La Rioja, su identidad y el castellano

«Solo se podrá rematar esta parte de la entidad centrada en la lengua cuando consigamos ver las glosas en la rioja»

Al cumplir un año más con la celebración del Día de La Rioja, nos asaltan numerosas evocaciones de aquellos lejanos tiempos en que, entre todos, construimos esta gran casa que llamamos La Rioja. Estos recuerdos van desde el lugar en que debía integrarse nuestro territorio, o las demandas de autonomía que suscitaba la sociedad civil y los medios de comunicación hace la friolera de cuarenta años o el primer día de La Rioja de 1978 o el concurso para elegir la bandera o la redacción del Estatuto. Al mismo tiempo, mientras este proceso se iba consolidando, se fue haciendo necesario dotar a nuestra Comunidad Autónoma de una propuesta identitaria que nos definiese como territorio y como colectivo social, un proyecto que debería ser plausible, ya que los riojanos deberían estar en disposición de asumirlo o creerlo.

Es de sobra conocido que en toda sociedad los grupos dominantes incluyen entre sus instrumentos de poder su facultad para generar o, cuando menos, para seleccionar una determinada visión del pasado. De hecho, su control social está basado en la capacidad para obligar al resto a interiorizar la percepción de la historia que aquellos quieren proponer. En ese sentido, se recurre, entre otros aspectos, a un universo simbólico, marcado sobre todo por haberse escrito en San Millán de la Cogolla las famosas Glosas Emilianenses y Silenses. En esta línea, el 4 de diciembre de 1997, San Millán de la Cogolla fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Con esta designación se reconocía su trascendencia como el lugar donde se encontraron las primeras palabras escritas en castellano. De esta manera, La Rioja se convertía en un lema: la cuna del castellano, elemento clave de identidad riojana, de valor simbólico indudable.

De la mano de las construcciones identitarias, las regiones tienen una clara vocación reivindicativa, algo que se aprecia con claridad cuando hablamos de los denominados territorios históricos. Recuerdo con envidia cómo, mientras los catalanes lograban arrancar los papeles de Salamanca para llevárselos a su tierra, nosotros teníamos que ver una y otra vez cómo Carmen Calvo, González-Sinde o Méndez de Vigo daban (y siguen dando) largas a nuestros representantes políticos a una reivindicación igualmente legítima. Durante mucho tiempo se pudo aducir que La Rioja no tenía medios para reunir, entre otros tesoros codicológicos, las Glosas y los Códices 31 y 46. Sin embargo, en la actualidad, los monasterios han sido dotados de las condiciones de seguridad adecuadas para conseguir la custodia de esas joyas bibliográficas. De alcanzarlo, se lograría que los elementos histórico-artísticos que en la actualidad enriquecen los monasterios y los códices que han dado fama internacional a San Millán estuviesen nuevamente juntos. Soy consciente del valor material e inmaterial de lo demandado, como lo soy del escaso peso político que ostenta nuestro territorio en el conjunto nacional, pero no me conformo con la pasividad y la indiferencia. Solo se podrá rematar esa parte de la entidad centrada en la lengua cuando consigamos ver las citadas obras en La Rioja, labor difícil, pero como lo son otras, también pertinentes, y que hay que acometer.

Son necesarios estudios con nuevos planteamientos. Cualquier trabajo científico serio debería permitir al investigador abordar problemas, explicar fenómenos, realizar descubrimientos y llegar a conclusiones de naturaleza general. Es por eso que, por ejemplo, se hace necesario, junto con los conocimientos lingüísticos, llegar a conocer el contexto en que surgieron estos escritos, cómo y por qué fueron escritos, etcétera.

No voy a repetir lo que tan atinadamente escribió Claudio García Turza hace unas fechas (14-05- 2017) en estas misma páginas sobre el valor de la antigüedad y de las palabras sueltas a la hora de definir una lengua en todos sus niveles. No, porque no debemos obsesionarnos con la búsqueda de las expresiones romances más antiguas, dado que ya desde el siglo VII, o antes, ilustres escritores distinguen entre la lengua latina y la del vulgo, que algunas veces recogen en forma de vocablos sueltos. No, porque esa discutible antigüedad ha llevado a especialistas de distintos territorios a una guerra por atribuir a sus respectivas patrias el nacimiento de la lengua castellana. No, queridos lectores, porque el castellano en sus numerosos formas se fue configurando en un territorio muy amplio y no entre las paredes de algún monasterio, por importante que fuese. Y menos debemos pensar que este proceso se produjo en un momento concreto. No.

Sin embargo, al margen de discusiones bizantinas sobre la mayor o menor antigüedad de los textos (Nodicia de Kesos, Cartulario de Valpuesta, Glosas Silenses, etcétera), en San Millán nos encontramos -y suscribo las palabras de Claudio- con el primer texto en español, la glosa 89 del Códice 60 de la Real Academia de la Historia. Por mi parte, añadiría todas esas formas latinizadas que aparecen en el Glosario 46, también de la Real Academia de la Historia, que fueron pensadas y redactadas en romance y, más tarde, por seguir con la pertinente oficialidad (el castellano escrito no se autorizó hasta el siglo XIII) se pusieron por escrito en algo que podía parecer latín, pero que por su sintaxis y vocabulario resultaban netamente romances.

En suma se hace muy necesario un estudio global e interdisciplinar, que se aleje de los resultados pueriles. La identidad llega a crear estereotipos insoportables para los científicos, pero, por el contrario, resultan muy populares. Y aquí, en La Rioja, tampoco somos ajenos a esta especie. Es cierto que se ha generado una identidad riojana exitosa en tanto en cuanto la gente se siente parte de ella. En este proceso, el papel de las instituciones o de los medios de comunicación ha sido fundamental. Ahora bien, esta realidad tiene sus sombras, en el sentido de que hay alguna parte de estos elementos identitarios que se cogen con alfileres. En otras palabras, estamos ante estereotipos claros que hay que combatir.

Entre ellos, debemos rechazar que en La Rioja ha nacido el castellano, un idioma de dimensiones mundiales, hablado por más de 400 millones de personas.

Por otro lado, la circunstancia de que una lengua tan rica e inmensa como el castellano naciese en un lugar tan concreto, en San Millán y, por lo tanto, en La Rioja, y que haya logrado extenderse por todo el mundo, presenta a nuestro territorio como una tierra abierta e integradora.

En suma, San Millán se ha convertido en un elemento iconográfico fundamental de La Rioja, hasta tal punto que la imagen de ambos monasterios ha llegado en muchas ocasiones a identificarse con La Rioja y, del mismo modo, a sustituir a otro de los elementos de la identidad riojana, como es el vino.

Como ven, queridos amigos, es mucho lo queda por hacer y siempre desde planteamientos universales y críticos, hasta el punto de tener que rechazar algunos clichés excesivos. Sin embargo, podemos decir con satisfacción que en nuestros monasterios emilianenses se escribieron durante el siglo X algunos textos que recogen la lengua que acabaría convirtiéndose en una lengua universal.