La condición humana

'La muerte de Marat', obra de Jacques-Louis David, 
propiedad del Royal Museums of Fine Arts of Belgium./
'La muerte de Marat', obra de Jacques-Louis David, propiedad del Royal Museums of Fine Arts of Belgium.

«Dormirse en los laureles es tan peligroso como descansar en una excursión por la nieve. Cabeceas y te mueres en el sueño»

LUDWIG WITTGENSTEIN

En la primavera de 1991, un escándalo que ahora parecería inofensivo azotó la política española. José María 'Txiki' Benegas, secretario de organización del PSOE que comandaba Felipe González y encargado por lo tanto de controlar el aparato que dejó vacante Alfonso Guerra, fue sorprendido haciendo lo que tantos españoles: hablando mal de su jefe. Según unas escuchas telefónicas que levantaron mayúscula polvareda, a Benegas no le convencían ciertas estrategias de González y participaba a su interlocutor de su enojo. «El problema es el 'one'», decía. Esto es, traducido al español, el uno: el líder. Hubo ruido mediático, investigaciones judiciales y navajeo político; en medio del cual, Benegas contó con la complicidad de un viejo compañero de fatigas, aunque alejado de sus siglas: Xabier Arzalluz. Quien le sugirió que aguantara y le hizo ver lo siguiente: «El partido, Txiki, el partido. Lo importante es sostener el partido».

Una enseñanza pertinente puesto que su autor conocía bien la conveniencia de dedicar un celo especial a las labores orgánicas, descuidadas cuando se ejercen labores de gobierno. Porque el PNV se vanagloria de un modelo muy particular, que procura no confundir la gestión interna con las obligaciones al frente de Ajuria Enea: una táctica que ningún otro partido español ha sabido seguir. Lo habitual es lo contrario, como acaba de sufrir en sus propias carnes el PP. Ignorar al afiliado mientras se atiende la agenda gubernamental, ese dios supremo que exige sacrificios perpetuos en el altar de la gobernación. El partido, transformado en pura extensión del Ejecutivo, debe limitarse a seguir bovinamente las tesis dictadas por el mandamás supremo, que ejerce tanto la jefatura interna como la institucional. Y que, en cuanto ocupa el sillón del Gobierno, tiende a ver la vida del partido como un incordio.

Así ocurrió en el mencionado caso de Benegas y González. Y así ocurre todavía. De modo que cuando, luego de levitar en plan estadista, el líder regresa a ganarse el favor de las bases suele recibir el desprecio o la frialdad... Especialmente, si ya no lidera nada. Cuando no hay favores que conceder ni regalías que repartir. Cuando vuelve a la oposición. Ese cuarto oscuro donde el PP podrá encontrar hoy algún consuelo, atendiendo a la experiencia reciente de su principal competidor, el PSOE. Que viene de sufrir análogos contratiempos, solventados de parecida manera: concediendo el liderazgo a quien mejor sintonizara con el afiliado de base. El que encendiera más a la militancia, el candidato que prefiriese conquistar el corazón de sus conmilitantes, el que prometiera con mayor énfasis reactivar la vida interna. Por eso ganó Sánchez. Por eso venció Casado.

Cosa distinta será su respectiva talla como gobernantes: en el primer caso, ya está en condiciones de acreditarla, porque ha alcanzado La Moncloa. Decían que Sánchez no era para tanto, pero resulta que un poco (al menos) sí que lo era. En cuanto a Casado, todo está por ver. Aunque algo se sabe: que lo del PP no era para tanto. Ni tenía tanta afiliación como presumía, ni se distinguía por una férrea unidad como alardeaba. Y tampoco la altura de los aspirantes a suceder a Mariano Rajoy recuerda a un Adenauer, un Churchill, un JFK. Nada era para tanto.

No es la única semejanza observada estos días entre los dos grandes partidos de la escena pública española, también emparentados en haber renovado su cúpula mediante el itinerario típico de traiciones, deslealtades y ventajismos tan propios de la escena política. Lo cual tampoco es ninguna novedad. La imagen que ilustra estas líneas rememora un momento histórico de alta intensidad: la muerte de Marat a manos enemigas, en la convulsa Francia revolucionaria. Pagó con su vida el desafecto entre facciones, que entonces se dilucidaba a la brava, incluyendo la sangre derramada. Hoy, más civilizados, nuestros políticos afortunadamente se contienen: se limitan a enviar a las tinieblas exteriores al derrotado, como habrán comprobado los rivales de Sánchez y empezaron a notar ciertos contrincantes de Casado desde el mismo lunes. Que simplemente reproducen a escala nacional cuanto detectaría un observador avispado que acercara su lupa a La Rioja, por ejemplo.

Donde la lista de bajas que siguió al triunfo de Sánchez añadió un parte similar derivado del ascenso de Francisco Ocón, en función del modelo que parecían dispuestos a clonar sus rivales del PP: a los caídos en desgracia luego de la victoria de José Ignacio Ceniceros se iban a agregar los damnificados por la limpieza emprendida en Génova, puesto que las respectivas cúpulas nacional y regional se alinearon al fin en la misma dirección, luego de algunas curiosas piruetas. Miserias propias de nuestra condición humana... esta vez con final agridulce.

Porque hubo sorpresa cuando caía el telón. Porque aunque ahora proclamen su devoción hacia Casado, la mayoría de gerifaltes del PP riojano (salvados sean los casos de Diego Bengoa o Alfonso Domínguez) tendieron a apostar por otro caballo en la carrera hacia Génova, pecado venial que se resisten a confesar. Una afinidad sobrevenida, como bien sabía el nuevo líder popular. Quien tenía anotado quién se movilizó a primera hora y quién se decantó por su candidatura por puro oportunismo. Los primeros recibieron su recompensa. Los segundos, que cambiaron de bando a última hora por simple tacticismo, deberán recordar aquel consejo de Arzalluz a Benegas: el partido. Lo importante es el partido.

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