La cumbre de Singapur podría prolongarse

Trump y el japonés Shinzo Abe, ayer en el Despacho Oval. /  EFE
Trump y el japonés Shinzo Abe, ayer en el Despacho Oval. / EFE

Trump contempla invitar a Kim Jong-un a la Casa Blanca si todo sale bien y firmar un acuerdo que ponga fin a la guerra de 1950 con Corea del Norte

MERCEDES GALLEGO CORRESPONSAL NUEVA YORK.

Se sabe cuándo empieza pero no cuándo acaba. Donald Trump quiere la máxima flexibilidad para su encuentro del martes con el líder norcoreano Kim Jong-un y eso incluye un plan alternativo para prolongar la cumbre un segundo día «si todo va bien», según informó CNN. Incluso se plantea invitarlo a la Casa Blanca, «para empezar», avanzó ayer. Mar-a-Lago se lo reserva.

Ambos mandatarios dispondrán sus asuntos como monarcas absolutos, sin contar con asesores ni países aliados. Con su unilateralismo, Trump ha reemplazado la geopolítica mundial de las tradicionales negociaciones entre las seis potencias por un 'tú a tú' en el que tomar decisiones sobre la mesa y dar un golpe de efecto, si lo consideran oportuno. Al mandatario estadounidense no le gusta compartir el poder aunque sí dejarse cortejar.

Como resultado, las potencias en la región se apresuran a forjar sus propias relaciones con Pyongyang, cuyo líder ya ha conseguido romper el aislamiento internacional al que se le había sometido por anteriores gobiernos de EE UU. Kim, que nunca antes había sido recibido por ningún líder extranjero, ha visitado China dos veces este año y acogió el miércoles al ministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguéi Lavrov.

Japón no está invitado a la cumbre de Singapur, recalcó Trump en el Despacho Oval, pero su primer ministro Shinzo Abe visitó ayer la Casa Blanca por segunda vez en poco más de un mes. De sonrisa para afuera su misión es ayudar a que la cumbre «sea un éxito». De puertas para dentro, destacar su relevancia y asegurarse de que el líder estadounidense no baja la guardia demasiado pronto con un país que supone una amenaza para Japón.

El primer ministro al que Trump tiene entre sus mejores amigos internacionales y con el que se ha reunido una decena de veces desde su elección logró ayer demostrar su influencia al arrancar una declaración pública de su anfitrión, que prometió reclamar a Kim el paradero de los japoneses secuestrados en los años 70 y 80. Diferentes ONG's cifran el número de secuestrados en «centenares» pero el gobierno japonés sólo ha puesto nombre y apellidos a 17. De estos, cinco fueron devueltos en 2002, mientras Pyongyan asegura que 12 han fallecido y niega haber tenido nada que ver con la desaparición de cuatro. Abe adelantó que le gustaría «poder hablarlo directamente como Kim para resolverlo con rapidez», lo que avanza otra minicumbre.

El mandatario estadounidense le hace así el favor de destacar su influencia en un contexto en el que los gestos pueden ser más importantes que la sustancia. El primer golpe de efecto que maneja para demostrar que no será solo «una oportunidad para la foto» es la firma de un acuerdo que ponga fin a la guerra de 1950 entre EE UU y Corea del Norte, congelada en el tiempo con una tregua que dura hasta nuestros días. «Lo importante es lo que pase después», admitió. Trump ha manifestado su interés en retirar las cerca de 25.000 tropas estacionados en Corea del Sur, que suponen el mayor destacamento de EE UU en el extranjero, lo que también hace temblar a sus aliados en la región.

Para templar las expectativas adelantó ayer que «todo puede pasar» y dijo a la prensa que «sabréis si ha ido bien si me oís usar el término de máxima presión». Como concesión y gesto de buena voluntad ha decidido ponerlo en suspenso, pero advierte de que tiene preparado un paquete de sanciones «como no se han visto nunca» en caso de que la cumbre fracase.

 

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