Indonesia, 'archipiélago catástrofe'

Una mujer llora tras identificar el cuerpo de un familiar fallecido en el terremoto que sacudió la localidad indonesia de Palu. :: reuters/
Una mujer llora tras identificar el cuerpo de un familiar fallecido en el terremoto que sacudió la localidad indonesia de Palu. :: reuters

El seísmo en Célebes es la última tragedia en sacudir a un país que aglutina los mayores desastres de la historia, desde el Krakatoa hasta el tsunami del Índico

PABLO M. DÍEZ PALU (INDONESIA).

Con las mayores junglas tropicales junto a las del Amazonas e islas paradisíacas como Bali, Indonesia es uno de los países más bellos y con mayor diversidad de flora y fauna. Pero este gigantesco archipiélago, que tiene más de 17.500 islas y 260 millones de habitantes, es también la nación con más catástrofes naturales del planeta. El terremoto de la semana pasada en la isla de Célebes, que causó un potente tsunami y avalanchas que sepultaron pueblos enteros, es solo el último desastre. En verano fueron los seísmos en Lombok, que se cobraron cerca de 600 vidas, y cada año hay temblores de tierra, volcanes e inundaciones mortales.

Desde la erupción del Krakatoa en 1883, que tuvo 7.000 veces la fuerza de la bomba atómica de Hiroshima y mató a más 36.000 personas, hasta el monstruoso tsunami del Índico en 2004, que se cobró 220.000 vidas y más de la mitad en la isla occidental de Sumatra, Indonesia aglutina las mayores catástrofes de la historia. A la maldición de enclavarse sobre el Anillo de Fuego del Pacífico, la zona de mayor actividad sísmica del mundo con 129 volcanes en activo, se suma el caos de una nación en vías de desarrollo superpoblada y dispersa por sus miles de islas.

A tenor de la Agencia Nacional para la Prevención de Desastres, 148 millones de indonesios viven en zonas con riesgo de terremotos y casi cuatro millones en áreas costeras que pueden ser inundadas por tsunamis. «La parte oriental del país es más vulnerable. La falta de información, infraestructuras, conciencia y prevención de tsunamis son un problema», reconocía en la prensa local el portavoz de dicha agencia, Sutopo Purwo Nugroho. Además de recordar que 176 tsunamis han golpeado desde 1629 el centro de Sulawesi, como se denomina en el idioma local la isla afectada, admitió que las boyas de alerta para detectar olas gigantes no funcionaban desde 2012 por falta de fondos.

El caos lo agrava el hecho de ser una nación superpoblada y dispersa en miles de islas

Frente a estas carencias, los indonesios han aprendido a sobrevivir por sus propios medios. «Aunque no recibimos en el móvil ninguna alerta del Gobierno, tras el terremoto huimos a un lugar elevado en el interior de la jungla porque sabíamos que enseguida iba a venir un tsunami», asegura Mohammed Mitran en el pueblo de Loli Saluram, barrido por olas de hasta seis metros.

Pero en Indonesia, donde los desastres nunca vienen solos, los terremotos pueden tener efectos secundarios más mortíferos que los tsunamis. A las afueras de la zona cero de Palu, el seísmo liberó aguas y gases subterráneos que derritieron la tierra y provocaron avalanchas de barro que se tragaron pueblos enteros. Mientras una avalancha de lodo sepultó unas 2.000 casas de Petobo bajo una montaña de dos kilómetros cuadrados, la tierra se hundió en Balaroa formando un cráter gigantesco por este fenómeno físico, denominado licuefacción. Según las autoridades, bajo el fango podría haber un millar de cadáveres, que se sumarían así a los 1.649 fallecidos ya contabilizados.

Huellas de devastación

«Entramos en pánico por el terremoto y salí corriendo con mi esposa y dos de mis hijos, pero no podíamos escapar porque se nos venía encima una avalancha de barro», recordaba Koiri, un vecino de Petobo de 52 años cuya casa se movió 150 metros. Peor le fue a Muhammad Yasin, un joven conductor de una moto-taxi que perdió a su abuela, su tía y un primo en el tsunami que arrasó la playa de Telise, en Palu.

La costa que aparecía en aquel espectacular vídeo que recogía la llegada a toda velocidad de las olas, plagada de cafeterías y restaurantes, se ve hoy desierta. Al otro lado, los soldados custodian la cúpula bulbosa de la mezquita que se vino abajo por el temblor. «Aunque ahora no podemos hablar por la tristeza, confiamos en Alá para salir de esta tragedia», se resigna Yasin apelando a la religión mayoritaria en Indonesia, el país musulmán más poblado del mundo.

Ante la amenaza del terrorismo islamista, que dejó 202 muertos en el atentado en la isla turística de Bali en 2002 y viene golpeando cada cierto tiempo a Indonesia, las religiones han colaborado entre sí en Célebes, donde viven bastantes cristianos. «Todos mis vecinos son musulmanes y nos hemos ayudado unos a otros estos días», desgrana Roberto, un funcionario municipal católico, en la iglesia de San Pablo, cuyo pórtico se desplomó.

Cuando no son los desastres naturales, Indonesia se ve azotada por los humanos. Con un 70% del archipiélago cubierto por bosques, la deforestación para extender las plantaciones de aceite de palma amenaza a numerosas especies en las islas de Java y Borneo. Como la selva es quemada, el país es uno de los principales emisores de gases de efecto invernadero y el humo de los incendios contamina a Estados vecinos como Singapur y Malasia.

Con pésimas infraestructuras, en el país abundan los naufragios y accidentes aéreos, como el de un vuelo de Air Asia en el que perecieron sus 162 ocupantes a finales de 2015. Por desgracia, las tragedias no resultan algo extraño en Indonesia, el archipiélago catástrofe.

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