El juez Kavanaugh avanza hacia el Supremo

Dos de los tres senadores republicanos que parecían dudar de la cualificación del magistrado anuncian que hoy votarán a su favor

MERCEDES GALLEGO CORRESPONSAL NUEVA YORK.

A sus 98 años, el juez del Supremo retirado en 2006 John Paul Stevens tiene edad para haber visto las audiencias públicas de todos los candidatos al Supremo, un proceso que el Senado inició en 1955. Sólo uno le ha hecho cambiar de opinión: el del juez Brett Kavanaugh, cuya confirmación decidirá hoy el Senado, presumiblemente a favor.

Stevens, que debe su carrera judicial a dos presidentes republicanos -Nixon y Ford-, era hasta ahora un firme defensor de la candidatura de Kavanaugh, al que llegó a mandar una nota de felicitación por su brillante razonamiento judicial en una sentencia del Circuito de Apelaciones de Washington DC. El jueves, durante una charla en Boca Ratón (Florida), el juez retirado confesó que había cambiado de opinión «por razones que nada tienen que ver con sus habilidades intelectuales», explicó. «Su actuación básicamente me cambió la imagen que tenía de él».

Aleccionado por Trump, el juez salió a la ofensiva después de que una educada y convincente profesora de Psicología de la Universidad de Palo Alto lo acusara ante los senadores de haber intentado violarla a los 15 años. Nominado para un cargo vitalicio en el tribunal más poderoso del país por un presidente cuya máxima es no disculparse jamás, Kavanaugh negó tajantemente los cargos y acusó a los demócratas cabreados por la derrota de Hillary Clinton de haber creado una conspiración de izquierda para destruirle.

Desde Roosevelt ningún presidente ha nominado a más de tres miembros del tribunal, compuesto por nueve jueces, pero en año y medio Donald Trump ya ha elegido a dos. Ninguna decisión que pueda tomar un mandatario de EE UU es más importante que esa, al tratarse de cargos vitalicios que sobreviven con creces a sus mandatos. La votación de hoy será «más importante que la de la reforma sanitaria o cualquier otra ley», subrayó el historiador John Meacham, «porque no se puede revocar».

 

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