /Juan Marín
Una cuadrilla legal, veterana en las labores de la vendimia riojana, en una finca de Ausejo. / Juan Marín

Desde inspección de trabajo se sostiene que cada vez son menos los casos de contratación irregular ya que «los agricultores se han concienciado». En las dos últimas campañas se tramitaron 22 sanciones por más de 95.000 euros

Luis J. Ruiz
LUIS J. RUIZLogroño

Logroño. La vendimia riojana es un cúmulo de contrastes. Una amalgama de realidades antagónicas, casi tan extensa como hectáreas hay que vendimiar y en torno a la que se arremolinan tantos protagonistas como cántaras de vino saldrán de las bodegas que afrontan, hasta fin de mes, la etapa más decisiva del año.

Hubo un tiempo en el que, como la uva tinta, las sombras predominaban sobre las luces. Una época en la que la irregularidad (eufemismo reiterado de ilegalidad) extendía su manto en el campo riojano. Jornadas de vendimia de sol a sol, contratos ausentes, altas en la seguridad social inexistentes, intermediarios mafiosos que esclavizaban a algunos temporeros... Esos tiempos forman parte de un pasado no muy lejano y prácticamente erradicado. Lo dice Julio Herreros, director general de Trabajo de La Rioja y lo sostienen también fuentes de la Inspección de Trabajo y Seguridad Social del Gobierno central.

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César Doherty, en Cenicero, donde ha encontrado un contrato legal para vendimiar.
César Doherty, en Cenicero, donde ha encontrado un contrato legal para vendimiar. / Sonia Tercero

Quizá el dato más significativo es el que aporta Herreros. «En el 2016, sin ser una campaña mayor que la anterior, hubo un millar de altas más en la Seguridad Social que en el 2015». Con menor intensidad, el 2017 repitió la tendencia. «Continúa aflorando el trabajo en la temporada de vendimia», dice el director general.

César Doherty llegó a Logroño hace un par de semanas. «Artista madrileño con raíces irlandesas», se define. No se separa de una mochila en la que guarda el libro de arte que confía en que vea la luz bajo el título 'De Madriz al cielo'. La historia que relata es la de la excepción; la de quien necesita trabajar y se cruza con alguien que en algún momento de su pasado empeñó sus escrúpulos.

«Llegué a Logroño hace dos semanas para trabajar en la vendimia», recuerda Doherty. Tras un par de días deambulando por la capital fue a dormir al polideportivo General Espartero y allí conoció «al patriarca del clan, un gitano portugués». «Estaba en la fila y se me acercó un chico preguntándome que si quería trabajar. Le dije que sí y me invitó a subir a una furgoneta que estaba aparcada a la vuelta del polideportivo [calle General Espartero]». Ahí comenzaron 48 horas de sobresaltos que finalizaron de nuevo en las calles de Logroño tras ser 'despedido'.

«Me ofrecieron 35 euros al día más alojamiento y comida. Trabajé dos días y me pagaron 5 euros»

«Comercian con tus necesidades. Ofrecían tabaco, alcohol, droga para que dependieras de ellos» César Doherty Temporero madrileño

«Me ofrecieron 35 euros al día por 8 horas, más alojamiento y comida. Acepté y me llevaron a Santa Coloma. Era un antro aterrador. Habría 20 personas y colchones en el suelo en una única estancia. Lo primero que hizo el patriarca fue retirar de una de las paredes trozos de papel albal de gente que había consumido allí. Por la mañana nos dieron un café de puchero y nos llevaron en una furgoneta a 140 o 160 por hora hasta Aibar [norte de Navarra] en donde estuvimos todo el día vendimiando. Ese día nos dieron de comer. El segundo día fue más o menos igual hasta que llegó la responsable de riesgos laborales. Empezó a buscarme en su listado de trabajadores y vio que no estaba dado de alta. Creo que llamó por teléfono para que lo hicieran. Ese día nos dieron un bocadillo pequeño. Nos dijeron que ya comeríamos al volver a Santa Coloma. No fue así».

La conversación que mantuvo con la responsable de riesgos laborales se convirtió, a la postre, en su particular finiquito. «Me estaban mirando mal, pero yo me estaba interesando por mi situación», se justifica Doherty, que ahora, a través de Agroserv, ha conseguido un contrato legal y vendimia en Cenicero. Cuando llegaron a Santa Coloma «el patriarca se puso muy violento». «Dando golpes, lanzando cosas y mirándome. Después me dijeron que estaba despedido y les pedí que me llevaran a Logroño». Lo hicieron, pero no recibió el dinero que le habían prometido. «Me pagaron sólo 5 euros de los 70 que me correspondían», lamenta. Pasó por la comisaría de la Policía Nacional, en donde les informó de lo que le había sucedido y de la ubicación del lugar en el que estaba la vivienda de Santa Coloma. También se puso en contacto con la Seguridad Social, en donde le confirmaron que fue dado de alta y de baja. Ha denunciado por impago «al agricultor de Aibar». «El patriarca será insolvente», dice.

Desde Inspección de Trabajo de la Seguridad Social sostienen que situaciones como la de César Doherty son «cada vez menos frecuentes». Detrás de esa legalización progresiva están, en buena medida, «las visitas que se hacen a los campos y a algunas bodegas para comprobar que los trabajadores están dados de alta con carácter previo a que empiecen a trabajar, que se cumple la normativa de salarios, convenios, horarios, alojamiento...». Unas visitas -aleatorias, sorpresivas y repetidas también durante otras labores en la vid que requieren de mucha mano de obra- en las que también toman parte la Policía Nacional y la Guardia Civil, que auxilian a los funcionarios. «Se comprueba que no haya casos de intermediación, que no les retengan el salario, que estén en situación legal y con autorización para trabajar».

Alojamiento ofrecido a César Doherty por sus empleadores.
Alojamiento ofrecido a César Doherty por sus empleadores.

Cuando se detectan irregularidades se tramitan los expedientes correspondientes. Ahí entra en juego la autoridad laboral, competencias de titularidad autonómica. Explica Julio Herreros que existe «una labor previa de planificación» en la que participan todos los actores con competencias «para diseñar el dispositivo de control, tanto en vendimia como en la espergura y otras campañas» de mano de obra intensiva». «No queremos sancionar sino que se corrijan las posibles ineficiencias del sistema», describe antes de sostener que «la gente está concienciada».

En todo caso expedientes sancionadores sigue habiendo. En las dos campañas anteriores (2016 y 2017) se tramitaron 22. «No son muchos», asume Herreros. A falta de que se complete la tramitación de cuatro de ellos, las sanciones impuestas en los 18 que están cerrados superan los 86.000 euros (que podrían alcanzar los 95.000 en función de la resolución de los pendientes), con multas que oscilan entre la mínima de 6.251 euros y los 25.000, en función de las circunstancias de cada caso.

Doherty se pierde entre los temporeros que acuden a Cenicero. Comparte vivienda con un andaluz y varios africanos. «Tengo cubiertas las necesidades vitales. En Santa Coloma comerciaban con ellas. Te estudiaban y te ofrecían lo que fuera. Te vendían cervezas de 20 céntimos por un euro, droga... lo que necesitaras. Una forma de depender de ellos». Eso le pasaba al que le ofreció trabajo. «Estaba enganchado a la heroína».

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