Ángel Gómez mostraba vídeos porno a su víctima y le pagaba 5 euros por los abusos

Ángel Gómez Alti, en una imagen de archivo. :: /Antonio Díaz Uriel
Ángel Gómez Alti, en una imagen de archivo. :: / Antonio Díaz Uriel

«No entiendo por qué esto es un delito, ha sido de manera voluntaria y consentida», dijo a los agentes de la Policía Nacional al ser detenido

L.J.R
L.J.RLogroño

Lo que para Ángel Gómez Alti era un chico tímido y algo ingenuo, en realidad era un joven con una discapacidad intelectual del 77% «evidente para cualquier persona que interactuase mínimamente con él [...] confiado, muy accesible, ingenuo, muy influenciable, manipulable y fácil de engañar». Pese a sus 19 años, tiene la «edad mental de un niño de nueve o diez años» y con una «capacidad de inventiva muy baja, singularmente en relación a algo que no le hubiera sucedido».

Y Alti, dice la sentencia de la Audiencia Provincial de Logroño que le ha condenado a siete años de prisión por un delito continuado de abusos sexuales, pese a que lo negó, lo sabía «sin el menor resquicio de duda». Y de eso se aprovechó. Así, el fallo da por probado que, «para satisfacer sus deseos sexuales», se aproximó en varias ocasiones al joven -al que conocía porque habían vivido en el mismo inmueble- cuando estaba jugando con sus amigos y le ofrecía insistentemente cinco euros por ayudarle a realizar diferentes trabajos. Finalmente, dadas las «intrínsecas dificultades que tiene [la víctima] para negarse a hacer lo que un adulto le pide», accedía a acompañarle.

Esa escena se repitió en varias ocasiones. El fallo no cifra cuántas, pero da credibilidad a las sucesivas declaraciones de la víctima, y concreta que una de ellas tuvo lugar el 25 de marzo del 2017. Aquel día Alti consiguió que la víctima se montara en su vehículo y juntos se trasladaron hasta una vivienda de la madre del preparador físico de Logroño. Las cámaras de seguridad les captaron entrando en el inmueble y saliendo 59 minutos después. Durante esa hora, sostiene el fallo, el ya condenado le enseñó «unos vídeos de contenido pornográfico (parejas copulando, mujeres desnudas, etc.) en la pantalla de su teléfono móvil» antes de desnudarse él de cintura para abajo y quitarle «los pantalones a la víctima». «En esa situación, aprovechándose de la vulnerabilidad que padecía», Alti «acariciaba el pene de la víctima» y, posteriormente, le practicaba una felación (el fallo concreta que «no consta eyaculación»).

Esos cinco euros que le entregaba Alti en cada encuentro, fueron los que acabaron destapando el caso. Los tíos del joven -que asumieron su tutela después de que su madre falleciera en el incendio que a él le provocó daños cerebrales irreversibles- encontraron el billete en su cartera y la única respuesta que obtuvieron fue «que se los había dado un hombre». Alertaron al centro educativo al que asiste de que algo raro estaba sucediendo y entre la orientadora del colegio y el equipo de apoyo a la víctima con discapacidad intelectual y del desarrollo consiguieron que el joven les relatara lo sucedido.

«No entiendo por qué esto es un delito, ha sido de manera voluntaria y consentida». Esa fue, después de que los agentes de la Policía Nacional le detuvieran, la primera reacción de Alti, que en su defensa negó reiteradamente los abusos y aseguró «con imprecisiones y contradicciones», según la sentencia, que era la víctima quien se le acercaba a él y le decía que si le podía ayudar con algo. En su versión, el preparador físico aseguró que «en tres o cuatro ocasiones» le ayudó a guardar el material de alguna competición atlética y a preparar las bolsas que, en algunas carreras, se entregan a los participantes con camisetas, dorsales y algún obsequio adicional.

La defensa de Alti también aseguró que un día antes de que los tíos de la víctima hallaran los cinco euros y presentaran la denuncia, el condenado le dijo que no le molestara más, que no le tendría que ayudar más. Eso, según su versión, habría ocurrido el día en que las cámaras de seguridad les captaron subiendo a la vivienda de la madre del preparador físico y cuando le regaló una camiseta que nunca apareció. Esa teoría «tiene una finalidad exculpatoria, con el fin de sugerir que la víctima podría haber denunciado al procesado llevado de un ánimo espurio», algo que descarta totalmente el tribunal. Tampoco se creen los magistrados otras coartadas como la de sus escasas habilidades en el manejo del teléfono móvil o su incapacidad (o la de su viejo dispositivo) para reproducir vídeos.

Por contra, los jueces dan credibilidad a las declaraciones de la víctima que «en lo sustancial» son coincidentes y de la que resulta un relato «suficientemente sólido e inequívoco».

Por todo, condenan a Ángel Gómez Alti a una pena de prisión de 7 años como autor de un delito continuado de abuso sexual, a 7 de inhabilitación para trabajar con menores o discapacitados, a diez años y medio de prohibición de aproximación a la víctima, a seis años de libertad vigilada tras salir de la cárcel, al pago de 8.000 euros en concepto de responsabilidad civil y al abono de las costas.

Contra la sentencia cabe recurso ante el TSJR que, según el condenado, ya se ha presentado.