El docente riojano acusado de abusos niega los hechos que su presunta víctimarelata en toda su crudeza al tribunal

El acusado J.M.M.S. observa desde el banquillo la sala de vistas, con su abogado al fondo. ::  jordi alemany/
El acusado J.M.M.S. observa desde el banquillo la sala de vistas, con su abogado al fondo. :: jordi alemany

«He sufrido alucinaciones, pesadillas e incluso he estado a punto de suicidarme», relata el joven que denunció a quien fuera su profesor en Gaztelueta

K.DOMÍNGUEZ BILBAO.

Víctima y acusado compartieron ayer protagonismo en la primera sesión del juicio del 'caso Gaztelueta'. Diez años después de los presuntos hechos, ambos volvieron a encontrarse, esta vez para comparecer ante el tribunal que juzga lo sucedido en los cursos 2008-2009 y 2009-2010, cuando compartieron aula y sesiones de tutoría en este colegio vizcaíno. Como se preveía, los dos mantuvieron las versiones. Mientras el joven se ratificó en que su profesor abusó de él a lo largo de dos años, el docente logroñés negó de manera categórica que se sobrepasara con el alumno, que en el momento de los hechos tenía entre 12 y 13 años. Se enfrenta a una petición de 10 años de cárcel, mientras la Fiscalía rebaja la pena a tres años.

La víctima testificó durante casi dos horas protegido por un biombo, lo que evitó que mantuviera contacto visual con el acusado. Muy nervioso y en momentos entre sollozos, narró a preguntas del fiscal cómo se iniciaron los abusos en Primero de la ESO, cuando el acusado se convirtió en su preceptor -asesor personal y académico en los colegios religiosos-. Según sus propias palabras, para él era una «figura autoritaria y con mucho poder en el colegio».

Las primeras tutorías del curso, que se celebraban en el despacho del docente, fueron «normales», pero con el tiempo, el preceptor comenzó a tratarle de forma diferente. Las sesiones pasaron a durar «hasta 50 minutos» y a tener una mayor frecuencia. Aunque el joven, hoy de 22 años, reconoció que «muchos detalles se le han borrado», aseguró que sí que recuerda «las cosas que más le impactaron». Primero fueron unas caricias en la mano al pasarle una «chocolatina». Con los meses, pasó a hacerle comentarios de índole sexual, a incitarle a ver pornografía y, en un momento dado, a que se sentara sobre sus rodillas.

LA FRASE DE LA SESIÓNJ. C. Víctima «Lo que tengo no se va curar. Esto se podrá suavizar, pero nunca se curará»

Los episodios más graves, según su relato, llegaron a final del curso de Segundo de la ESO. En un par de ocasiones, mientras estaban a solas, le pidió que se quitara la camisa y entonces «comenzó a acariciarme hasta más abajo de la tripa». En otra de las tutorías, tras preguntarle por su orientación sexual, le enseñó fotos de «mujeres ligeras de ropa» en el ordenador y le «obligó» a masturbarse delante de él.

El joven no pudo concretar ayer una secuencia temporal clara de los abusos, y en un momento dado el presidente del tribunal, Alfonso González Guija, le pidió aclaraciones y concreciones sobre varios puntos de su testimonio. Pero con su reacción física ayer al recordarlo -se bloqueó y necesitó unos minutos para poder hablar-, dejó claro que el peor momento lo vivió el día que el docente «le obligó a apoyarse sobre la mesa» y, con los pantalones y calzoncillos bajados, le penetró con un objeto que el joven identificó como un bolígrafo.

Cuatro cursos perdidos

Aquellos abusos permanecieron 'ocultos' durante varios años. Ayer la víctima reconoció que no los denunció «por vergüenza y miedo», lo que le genera un «sentimiento de culpa». «Estaba encerrado en mí mismo», aseguró. «Él me decía con tono amenazante que no le contara a nadie lo que hacíamos allí dentro», añadió. Sus continuas visitas al despacho del profesor desembocaron en burlas y amenazas de sus compañeros, de las que el hoy acusado participaba e incluso «estaba detrás de ellas».

Fue ese bullying escolar, que fue a más cuando el chaval cambió de colegio, el que desencadenó todo. Depresiones, fobias, miedo a ir a clase... «En todo este tiempo, he sufrido alucinaciones, pesadillas y he estado incluso a punto de suicidarme», reconoció ayer el exalumno de Gaztelueta, que llegó a perder cuatro cursos escolares y ahora, con 22 años, ha comenzado una carrera universitaria.

A preguntas del presidente del tribunal, admitió que a ninguno de los cuatro psicólogos y psiquiatras que le trataron en aquella época les contó los presuntos abusos a los que le había sometido su preceptor. Entonces estaba «más afectado» por el acoso escolar que por los abusos de su profesor. De hecho, hasta enero de 2015 no se los reveló a nadie. «Lo que tengo no se va curar. Se podrá suavizar, pero no curar», asumió el joven, que sigue teniendo dificultades para dormir y estudiar, y sigue acudiendo al psiquiatra «en los momentos de bajón».

En su turno de preguntas, el abogado defensor quiso poner de manifiesto las «contradicciones» entre lo que el alumno declaró en la fase de instrucción y lo que narró ayer. Por ejemplo, en su día aseguró que el profesor le incitó a introducirse un boli, mientras que ayer dijo rotundo que fue el adulto quien le penetró con él. Además, ayer apuntó que los episodios más graves de abusos no se repitieron en varias ocasiones, algo que sí había denunciado en ocasiones anteriores.

Tampoco pudo precisar si el docente cerraba o no la puerta del despacho con llave; si siempre acudía a la secretaría del centro a llamar a casa justo después de los supuestos abusos; si el acusado fue su profesor de Religión uno o dos años; si en alguna ocasión otro profesor les interrumpió o llegó incluso a entrar al despacho mientras abusaba de él. Además, el abogado puso en duda que el docente pudiera enseñarle imágenes eróticas en el ordenador del despacho puesto que en Gaztelueta, según su versión, usaban filtros para no poder acceder a páginas de ese tipo.

 

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