Siria, más de medio millón de muertos tras siete años de guerra.

El silencio de Omrán, un superviviente de cinco años de edad, malherido y aturdido tras el bombardeo de su hogar. La mirada de Bana, de siete años, antes de huir de un país que, como Omrán, sólo ha conocido en guerra. O la imagen de Aylan, de tres años, muerto en una orilla de la costa turca cuando escapaba de las bombas con su familia. Son algunos nombres imborrables de las víctimas infantiles de la guerra en Siria, que en siete años se ha cobrado ya la vida de más de 511.000 personas. Un tercio son civiles y al menos 24.000 de esos fallecidos por el fuego cruzado son niños. Con más de 11 millones y medio de desplazados, la mitad en el exterior y muchos de ellos, aún hoy, a la espera de asilo. Todo arrancaba en marzo de 2011 tras unas pintadas politicas de unos adolescentes al calor de las protestas de la primavera árabe. Con el objetivo después de derrocar a su dictador, Bashar Al Assad, protegido hasta el momento por democracias occidentales, que ahora le acusan de ataques químicos contra su población y que, una vez en guerra, cuenta con el apoyo internacional de Rusia, Irán y Hizbulá en Líbano. Enfrente, las fuerzas rebeldes apoyadas por el suministro y bombardeos de Estados Unidos, Turquía, Gran Bretaña, Francia y los principales países de Occidente, además de Estados del Golfo Pérsico como Arabia Saudí y Catar, acusados, pese a sus constantes negativas, de armar a los yihadistas de DAESH. Un conflicto internacional soterrado en una guerra civil entre sirios que ha dejado en situación de extrema pobreza a casi el 70 por ciento del país. Con mediaciones de alto el fuego que siempre han fracasado, lo mismo que los intentos de transición política en un enclave comercial estratégico que une Asia con Europa.