«Fue durísimo denunciar a mi hija»

Roberto y Maite (nombres ficticios) en los jardines del centro de menores Virgen de Valvanera, donde su hija ha pasado 15 meses./
Roberto y Maite (nombres ficticios) en los jardines del centro de menores Virgen de Valvanera, donde su hija ha pasado 15 meses.

«La policía se llevó a mi hija y esa noche durmió en el calabozo. No la volvimos a ver en un tiempo»

CARMEN NEVOT

De ser una hija modelo, con un expediente académico de vértigo, de la noche a la mañana y casi sin que se dieran cuenta pasó a convertirse en el ser que les estaba haciendo el alma jirones. Golpes, patadas, tirones de pelo, insultos, escupitajos, vejaciones... pero sobre todo impotencia. Impotencia a raudales, como nunca antes la habían sentido. Su pequeña, con 13 años, mostraba su lado más amargo y violento con ellos, con Maite y Roberto, los nombres ficticios de unos padres que desde el anonimato han querido compartir su historia para demostrar que al final de un largo y empedrado túnel siempre hay luz.

Las primeras señales de alarma llegaron una vez que dejó el colegio para estudiar Secundaria en el instituto. Del centro les avisaron de que su hija se autolesionaba, se cortaba en los brazos y no quería salir al patio porque «le hacían corro», cuenta Maite. Empezó a ir con gente mayor que ella y de esa forma se sentía arropada. El del colegio no fue el único cambio. También se le transformó el carácter, se le agrió por momentos de puertas para adentro. Las drogas entraron a formar parte de este juego peligroso que cada día se parecía más a una ruleta rusa. Se estaban cocinando todos los ingredientes de un cóctel endemoniado que no auguraba nada bueno.

leer más

Y mientras, Maite y Roberto buscaban las razones por las que su hija ya no parecía su hija. Estaban en permanente estado de autoflagelación, tratando de encontrar qué habían podido hacer mal para estar pasando por el trago más amargo de sus vidas. Se sentían culpables de todo y por todo.

Llegó un momento en el que «hacía lo que le daba la gana, no quería ir al colegio, de hecho, no iba; en principio sí venía a casa a la hora, luego a regañadientes y al final, ni eso», relata la madre. Episodios que les obligaban a recurrir a la policía para denunciar la desaparición de la menor. Cuando regresaba a casa rompía cosas, golpeaba con especial inquina a la madre, les insultaba... Y así un día sí y otro también. A los pocos meses, «con todo el dolor del mundo» y después de haber llamado a todas las puertas, menores, servicios sociales... denunciaron a su hija. «Fue durísimo hacerlo», coinciden. Sólo tenía 13 años, pero como la edad penal empieza a los 14 y le faltaban unos meses para cumplirlos, se quedó en agua de borrajas. A partir de entonces, la agresividad contra la madre y el consumo de drogas se agudizaron, y el trastorno alimenticio que empezó a padecer la pequeña acabó convirtiéndose en una pesadilla. La báscula comenzaba a estar peligrosamente más cerca de los 40 que de los 50 kilos.

A Roberto se le agolpan los recuerdos de aquella travesía por el desierto, se le atropellan los episodios dramáticos y asegura a esta cronista que no habría días suficientes para detallar cada una de las secuencias de tanto sufrimiento vivido, como aquella tarde en la que estando sólo en casa con su hija, ella «cogió un cuchillo, no para ir en contra de mi integridad física, sino contra la suya, y se lo puso en el cuello. Amenazaba con cortarse si me acercaba». Llamó al 112 y «uno de los dos jóvenes que vino con la ambulancia consiguió que le diera el cuchillo». «Si me acerco igual no lo hubiera hecho, pero si voy a quitárselo yo igual...» recuerda mientras transmite aquella desesperación.

Regreso a la casilla de salida

En otra ocasión, tras un nuevo capítulo de agresividad, la joven acabó en Psiquiatría del Hospital San Pedro, e incluso le adaptaron un espacio para ella porque al ser menor no podía compartir planta con el resto de pacientes. Estuvo unas semanas ingresada «pero no sirvió de nada». Cuando llegó a casa «nos dijo que había engañado a la psiquiatra y que iba a volver a hacer lo mismo». Regresaban a la casilla de salida.

"Lo que empieza a solucionar el problema es contarlo"

gobierno

Para Conrado Escobar, consejero Políticas Sociales y Justicia, hay que transmitir un mensaje de esperanza porque «no es una situación irreversible». Lo importante es que «cuando una familia percibe ese problema, cuanto antes se ponga en manos de profesionales mejor». Por tanto, ante la más mínima complicación, «lo mejor es que compartan, que pregunten para poder abordar el conflicto de una manera razonable». «Lo que empieza a solucionar el problema es contarlo», remacha

Incluso la policía, cuentan, les aconsejaba que lo último era ponerle la mano encima a la menor y que lo mejor que podían hacer era encerrarse en la habitación y atrancar la puerta para estar a salvo de su propia hija. «Un auténtico calvario», lamentan.

El último incidente ocurrió estando los tres en casa. «Ese día se levantó y ya no la dejamos salir. Nos daba igual que nos metiesen a nosotros a la cárcel. Tenía un mono de caballo. Cerramos la casa con llave y en ningún momento le levantamos la mano, porque si lo hacíamos ella nos denunciaba, aunque a mí ya me daba igual», relata la madre. Y mientras su hija le tiraba del pelo y le insultaba, ella repetía «pues yo no te odio, yo a ti te quiero porque eres mi hija». La joven empezó a coger cuchillos y «mi mujer se desbordó y salió de la cocina», comenta Roberto mientras se le agolpan las palabras. «Me decía que me quitara del medio y me daba puntazos con el cuchillo en el hombro, unos ocho o diez, pero el detonante fue el puñetazo que me dio en la cabeza, me caí al suelo y me dio un ataque de ansiedad. Mi mujer llamó al 112, vino la ambulancia, la policía se llevó a mi hija y esa noche ya la pasó en el calabozo. Ya no la volvimos a ver hasta tiempo después».

Los hechos se precipitaron y el juez condenó a la joven, que ya entonces tenía 14 años, a 15 meses de internamiento y 7 de libertad vigilada. Al día siguiente de su detención entró en el centro de menores 'Virgen de Valvanera' donde comenzó la cuenta atrás hacia la recuperación. Era mediados del 2015.

Meses de dura terapia individual y familiar con Ana Jalón, psicóloga del centro, y de grupos de aprendizaje para padres que sufren violencia filioparental están dando sus frutos. De hecho, para Maite fue un «respiro» encontrar padres con los que compartía una experiencia tan agria. «Ves que son familias normales y no desestructuradas».

La joven ha cumplido su pena, ha aparcado las drogas y ha regresado a casa para pasar su periodo de adaptación, aunque de momento está en libertad vigilada. A día de hoy «hablamos normalmente pese a que sigue teniendo su carácter. «Ya no tenemos miedo -dice-; porque antes no le teníamos miedo, sino pánico». Lo mejor es que cuando hay algún momento de tensión cada uno nos vamos a un sitio y cuando nos hemos calmado suele ser ella la que viene hacia nosotros». La normalidad está regresando a casa poco a poco, aunque a Maite no le tiembla el pulso y ya se lo ha dicho a su hija: «Si te metes en lo que te metiste, te volveré a denunciar. Estoy sumamente concienciada». Lo dice convencida de que cuando su pequeña sea madre lo entenderá porque todo el trayecto andado hasta ahora ha sido «pensando en ella, exclusivamente en ella», recalcan.

El de Roberto y Maite no es un caso aislado. Al contrario. Para la Fiscalía, según detalla en su memoria relativa al 2015, se trata de un fenómeno «ascendente». Sólo el año pasado se incoaron 41 asuntos de maltrato de hijos a padres, frente a los 16 de padres a hijos. En 4 casos el maltratador era el abuelo y en uno era el nieto.

Pero estos son sólo los casos que llegan a denuncia. La realidad es aún peor. La vergüenza a denunciar al propio hijo y la sensación de fracaso ocultan decenas de dramas que se quedan de puertas para adentro.

Por su parte, la Oficina de Ayuda a la Víctima del Delito atendió, también el año pasado, 61 casos de hijos adultos a padres y en 23 la violencia procedía de un hijo menor. En el 16% de los episodios de maltrato de hijos a padres había problemas psicopatológicos y en el 44%, de adicción a las drogas.

Además, seis jóvenes de entre 14 y 18 años cumplieron la medida de internamiento por violencia filioparental dictada por un juez en el centro de menores Virgen de Valvanera.

 

Fotos

Vídeos