«Lo más doloroso es ver cómo tu país se cae a pedazos y tener que romper con tu vida»

Agustín Lovera y Marian Pineda, dos venezolanos solicitantes de asilo. /Sonia Tercero
Agustín Lovera y Marian Pineda, dos venezolanos solicitantes de asilo. / Sonia Tercero

Las peticiones de asilo en La Rioja se multiplican por siete en los últimos tres años hasta las 141 solicitudes de protección gestionadas en el 2018

Luis J. Ruiz
LUIS J. RUIZLogroño

Cuando a finales de octubre del 2015 sonó el celular de Marian Pineda, su vida dio un giro de 180 grados. Estaba en Caracas, la ciudad en la que había residido durante 15 años y en la que vivía junto a su marido, empleado de banca, y su pequeño de dos años. «Me dijeron que habían secuestrado a mi marido y que tenía que pagar un rescate». Lo pagó, pero su marido nunca apareció. «Lo mataron. Nunca supimos nada más. No recuperamos el cuerpo, sólo el coche y supimos que quienes le secuestraron lo habían cambiado por dos pistolas». Aguantó dos años más en Venezuela, entre Caracas y Maturin (una ciudad de medio millón de habitantes en la zona nororiental del país). Cuando recibió aquella llamada no lo sabía, pero ahí comenzó a fraguarse su candidatura a convertirse en solicitante de asilo.

A Agustín Lovera, que nació en Caracas pero que vivía en Maracaibo (la segunda ciudad de Venezuela), le iba bien con la compañía de publicidad que gestionaba junto a su mujer. Incluso trabajaba para Empresas Polar, la gran compañía de Venezuela y símbolo de resistencia contra el régimen chavista (lo que también le ocasionó algún quebradero de cabeza). A él le empezaron a convencer de que tenía que poner tierra de por medio a punta de pistola. «El anillo, el reloj, el móvil, el carro...». Plata o plomo. En uno de esos asaltos iba de la mano de su hija pequeña que estaba aterrorizada. «Le dije que estuviera tranquila, que no pasaba nada, que no se moviera...». No pasó nada. Entre asalto y asalto, los robos en su empresa y las «vacunas» [extorsiones] se encadenaron de tal manera que antes de quedarse solo con las paredes decidieron vender lo poco que les quedaba y huir de la violencia y la inseguridad extrema de su país.

Marian y Agustín hablan de Venezuela con la pasión de un enamorado y con la amargura de quien ha tenido que abandonar a la carrera toda su vida. De la noche a la mañana. «Nunca pensé que tendría que marcharme de mi país, pero en Venezuela no puedes soñar», dice Marian. Coincidieron en Logroño, en el Centro de Refugiados que gestiona Cruz Roja y que atiende a los solicitantes de asilo. Ambos han tramitado una petición que aún no tiene respuesta pero ya cuentan con la 'tarjeta roja' que les acredita como demandantes de protección internacional, evita su expulsión del territorio nacional y, pasados seis meses, les habilita para trabajar.

«En Venezuela no se vive, se sobrevive: no hay medicamentos, la carne es más cara que el salario...» Agustín Lovera | Solicitante de asilo

La estadística

Las historias de Marian y Agustín se esconden detrás de las frías estadísticas que aseguran que los demandantes de asilo en España se han multiplicado casi por cuatro en el último trienio y por siete en La Rioja. De hecho, el 2018 fue en la región un curso histórico en lo que a solicitantes de asilo se refiere: la Brigada de Extranjería de la Policía Nacional recibió 141 solicitudes, 76 más que un año antes (en el 2017 fueron 65) y 119 más que en el 2016 (22). «La situación en La Rioja está normalizada», aseguran desde prensa de la Policía Nacional. «Cuando llegan los solicitantes con toda la documentación para presentar la petición, se les atiende enseguida. Otra cosa es el momento de resolución del expediente, que se puede demorar más» y que ya no depende de los funcionarios riojanos.

Esa misma estadística que oculta historias desgarradoras es un buen termómetro para, en un vistazo rápido, identificar los puntos más calientes del planeta. Siempre existe una correlación entre los países con más demandantes y el espacio que ocupan en las páginas de Internacional. Es lo que pasó en La Rioja con los asilos de nigerianos en 2008 y 2009, cuando Boko Haram preñó de violencia el país africano; con los de Costa de Marfil en su segunda guerra civil (2011); con Malí y el conflicto armado en el norte del país en el 2013; con la Siria del estado islámico entre 2014 y 2015; y lo que sucede con la Venezuela de Maduro desde el 2016, así como, en el 2018, con la Colombia del postconflicto.

Sonia Tercero

A punta de pistola con su hijo de cuatro años

Marian Pineda recuerda que, tras el secuestro y asesinato de su marido, se resistía a abandonar el país pese a que su hermano, ya en Logroño, le insistía. «Fui a renovar el pasaporte y al volver a casa con mi hijo, que tenía cuatro años, me asaltaron y me apuntaron con una pistola. En ese momento me di cuenta de que había cosas que no podía controlar. Entendí el mensaje. Quería quedarme, pero cambié el enfoque y pensé que sería de más ayuda para mi país desde fuera».

Dice que los astros se alinearon de tal forma que toda la burocracia pendiente se resolvió con inusual celeridad en Venezuela y que sólo consiguió respirar cuando el avión despegó del aeropuerto de Maiquetía. El 28 de diciembre del 2017 llegó a España como turista. Su hermano le terminó de convencer de que su vida estaba en España.

Sonia Tercero

«Ahora sí salimos de Venezuela»

Algo parecido le sucedió a Agustín Lovera. La arbitrariedad de la Guardia Nacional Bolivariana le producía pánico. Cualquier cosa que hubiera en la maleta, por inocente que fuera, podría haber sido utilizada en su contra. Al volar con una línea estadounidense esquivó esos controles. El 26 de octubre del 2017 tomaba tierra en Barajas. «Ahora sí salimos de Venezuela», recuerda que fue lo primero que pensó. En Logroño le esperaba su hermano. «Somos privilegiados. Pudimos comprar un pasaje, pero el venezolano ya no tiene para comer y ya no le importa morir en un páramo en Colombia intentando huir de su país», coinciden los dos.

A miles de kilómetros de su hogar, ninguno piensa en volver en el corto plazo. El duelo migratorio aún sigue latente. «Hay mucho por hacer aquí», dice Marian, que apunta que «lo más doloroso es ver cómo tu país se cae a pedazos. Rompes con todo, con tu vida, con tu casa...». «En Venezuela se sobrevive, no se vive: no hay antibióticos, un kilo de carne es más caro que un salario medio, no hay sueños...», completa Agustín, que se remonta en el árbol genealógico para asegurar que su país nunca fue cuna de refugiados sino receptor de ellos. «Mi abuela era rusa y en la Guerra Mundial le metieron en un barco y acabó en Venezuela. Pero aquello era una guerra, lo de Venezuela...», dice sin acabar la frase.

A la espera

Mientras esperan una resolución de su petición de asilo, aprovechan para hacer todo aquello que no podían hacer en su país. Cosas como pasear por la calle, ir con sus hijos a jugar a un parque o ver a la policía sin miedo de acabar detenidos. «Lo primero que recuperé fue la posibilidad de pasear por la calle. No tener que llevar a mi hijo agarrado del brazo para que no se lo llevaran. Ir al parque. Incluso aprendí a hacer vídeos en la calle con el teléfono. Allí era imposible sacarlo en la calle. En Venezuela las fotos se hacen dentro de las casas, no en la calle».

«Lo primero que recuperé cuando llegue a Logroño fue pasear por la calle e ir al parque con mi hijo» Marian Pineda | Solicitante de asilo

Pero los recuerdos siguen presentes. «La primera vez que mi mujer escuchó una moto en Logroño me abrazó fuerte. Allí, cuando oías un motorizado podía ser el principio de un asalto», dice Agustín, al que interrumpe Marian. «Mi hijo siempre me dice, 'Mamá, en España no hay delincuentes». Los dos ríen. La risa es lo único que no han perdido.

Solicitantes de asilo:
Los términos solicitante de asilo y refugiado son confundidos: quien pide asilo es la persona que solicita el reconocimiento de la condición de refugiada y cuya solicitud todavía no ha sido resuelta de forma definitiva.
Estatuto de refugiado:
Es una forma de protección que puede ser reconocida a las personas que cumplen los requisitos para ser una persona refugiada, es decir, un temor fundado a ser perseguida por motivos de raza, religión, nacionalidad, opiniones políticas, pertenencia a determinado grupo social, de género u orientación sexual.
Apátrida:
El término apátrida designa a toda persona que no es considerada como nacional suyo por ningún Estado conforme a su legislación.
Protección internacional:
La protección internacional es un término que engloba tanto el estatuto de refugiado como la protección subsidiaria. A menudo es confundido con el término estatuto de refugiado, pero es necesario remarcar que el término protección internacional es más amplio.
Admisión humanitaria:
Proceso por el que un país admite una o varias personas refugiadas en situación de vulnerabilidad procedentes de un tercer país con el fin de ofrecerles protección temporal por motivos humanitarios.
Reasentamiento:
El reasentamiento consiste en el traslado de un persona refugiada del país donde buscó protección a un tercer país que ha aceptado admitirle. Esta circunstancia puede deberse a diversos motivos: que el primer país niegue los derechos básicos a las personas refugiadas; que las autoridades no quieran o no puedan proporcionarles una protección eficaz; o que su vida corra peligro en dicho país o su libertad se vea amenazada. (Fuente: Delegación del Gobierno y Ministerio del Interior).