«Con lo que gano y la ayuda de la familia y Cáritas logro sobrevivir»

Cristina, en Cáritas. :: Díaz Uriel
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Cristina, en Cáritas. :: Díaz Uriel

Trabajadora fija discontinua, tras el pago del alquiler le quedan menos de 300 euros al mes para suministros y comida para ella y su hija Cristina A la espera de la concesión del bono social

R. G. LASTRA LOGROÑO.

No es inmigrante ni mayor ni siquiera desempleada de larga duración. Cristina trabaja nueve meses al año, pero tiene que hacer milagros para llegar a fin de mes y, pese a la ayuda de su familia, ha tenido que recurrir a Cáritas, donde le han ayudado a tramitar la solicitud del bono social eléctrico, «una ayuda más para sobrevivir».

«Trabajo de dependienta, pero soy fija discontinua, me contratan de octubre a junio y en julio, agosto y septiembre estoy en el paro», explica ya con ganas de reincorporarse hoy mismo a su puesto. «Cuando estoy trabajando cobro entre 500 y 580 euros al mes, pero 300 se ve van con el alquiler del piso, con lo que me quedan menos de 300 para comer y el resto de cosas que necesitamos mi hija, que tiene 15 años y yo», detalla.

Su último trimestre ha sido peor, sobre todo julio, cuando cobró del paro 150 euros. Además del apoyo familiar -su abuela, una tía y sus hermanas- Cristina se vio ahogada y llamó a la puerta de Cáritas. «Me lo había planteado otras veces, pero siempre decidía no acudir porque sé que hay muchísima gente que está peor que yo y lo necesita más», asegura, de visita en la entidad en la que le tendieron la mano de inmediato. «Me dieron comida, van a tratar de ayudarme ahora con algún libro de la niña y me han acompañado en la solicitud del bono social eléctrico explicándome la documentación que tenía que entregar y dónde acudir», resume a la espera de la concesión del beneficio.

LA FRASE «Siempre que pensaba en Cáritas decidía no ir porque sé que hay gente que está muchísimo peor que yo y lo necesita más»

«Con lo que gano, con la ayuda de la familia y gracias a Cáritas vas sobreviviendo», destaca agradecida y aferrada a un concepto de vida en el que no cabe el pesimismo o el desánimo: «Lo pasas mal, pero no me puedo quejar porque hay muchas personas mucho peor que yo. Lo peor suele ser tenerle que decir a mi hija que no, pero hasta en eso tengo suerte, porque los valores que me inculcaron mis padres, que ya fallecieron, los tiene ella y valora el esfuerzo que yo hago y lo que tenemos. De hecho, prefiere que yo pase más tiempo con ella en casa aunque eso suponga tener que renunciar a unas zapatillas, a ropa, a pedir una pizza o a comernos un helado».

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