LA CASA POR EL TEJADO

PÍO GARCÍA - LOCO POR INCORDIAR

Hay palabras que gozan de un prestigio universal, casi mágico. Uno dice «bilingüismo» y de repente todo se vuelve apetecible, promisorio, urgente. Los colegios se embarcan en una carrera frenética por colgar el cartel de «centro bilingüe» o incluso «trilingüe» y los padres acudimos como moscas, embobados por el sortilegio, cazurramente convencidos de que así nuestros hijos terminarán algún día viendo la BBC y entendiendo las series en versión original.

La Orden de Bilingüismo que acaba de sacar la Consejería parece a simple vista irreprochable. Sin embargo, cuando uno escarba en su articulado, descubre que al Gobierno regional solo le interesa un bilingüismo de cartón piedra, falso y efectista como una película de romanos. Cada vez está más aceptado que el éxito educativo lo marca la calidad del profesorado y no el volumen de horas de tortura académica. Con esta Orden, la Consejería permite que los profesores de inglés lo sean con un nivel B2. Es decir: sexto de la Escuela de Idiomas o el de la Universidad de Cambridge. Un nivel, en fin, que apenas da para mantener una esforzada, sudorosa y esquemática conversación.

Para impartir inglés (y sobre todo para enseñar otras materias en inglés), se debería requerir un dominio amplísimo, una soltura casi absoluta. De lo contrario, nuestros hijos supuestamente bilingües fardarán mucho, pero no aprenderán ni ciencias sociales ni ciencias naturales ni inglés.