Cuando la tierra y el cuerpo tiemblan

Turistas evacuados de la isla Gili en Lombok llegan al aeropuerto de Benoa en Bali (Indonesia) tras el terremoto. :: made nagi/efe/
Turistas evacuados de la isla Gili en Lombok llegan al aeropuerto de Benoa en Bali (Indonesia) tras el terremoto. :: made nagi/efe

BALI.

En el país del registro continuo de la sonrisa, el asunto se pone peliagudo cuando surgen esos personajes invisibles de sus cuartos auxiliares y se les cambia el rostro durante unas horas con el objetivo de ayudar al más próximo, sea o no turista. Los balineses, que de verse muy obligados a ir a la guerra -si sus dioses y sus atascos se lo permitieran-, lo harían, seguro, en chanclas, acudirían a ella, sin duda, sobre una moto, y serían, sin discusión, los más puntuales de la batalla, sintieron con intensidad desigual el pasado domingo un terremoto que se produjo en la vecina y cercana Lombok y que cogió a muchos turistas con el pie cambiado, el móvil descargado y el ánimo revuelto, tanto como el tiempo, lejos de ser paradisiaco desde aquella impresionante Luna de Sangre de no hace muchas jornadas.

Poderosos vientos, continuos chubascos en la estación seca, y el mayor chorro de agua del planeta (entre el Índico y el Pacífico) revuelto como hacía tiempo no se veía están impidiendo el tránsito de barcos entre Bali y Lombok, mantienen a los indonesios inmovilizados entre sus islas occidentales, y a sus números turistas en alerta, intentando salir como sea de la mulsulmana, rural y muy dañada por el terremoto Lombok para llegar cuando antes a la hinduista, superpoblada y segura Bali... porque van dos terremotos en una semana, ambos en Lombok, de domingo a domingo, y a España se regresa desde Denpasar por Doha.

Dos terremotos de gran intensidad en Lombok en menos de una semana que tienen a Ari, un taxista balinés de unos 30 años, preocupado, pues en sus tres décadas anteriores solo había vivido uno, y casi ni lo recuerda "de lo pequeño que era". La noche del pasado domingo la pasó, por precaución, refugiado en su taxi, junto a su mujer y sus tres hijos, como muchos otros balineses y turistas, que a eso de las 19.30 horas, de noche ya y con las cenas sobre las mesas, saltaron agitados por la magnitud del seísmo situado en Lombok, buscando que solo el cielo cubriera sus cabezas.

Nyoman es el propietario del Pondok Nyoman, un pequeño hotelito apartado de los grandes focos turísticos, situado a las puertas de una de las joyas del interior de Bali: sus extraordinarios campos de arroz, patrimonio de la Unesco. Y hace dos días que no le hemos vuelto a ver. Se presentó el pasado domingo para nuestro 'check in' como 'Paul Newman', con la habitual sonrisa indonesia y un par de zumos siempre frescos, y se marchó precipitadamente el lunes por la mañana, con el gesto serio y las ojeras puestas, cuando le avisaron de que su casa había quedado destruida por el terremoto de la noche anterior.

En Baturiti, con 'Newman', pasamos el terremoto junto a sus estimados y extraordinarios invisibles (dos abuelitas octogenarias y un matrimonio que no hemos vuelto a ver), dos turistas locales celebrando el cumpleaños de ella, y una 'influencer' polaca que viaja sola (Camila). Aquí hallamos el té caliente y el cobijo necesarios para recuperar el pulso tras un temblor de ocho segundos que ni mucho menos puede compararse a la fuerza con la que golpeó en el norte de Lombok, pero que dejó marca en una población balinesa nada acostumbrada a que la tierra se mueva bajo sus pies.

A cobijo

El temblor, por fortuna, en esta zona del interior de Bali tan solo nos dejó sin luz, sin agua, con un té caliente y sin wifi durante toda esa noche... y con la sensación de que como buenos animales sociales, el cobijo no entiende de religiones, razas ni colores, solo del intercambio de información para comprender una situación extraordinaria para la que nadie está preparado. Tan lejos de la costa, el posible riesgo de tsunami que llegaba en forma de alerta a los móviles locales, no tenía incidencia directa sobre nuestra situación, aunque sí la preocupación por los muchos viajeros que sabíamos permanecían en Lombok el pasado domingo por la noche.

Así que la marca de 'nuestro' terremoto se escribe dos días antes, cuando llegamos a Senggigi (Lombok) con la esperanza de tomar un barco que nos devolviera a Bali. No tuvimos suerte. Ni un barco transitaba por este canal que une el Índico con el Pacífico. Dos opciones se abrían ante nosotros, visitar el norte de Lombok (ahora la más castigada por el terremoto, junto a las Gili) o esperar en puerto a la espera de que las agitadas aguas se calmaran unas cuantas horas para regresar a Bali. Impacientes por el tiempo que estábamos perdiendo, recurrimos al avión. No había plazas hasta el martes (ayer) para volver a Bali. Todo saturado.

Con el puerto cerrado, Senggigi es una ciudad fantasma. No hay a quien recibir entre sus numerosos puestos de 'testarros' y 'cacharros' y sus deliciosos warungs. Había que salir de allí cuanto antes. No por supervivencia, era sábado y la vacaciones tienen un final. Tras la cena volvimos a chequear nuestras opciones, y el avión era la opción más real. Internet nos dio la solución. Había un vuelo. El domingo, a las 12.30 horas local, desde el aeropuerto internacional de Lombok. Siete horas después quedó destrozado en parte por el terremoto que logramos esquivar por puro aburrimiento.

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