Mi plaza era invisible

La vieja plaza de La Manzanera, que hoy cumpliría cien años desde su inauguración por Joselito, Belmote y Saleri II. :: l.r.
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La vieja plaza de La Manzanera, que hoy cumpliría cien años desde su inauguración por Joselito, Belmote y Saleri II. :: l.r.

PABLO GARCÍA MANCHA

Había un portero adusto en la puerta grande de La Manzanera que me tenía más que fichado. Yo no lo sabía pero estaba allí, bajo un remedo de la Puerta de Sol de Toledo que el gran Fermín Álamo dibujó en Logroño para hacer de aquella puerta grande veragüeña un símbolo neomudéjar de una ciudad del Camino de Santiago. Pero yo no la veía, porque el coso se me hacía invisible los días de corrida, desde las carreras matinales imposibles para ver el apartado a través de las galerías exteriores de las localidades de grada, hasta las técnicas que fui desarrollando para colarme. Hice de todo y casi todo me servía, a pesar de los tirones de orejas y de las zancadillas. Yo apretaba a correr y no había boina capaz de pillarme. Me enganchaban más tarde, o al día siguiente, pero jamás me hicieron perder un día de corrida, ni una faena, ni un capotazo. Recuerdo el ambigú, un sitio que me sonaba Celia Gámez y hasta la Ley Seca, a pesar del vino que se trasegaba, el sol y sombra, las copitas de ojén y los puros. Tanto es así que yo de niño pensaba que los toros olían a puro, a habano largo de aromas refinados que se mezclaban en la cabeza de un muchacho regordío y gafoso que quería ser torero.

Me acuerdo de cómo se calaba la montera Manolo Vázquez, con su cuerpo de hombre mayor, pero clamorosamente erguido, con el capote tieso a sus pies, con la mirada en un horizonte de silencios o de broncas, como aquella inolvidable con toda la afición enervada y con el cuchillo entre los dientes: ¡Chopera cabrón!, una y otra vez. ¡Chopera cabrón! Y don Manuel allí, tras la puerta del patio de caballos, agarrado a las barandillas rojas y tragándose el sapo con una dignidad inaudita. Yo era un niño y me parecía un gigante; ya no lo soy, y me lo sigue pareciendo todavía más.

El portero aquel de la puerta grande siempre acababa por doblar la cerviz y me dejaba pasar antes de que despenaran el primer toro. Y como la plaza era invisible, no reparaba nunca en aquel mapa de España con sus provincias pintado en una pared de la salida del coso a Doce Ligero, ni en las angostas escalerillas de la grada por las que subía para colocarme lo más cerca del burladero de capotes. Desde el tabloncillo de madera al frío metálico de aquellas cuerdas de acero pintadas de negro sobre la publicidad de 'Cutty Sark'.

Todo dios sabía de toros y de toreros. Si llovía lo adivinaban antes que Mariano Medina y nunca venía 'Espartaco', que aún toreando en Logroño no hacía otra cosa que birlar a la afición, según las doctas palabras de aquellos severos espectadores. ¡Pico!, decían... Y el pasodoble atronando, y el presidente serio como un fiscal, y las señoras con moño.

La Manzanera estaba repleta de espacios incombustibles, desde el comedorcito de la empresa a las taquillas. Dos mundos, el de la gente y el del toro. Los corrales me fascinaban, eran casi como un damero imposible de adivinar en un juego de luces y puertas, de cordeles, garrochas y personajes que siempre estaban de mala hostia conmigo. ¡Quítate de ahí chavaaaal!, me decían siempre, y aunque no estuviera en ningún sitio me tenía que quitar 'manu militari', por huevos. Cada cual mandaba en su espacio. «Esta puerta es mía y éste es mi imperio». Yo, francamente, temía a los del brazalete encarnado, a los porteros; no había más que ujieres de la empresa que me echaban el alto a cada paso, como si un estado de excepción gobernara el sitio que más amaba de la ciudad.

Dicen que se la llevó el progreso, esa manía que tenemos en este Logroño de derribar todas las memorias, todos y cada uno de los vestigios de lo que fuimos. Y es curioso, ahora que no está la veo, y hasta me acuerdo de los tíos de la boina con cariño. Me hacían la vida imposible, pero los añoro.

A veces pensaba que en Logroño sólo toreaba Galloso. Todos los años aparecía aquel diestro gaditano fino con la cara cuadrada como el escudo del Barça. Pero a mí me gustaba más Curro Vázquez, con la cara redonda (del Madrid), era el torero de mi infancia, con sus miedos y temores, con esa forma suya de ir al toro con los labios hacia dentro y aquel vestido tabaco y oro tan profundamente madrileño a pesar de ser de Linares. Curro, el torero rubio y serio; no como 'Espartaco', más rubio todavía pero que nunca se sabía si iba a venir o no. Y cuando le daba la gana no venía, 'Chopera' estallaba. ¡Chopera cabrón!, gritaba el pueblo cuando el toro se caía.