«Todo cambió cuando mi niño me dijo: 'Mamá, esto no puede seguir así, un día papá te va a matar y qué hacemos sin ti'»

«Todo cambió cuando mi niño me dijo: 'Mamá, esto no puede seguir así, un día papá te va a matar y qué hacemos sin ti'»

Roberto G. Lastra
ROBERTO G. LASTRALogroño

Sara tiene hoy 32 años y dos hijos de 10 y 5 años, lo único bueno que le ha quedado tras casi media vida en el infierno. «Primero, por amor y luego, encadenada al terror».

Tras un año de terapia psicológica, empieza a poder hablar y confía en que su testimonio sirva de ayuda para que otras mujeres puedan volver a la vida. Sonríe a ratos, pero en otros su mirada se apaga por la tristeza y el sufrimiento acumulados.

«Aguanté quince años de infierno y culpándome; primero, por amor, que es ciego, y luego, por terror»

La ilusión del amor saltó pronto por los aires y su calvario empezó antes de llegar a la mayoría de edad. «El amor te ciega completamente. Nosotros empezamos muy jóvenes, con 15 años, en el instituto. Él tenía su temperamento, era de carácter fuerte, pero sin más, pero todo cambió cuando me quedé embarazada. Le sentó fatal, me acusó de haberle engañado y ya nada fue igual, aunque yo lo justificaba y aceptaba que era mi culpa», arranca su estremecedor relato.

«Cuando echo la mirada atrás no me reconozco, cómo pude caer tan bajo y dejar que me destruyese»

«Empezó a ser extremadamente celoso y un día antes del tercer cumpleaños de nuestro hijo me pegó, pero con cuidado de que fuese en zonas que no se viesen. Los episodios de violencia fueron a ser más habituales porque perdía totalmente el control y me amenazaba con matarme. Nació nuestro segundo hijo y una noche se descontroló tanto que me reventó la nariz. Aquel día me encerré con los niños en el baño llorando convencida de que me iba a matar. Pero tampoco reaccioné, me pidió perdón y yo volví a pensar que era mi culpa y que si me portaba bien el podía cambiar», prosigue.

Pero nada cambió, los insultos fueron a más, las palizas también, incluso delante de los niños. Al fin él se fue de casa, pero el monstruo mantenía su despiadado control y su crueldad. «Yo estaba obligada a mantener el contacto por los niños y por el dinero que me tenía que pasar, pero sólo me lo daba si accedía a mantener relaciones sexuales, a las que muchas veces estaba obligada porque como trabajaba en la economía sumergida no me llegaba para la casa y dar de comer a mis hijos. No me quedaba otra salida», explica.

Una noche de terror

Pero lo peor estaba por llegar. «Hace un año entró a casa de madrugada, le abrió mi madre, que había venido a pasar unos días a casa y le dijo que iba a dormir en el sofá. En cuanto mi madre se fue a su cuarto, él se metió a mi habitación y me violó. Yo intentaba pedir ayuda, pero él me tapaba la boca y me decía que no hiciese ruido porque iba a despertar a los niños y que él entonces no respondía de cómo podía acabar aquello. Yo estaba aterrorizada, por mi cabeza pasaron un millón de cosas, pensé que había matado a mi madre y que al terminar me iba a asesinar a mí». Cuando el agresor se marchó, Sara telefoneó a una amiga y se pasó la noche llorando y sin saber qué hacer, mientras su móvil era bombardeado por su expareja con peticiones de perdón y reproches. «Todo cambió en mi cabeza cuando mi hijo mayor, que tenía 9 años, me dijo: 'Mamá, esto no puede seguir así, un día papá te va a matar y qué hacemos nosotros sin ti. Si no hablas con la Policía lo voy a hacer yo'», recuerda con dolor.

Retorno a la vida

Tras la denuncia, el agresor fue detenido y puesto en libertad con una orden de alejamiento que ha quebrantado en una ocasión y Sara fue enviada a la Oficina de Asistencia a las Víctimas. «Llegué destruida y culpándome de todo, pero hoy, tras un año de tratamiento psicológico, en el que aún sigo, creo que he salido del infierno. Es un trabajo durísimo porque tienes que reestructurar tu vida por completo, en lo laboral, en lo emocional... Pero se puede salir con apoyo, terapia y todas las ayudas que hay», asegura. Hoy vive en un piso de acogida, estudia y, gracias al programa Empresas Solidarias del Gobierno de La Rioja, tiene un trabajo.

«Cuando echo la mirada atrás no me reconozco, cómo pude caer tan bajo y dejar que destruyese mi dignidad y mi autoestima; primero. por amor y luego, por terror. Por primera vez, después de años convencida de que no iba a salir de ahí y de que a lo mejor me lo merecía, soy feliz y veo el futuro con optimismo y con el deseo de ser un ejemplo para mis hijos. Mucho dinero no les voy a poder dejar, pero al menos me gustaría legarles unos principios y unos valores para que el día de mañana sean unos hombres buenos», concluye. Acabada la entrevista, sus pequeños se acercan y la toman de la mano. Ella sonríe, ahora sí.